Viajeros con cama

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martes, 22 de enero de 2013

La "mirada del dibujante"

Tener la “mirada de fotógrafo” cansa mucho. Consiste en mirarlo todo, cámara en mano -o sin ella, lo cual es más enfermizo-, sin dejar de buscar una fotografía, sin poder desconectar jamás: analizar sin descanso el ángulo y composición, calcular el momento decisivo, fijarse en la textura y ubicación de los objetos o caras, calibrar la luz… Es agotador. A mí me pasó hace un tiempo en el que la fotografía fue mi obsesión e hice fotos que ahora no haría. Luego, simplemente, arrinconé los libros sobre Brassai y Bresson y se me pasó.
Ahora, como un catarro, he pillado la “mirada del dibujante”. Eso me pasa por empezar a experimentar con las acuarelas. Si paseo voy fijándome especialmente en los espacios, las composiciones y los colores, e imaginando cómo dibujaría tal árbol o cómo imitaría tal efecto de hierro o ladrillo... agotador. Me recuerda a mi vieja enfermedad. Antes me obsesionaban las caras; ahora, las calles. Antes tenía la ansiedad, tan angustiosa que venía a mis sueños, de no poder captar con mi cámara todas las escenas fotografiables; ahora, porque la pintura es más calmada, tengo sólo calma. ¡No toda la creación es sufrimiento! 

Un dibujo de mi calle.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Manos



Mi mejor amiga se me fue, hace poco. Hace, exactamente, un par de semanas; hace tanto tiempo como tiempo llevo yo extrañando mucho su andar cansino, sus refranes conocidos, su preciada compañía de abuela.
Sin embargo, por alguna razón peculiar, de entre todas esas cosas echo más de menos sus manos. Tenía unas manos viejas y perfectas, torpes para los puzzles y hábiles para la calceta, que yo no podía parar de fotografiar y acariciar. Ella nunca me creía, qué boba, cuando le decía lo mucho que me gustaban. Todo lo podía expresar cuando la cogía las manos.
Ahora, toda esa expresividad se ha ido con ella y no hay nadie ya con quien pueda reactivarla. No es una idea que me atormente, pero ahí está. Puedo probar a vencer ese pudor que sólo con ella vencía, hacer una carantoña a otra persona, decir un te quiero… puedo intentarlo. Podría por ejemplo intentar suplir esas manos con las de algún hombre que me regale un rato de sexo, y al que pueda, sin tener que dar explicaciones trascendentales, tomarle de las manos y acariciárselas un rato a modo de preliminares. Podría también tratar de encontrar las palabras que suplan lo que viene a decir todo ese tacto, hacer que la expresión salga de otra forma, de mí, de una forma nueva y materializada que no necesite nunca jamás la gesticulación animal... Podría hacer todo eso, sí, pero supongo que fracasaría.
Ella era una salida a toda la expresividad que guardo dentro y ahora sólo me quedan las palabras, si puedo. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Dibujar, el verano y Malasaña


El martes, con la Tabacalera chapada, el grupo de dibujo eligió la plaza del Dosde como lugar para las sesiones.
Antes de liarme a garabatos, en un ratejo agradable lleno de latas de los chinos y balonazos de niños, me vi Malasaña de día, que hacía tiempo. Encontré a Malasaña como quien encuentra especialmente guapa a una novia. Con los pubs cerrados y los comercios abiertos, husmeé tal tienda de discos y descubrí tal floristería, y vi una mesa de ping-ping con la que habían hecho peatonal tal calle. Dije, éste es mi barrio. Y luego, con el dibujo al aire libre, dimos el último adiós al verano. 
Me encantas, Madrid. 

