Sus cuadros no están señalizados debidamente. No salen en fascículos de arte ni tienen estudiosos. A veces, durante el paseo, ni los consigo distinguir del resto del paisaje. Pero ahí están.
Tener
la “mirada de fotógrafo” cansa mucho. Consiste en mirarlo todo, cámara en mano -o sin ella, lo cual es más enfermizo-, sin dejar de
buscar una fotografía, sin poder desconectar jamás: analizar sin descanso el ángulo y