Cogida de la página de Dibujo Madrid


lunes, 27 de febrero de 2012

Terribles confesiones de un telemirón cualquiera


Hoy ando en un auténtico dilema. Más que existencial, tiene naturaleza televisiva: echan a la misma hora una buena peli –de cierto nene italiano que, a ritmo de Morricone, colecciona los trozos del celuloide censurado- y un reality en el que un maromo recibe los favores de unas cuantas pretendientas sumisas a las que debe beneficiarse en orgías de jacuzzis y pezones asomados al mismo tiempo que obtienen el visto bueno de una madre puritana.
Podéis decir: pues menudo dilema más idiota. Os la puede también soplar mi vida, por supuesto; sólo faltaría.
Confesado esto, puedo añadir que nunca me han tirado mucho los realities y los debates rosas y demás telemierda, pero bueno, uno tropieza con algo y se engancha, sin más drama. También me engancho de vez en cuando a documentales sobre el último emperador chino o la violencia de género en Pakistán, por ejemplo. Que la telebasura ocupa demasiado no es discutible, pero, ¿por qué aniquilarla del todo, como quieren o dicen querer todos? Total, es otro espejo para vernos. Criticable, ya sé. Con unos valores rastreros, para qué negarlo. Aún me acuerdo asqueada de algo que vi hace tiempo: la supuestamente verídica y escrupulosamente filmada experiencia de un hombre que, deformado por una pasada obesidad, fue sometido en directo a una operación financiada por la productora del programa para recuperar la figura y la vida normales. Entre víscera y cosido y llantos maternos, todo religiosamente mostrado a cámara, no vi nunca ni una insinuación, por poca que fuera, a los buenos hábitos en la alimentación infantil como solución al problema: ¿para qué, si existe la cirugía, la solución milagrosa? Además, la dieta sana no da audiencia.
Pero, en fin; yo vivo, como todos, en un mundo extraño donde la apariencia manda y donde los idiotas se forran en concursos de inteligencia; así que digo, ¿y por qué no mirar? Tengo el criterio justo, justico, para no dejarme conmover a golpe de operaciones plásticas milagrosas, romances calentorros y salvajes peloteras familiares (supuestamente reales, todas), y por más artículos sobre sexualidad rosada y combinaciones estilosas de complementos y cómo-le-queda-a-la-Kidman-su-nueva-nariz que lea en la prensa marujil nunca me convencerán de que ese periodismo es el que hace algo bueno por el mundo. Me mostrará el viejo mundo, de una forma tontaina, sin ganas de mejorarlo; me hará reírme y asquearme, y conocer otro poco de las miserias de los hombres, y valorarles las virtudes, y ya está. ¿Quién dice que la radiotelebasura no tiene función y debe extinguirse? Yo, por lo pronto, y por la puñeta de no ser ubicua, le digo hoy ciao a Cinema Paradiso.

sábado, 14 de enero de 2012

La vida vista en unas manos de abuela

Todas las capacidades del hombre degeneran, hasta la última de ellas: una tragedia común en la que, a veces, se cuelan excepciones estupendas. Mi abuela, a sus noventaypicos, es torpe ya en todos los movimientos. Por eso me llama mucho la atención verla hacer ganchillo. Hace un movimiento muy ligero (a fuerza de un número ya incalculable de repeticiones) de meñique enrolla-lana y clavado de aguja curva y enganche y giro y arrastrar cabo aquí y luego allá y como en truco mágico un gurruño de hilo es una pieza, todo en un parpadeo, y repetimos, y así hasta el infinito (o hasta la conclusión de la manta, de inspiración inca, idónea para siestas). Las manos de mi abuela, ahí, son más ágiles y espabiladas que las mías, que tardarían siglos en aprender a realizar todo ese ritual de anudados exquisitos (de hecho, voy sin rendirme por la segunda o tercera intentona de aprender). Y pienso, mientras miro: a la vejez la burlan otras fuerzas maravillosas, por ejemplo ésta: la de la sabiduría de la costumbre.
A veces, sin que se moleste o se entere, intento cámara en mano dejar fijo algo de esta magia entrañable, mientras hace ganchillo. Las fotos nunca me gustan por una razón: quietas, con esa quietud de fotografía, sus manos son sólo manos de vieja y no las otras manos en las que se convierten –de repente- al darle a la aguja y al hilo: en las de la muchachita que mi abuela debía ser cuando aprendió a hacer ganchillo, hace tanto tiempo, mirando atenta cómo lo hacía alguna otra persona.
Me dicen, mi abuela, que qué ganas tiene de acabar ya la manta. Le digo que mejor disfrute mientras la hace. Y me da la razón. Probadlo, si podéis: no hay nada mejor que enseñarle algo a un abuelo.
 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Síndrome Brassaï

brassai


  De tanto mirar esa franja-collage con graffittis fotografiados por Brassaï en el París blanquinegro de los años 30, la misma franja que tenía como cabecera del blog hasta ayer, me ha entrado un síndrome peculiar.
Ahora camino por la ciudad fijándome en las paredes. Los carteles ya no son puramente informativos, ni los manchones puramente antiestéticos. Debo aclarar que este síndrome no es molesto, salvo por su tendencia a hacerme cargar con el armatoste del único ojo a cuestas, allá por donde vaya, “cual prolongación de mis miembros”.
Ningún acompañante entiende muy bien qué voy fotografiando. Cuando me señalan una obra de arte, yo me decanto por un desconchón, un intento de algo, los restos de un poblado en el muro. Es un síndrome divertido. Es la ciudad, que me va dejando miguitas.  


yo

domingo, 17 de julio de 2011

Impiedad por los objetos

Mi abuela siempre lleva dos cosas en los viajes: su bolsa de medicamentos y un pequeño marco con el retrato de Jesucristo. Ayer las dos tuvimos que desfondar una maleta porque el dichoso cuadrito, de ojos insomnes y marco dorado, no quería aparecer entre ropa y enseres. No se durmió hasta que ya lo tuvo en su mesilla. El Jesucristo, con su gesto extraño de dos dedos alzados sin vehemencia, lo miraba todo, daba una calma inexplicable. Sentí un poco de envidia; fue extraño.
Para aquellos que escogeríamos un ordenador portátil como único objeto rumbo a una isla desierta, es diferente. Una máquina tiene muchas más aplicaciones que un pequeño retrato; pero, mira, la infinitud de una hace más grande esa peculiar función espiritual-fetichista del otro. Simplemente. Nunca me interesó esa religión de mi abuela. Sólo que quisiera sentir algunas de las cosas que ella siente, a mi modo.
Tengo esa forma de darme de bruces con la infancia, que no es dolorosa ni tampoco placentera, sólo una confirmación de cómo las cosas invisibles cambian. Antes yo no tenía aparatos sofisticados y mi mente era más libre. Podía tener un muñeco, y saberlo inerme y desimportante, pero concederle aún así toda la importancia y la emoción del mundo. Ahora me he vuelto tan poco emotiva como todos lo somos. Viajo con bártulos utilitarios, mi diario es un archivo world y en la cartera no guardo fotos de familiares. No tengo objetos que me despierten emociones. Los tiro, los vuelvo a comprar. Como todos.
Quizá haya una forma de encontrar el equilibrio entre ser un objeto y ser un humano. Pero en fin. Pensándolo, mi abuela y yo no somos tan distintas; sentimos las mismas cosas, realmente. A nuestro modo. Ella tiene un objeto venerado; yo tengo una montaña de ellos. Ella lo toca y le reza; yo los contemplo fervientemente durante hora y media y lluego os devuelvo al videoclub. La misma devoción, distinta forma. Y nada más.

martes, 5 de julio de 2011

Mientras tomo té empieza y acaba uno de esos momentos de terminalismo trascendentaloide en los que un humano, por desbarajustes de la conversación hacia rutas internas, se da cuenta de lo breve de la existencia y de que ningún humano puede vivir para siempre, y entonces hago un recuento clásico que es el de considerar que todas esas personas que toman té conmigo –sea cual sea su edad, sus logros, su aparente indiferencia frente a lo fatal de su destino- morirán algún día, irremediablemente. Así, entre sorbo y sorbo, pongo mirada extragaláctica (que tanto me gusta poner, que ayuda a ver lo propio del ser humano), y caigo en que el hombre nace y luego muere, y que a pesar de esa ridiculez de existencia tiene intervalo suficiente para ser ambicioso, y que -por absurdo que resulte- tiene el sueño de poseer el mundo; y caigo en que parece tarea imposible poseer algo eternamente cuando resulta que el hombre nace y muere, y su existencia es minúscula al lado de la existencia de las cosas poseídas; y que, en definitiva, el maravilloso truco de irse clonando e ir pasando sabiduría a los nuevos y que estos a su vez pasen su sabiduría a los siguientes nuevos es de un ingenio y una maldad asombrosas. Y, bueno, acabo el té y me dicen que mire los posos para predecir el futuro y todas esas cosas (pero los posos nunca me dicen cosas que no sepa, la verdad).

domingo, 19 de junio de 2011

La urraca

Por mi pueblo me he encontrado hoy un paisaje macabro: el suelo estaba lleno de cadáveres de polluelos. No hay ficha policial para esta tragedia. Al parecer existe alguna especie de urraca que arranca los huevos ya quebrados de los nidos, para devorarlos, para vaciar de inquilinos los hogares, o para simplemente demostrar su superioridad al perverso estilo cuco (ese ser que despierta repugnancias desde el fondo de los documentales naturales), dejando hogares huecos y padres desorientados.
Es este un holocausto paralelo, que no altera nuestras vidas corrientes de hombres, apenas nuestras calles limpias. La más terrible cara de la naturaleza se muestra a gusto, con saña, en una dimensión para nosotros velada o voluntariamente ignorada, y así seguimos, sin casi notarlo –sólo algún niño se entretiene husmeando un cadáver descompuesto antes de ser alejado a rastras por un padre cauteloso-, y la vida sigue plácida, la panadería, las calles del colegio, los ancianos en sus puestos de vigilia, los parques y las asambleas y los perros paseados, y todo sigue más o menos igual mientras abajo, en el espacio de la vileza, el hueco para las miserias aceptadas por inevitables, se dan las aberraciones venidas de otro universo, sin que lo sepamos, sin que nos inmute su horror. Y así hacemos ante todos los espantos, del mundo, los ajenos y los creados por nosotros, que transcurren paralelos. A veces somos nosotros la urraca, generalmente sin saberlo.

domingo, 5 de junio de 2011

Scat y paredes escritas

La gente que adora las luces se alinea, como ficciones de una película de acojone, en pasillo, y cruzo la puerta, y bueno, nunca suele ser más chocante una soledad, más descolorida e insonorizada, de golpe las luces se reducen a un solo color, y bien el váter, las paredes con palabras, el desnudarse, la meada en equilibrio temeroso a las manchas ajenas, -paredes verdes y baldosas lineales-, y qué preciosa soledad, con la cabeza en espiral y las manos como alas, en ese silencio viene el jazz, a las gargantas, en una acústica perfecta, 
y tararear, primero, mientras viene el alivio animal, y luego cantar, en inglés, las ies son ei, las ues son iu, prolongadas como flautas, improvisar frases de las que el serio de shakespeare se descojonaría, el jazz viene adentro en la rueda del papel higiénico, garganta apretada, y cry me a river, y la caricia cuanto mejor suena más roza, roza roza, el placer de la orina que adelgaza, y la fobia a lo húmedo, a no recordar qué coño era la poesía, baby, los agudos y los terribles graves, ah los ángulos y los falsetes creativos, todos en su jodido sitio, todo dentro de aquel baño de acústica perfecta y paredes verdes y lineales,
y qué deliciosa pausa, no me roza el techno, la copa a ocho pavos, viene el blues la guitarra imaginada, el pis acaba, quiero ensangrentarme romperme las anginas, los chasquidos de dedos en un ritmo maravilloso ni sinatra caray, ni sinatra, alguien espera fuera, prohibidos falsetes, i cry a river over you, veo gotas de olas veo paredes con palabras, la quinta fase del whisky, en algún lugar un orgasmo viene a la vida dentro de un plástico con sabor a plátano, y veo el tiempo el espacio, el tiempo, el serio, se descojona conmigo,
y luego, voz rasgada, la voz se vuelve horrible, sí definitivamente alguien espera fuera, se retuerce en la garganta, en lo sublime de un misterio cristalizado, deja de ser caricia y se vuelve zarpazo, paredes con palabras y alguien llama a la puerta, el grave se vuelve cómplice, el agudo se vuelve inalcanzable, suenan mejor los altibajos, alguien que se mea debe ser, y vuelta, bragas arriba, pantalón arriba, muere el falsete y salgo, cara de yo no estaba cantando borracha en un baño de discoteca, me pongo el disfraz amargo de vuelta, a todo, a las barreras del ser humano, al público ignorado, no dejarse el bolso, regreso a las luces, no olvidarse la chaqueta, vuelta -sin paredes con palabras sin sonidos de olas- vuelta -hasta nueva flaqueza- a los espacios donde germinamos, eternamente, en un silencio de tormenta. qué haría sinatra.

martes, 15 de febrero de 2011

Absurdos para un día de lluvia

 Una de las cosas que me acompañan desde que tengo memoria es una extraña (y cojonera) nostalgia por cosas que nunca sucedieron.
Es una situación penosa, como puede imaginarse. Es rara; es como una silla con un clavo; es una excitación que uno no sabe cómo suavizar. Me recuerda al día que me anestesiaron la boca, y aún así picaba, y me rascaba, y era como rascar un pedazo de goma, y el picor seguía ahí, cojonero, teniendo que no existir pero existiendo.
Pues algo parecido es, esta nostalgia por cosas que nunca sucedieron. Por sitios que nunca pisé, vivencias que nunca experimenté, edades históricas que no viví, hombres que nunca me follé, libros que no he leído porque aún no conozco y quizá jamás lo haga. Etc. Es algo parecido, por una razón: que no hay dónde rascar. Y a ratos pica, y mucho; pica con ganas.
Este es uno de esos ratos, creo. O simplemente es un día de lluvia. Que, para sintetizar, viene a ser lo mismo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Complejo ratonil

Oigo al ratón de mi hermana dar vueltas por mi cuarto.
Se pasea metido dentro de una bola de plástico, que es como su jaulita para los recreos. Deambula, falto de toda su agilidad roedora, por el parqué y bajo la cama, colisionando con los cojines, convirtiendo la alfombrilla en una altura insuperable. Cuando se mueve, es extraño, hace un ruido de tubería. No suenan sus pies contra el suelo, así que no suena a ser vivo. A veces ve un hueco entre patas de silla por el que cabría cualquier roedor canijo como él, y quiere meterse. Pero la bola se lo impide. Seguro que le desconcierta la situación. Complejo de inferioridad, podría decirse: se debe olvidar de que su tamaño es la bola y no él. El cabrón lo vuelve a intentar más veces. Pero la bola-cárcel no concede tregua, y su libertad es artificiosa.
De la bola, a la jaula, a que mastique pan duro. Al día siguiente, cuando esté entumecido, a la bola otra vez, a experimentar ese pseudo albedrío libre. Todos esos mecanismos de esclavitud dedicados exclusivamente a él, a su existencia minúscula; se sentiría asombrado. De cómo el hombre impide de cualquier forma que ambos mundos, el suyo y el animal, se fusionen, en nombre de la civilización.
Me da pena el puto bicho. Pero cualquiera le suelta, para que se coma los cables de la luz. Yo también entro en el juego del mundo civilizado, mal que me pese. Estoy pensando que en otros tiempos futuros, cuando los hombres y los animales sean equivalentes, me señalarían, me acusarían, me imputarían delitos de lesa animalidad. Dirían, no querías, pero lo permitiste. Cómplice directa de la esclavización, me llamarían. Y yo diría, carajo, es que el bicho se iba a comer los cables de la luz. Pero no me entenderían, seguramente. Para entonces ya no habrá cables. Fijo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Evolución de los suelos mojados

fotografía: diana moreno
Otoño: Las ramas de los árboles, esas criaturas de termómetro alterado que se abrigan con la solana del verano y se ponen eróticas en invierno, han decidido iniciar ya el erotismo. Octubre envejece. Me encuentro aquí atrapada en el cuarto de hora terráqueo más melancólico, romántico, existencialista, jodeanginas, pelinovelesco... Es el tiempo en el que suelo tener ganas de empezar una novela, y no la empiezo. Como un ritual.
Avanzamos. Invierno: Las calles se vacían de hojas, de huellas, de seres vivos. La estepa es eterna; los débiles mueren rodeados de indiferencia; el frío hace la carne más dura. No me importa la nieve, ni me importa la lluvia. Hay narices coloradas y cristales con escarcha, sí, y refugios olorosos a comida china y humo, ajá… Hay incluso fantasmas desnudos dentro de pieles ficticias, que me miran al paso, que me aman, que deberían hacerme feliz. Pero yo, en mi viaje del otro lado de las estaciones, rastreo las paredes vacías buscando las pintadas de Banksy. Y echando de menos. La ciudad es silenciosa y vibrante; lo cambiará quizás el siguiente giro terráqueo. Como un ritual, igualmente.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Actividades clandestinas de los retratistas de collages



  (Madrid ya está frío.
  Últimas y terribles escapadas -with mi compinche de malasañeos, jsjs- por las cloacas... que seguirán siendo terribles hasta que los pies revivan con las luces navideñas).








  (Otros retratos de gente que voy encontrando en el camino).

martes, 23 de noviembre de 2010

El dibujo frustrado


El dibujo frustrado es también un arte.
Un arte que duele, más que ningún arte imaginable.
Comienza todo en el paladar. O más hondamente. Como siempre, allí se engendra la magia. La imagen más hermosa existe (¡existe, remarquémoslo!), en medio de un paisaje, cándido, que obedece nuestras chifladuras.
-Y allí la imagen nace y vive sin sospechar de nuestra existencia... mientras que nosotros no podemos dejar de morir por la suya-.
Intentamos sacar la imagen fuera, o lo que es lo mismo, al mundo de la realidad, que es distinto al paisaje cándido ya mencionado. Suele haber un esfuerzo. A veces, el de un estreñimiento. En ocasiones, sólo en ocasiones, se consigue extraer la imagen en parto sanguinario, ya hecha jirones negros.
Todo continúa. Para nuestra tragedia.
Todo se vuelve ilógico antes de que sospechemos que se ha estropeado. Mucho antes. Los cuadrados son trapecios y las líneas, avalanchas. Los segmentos carecen del caos bellísimo. Lo hermoso que existía dentro del asolado paisaje cándido sale hecho un cadáver sanguinolento. O, peor aún, mucho peor: un muerto que apenas produce sentimiento.
Es el fracaso. No la muerte.
(Lo reintentamos al cerrar de las cicatrices.)

jueves, 18 de noviembre de 2010

De calcetines solitarios


foto: diana moreno

Él me dijo, ven a mi casa. Yo le dije, cómo te llamas. Era una noche de agosto, era la cuidad, y él era un dandy salido de las cloacas.
Entonces me acordé, como quien no quiere la cosa, de las clases de gimnasia del colegio. Un profesor dictatorial llegaba y nos gritaba: poneros por parejas; y a mí me entraba, recordé, una angustia, como de intimidad rota, que tenía que disimular. Emparejamientos, pensaba. Somos calcetines, o qué, pensaba.
Y en aquel preciso momento, en la noche y en la ciudad y en compañía del dandy salido de las cloacas, me dije, bah, ha pasado mucho tiempo. Pero caí con sorpresa en que no, que aquel ponerse por parejas ya no era una orden en boca del profesor de gimnasia dictatorial, pero sí en boca de otros muchos dictadores. El ponerse por parejas era la última dictadura vigente. Una dictadura con sus adeptos, sus rebeldes, sus medidas de control y sus lavados cerebrales, como cualquier otra.
Eso pensé. Entre swings de absenta. Así que yo, esa habitual insurrecta, decidí someterme: eché a andar con el dandy salido de las cloacas para evitar, sólo por aquella noche, que los militares me montaran un consejo de guerra por opositora. 

sábado, 13 de noviembre de 2010

Los ritos estéticos


Peluquería de barrio.
El espacio de los experimentos socioculturales está aquí: este local íntimo-abarrotado recargado de olor a tintura y carteles de musas acechantes. Te hacen esperar. Te aguantas con amabilidad. Se te cuela alguien, mientras ojeas los fascinantes datos de la hiperpoblación mundial.
Las estanterías, los suelos velludos, las revistas de marujeos. Captas estímulos de toda publicación al alcance que pueda excitar tu creatividad en lo que respecta a modificar un peinado. Las señoras charlan. Los niños ya han sido mutados, y esperan. La temática de las conversaciones apenas roza la epidermis y se expande como un jolgorio entre chasquidos de magazines y de filos castañeantes.
Tu turno. La silla. El interrogatorio. La técnica de tortura por goteo. Los espejos te acercan –pero es una cercanía siempre solitaria, por siempre esquiva- a los demás clientes, con sus caras de clientes, con sus ilusiones, con sus ridículos mantelitos. Te cuelgan un mantelito ridículo. Las miradas son cercanas e incómodas, como violaciones. El espejo es gigante; te miras, antifotogenia absoluta, nariz roja y pelo mojado y mantelito ridículo hasta las rodillas.
Se desprenden mechones de tu cuerpo; te han educado para no horrorizarte.
No puedes hablar maniatado. No podías gritar ni aunque las herramientas punzantes cambiaran espontáneamente de cometido. Completa cobaya humana en las garras del torturador de la tijera; cierras los ojos, entregándote a la sumisión más denigrante que un humano puede mantener ante otro: eres objeto, eres maniquí, y te parece maravilloso. (Las feministas protestarán o no en función de tu entrepierna).
Te miras el cogote gracias a ingeniosos trucos egipcios de espejos; lloras o sufres un ataque de risa, dependiendo; pagas; te largas. Te has desprendido de una parte vieja de ti tan superficial que apenas vale la pena escribir una poesía al respecto. En la calle sufres delirios en los que todos te miran, pero realmente no te mira nadie –y descubres que el delirio puede ser más dulce que la realidad, con sorpresa-.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Celuloide

Caminaba yo reflexionando, que es una modalidad de paseo que intercala la abstracción filosófica con el paso izquierdo y la nueva abstracción filosófica con el paso derecho hasta llegar a fusionar todo el proceso. En estas, deambulando por la gran ciudad, pretendía llegar a un estado de revelación: intentaba imaginar cómo reflejar en el arte el amor, el puro y el duro, sin que resulte cursi o predecible (que es la palabra prohibida para el artista). Por ejemplo, el amor por el cine. Quería inventar en ese mismo momento, adoquín arriba adoquín abajo, el formato de la mayor declaración de amor universal. ¡No se diga que no tengo grandes aspiraciones! Por desgracia, todo lo que se me ocurría era infructuoso, o poco apasionado, o demasiado ñoño, o todo a la vez. Además, a un solo de clarinete de un mendigo virtuoso recordé de sopetón que no hacía falta que moviera un dedo: ya existía La rosa púrpura del Cairo. Carajo.
En mi despiste o mi obsesión me metí en un cine, y noté algo curioso. Del otro lado de la pantalla, los personajes tenían una mirada más fija de lo normal. Además, violaban la frontera del celuloide alguna que otra vez, carraspeaban demasiado, e incluso al final de la película salieron a saludar con grandes genuflexiones japonesas (mientras el público, misterios, los ovacionaba a gritos, como esperando que les oyeran). En fin. De vuelta a la calle, y a sólo un mínimo esfuerzo de distancia, como un juego, tuve como cada vez la sensación más hermosa del mundo: que yo era un personaje en medio de una gran ciudad, y que aquella gran ciudad era nada menos que un escenario: el existente sólo al otro lado del celuloide.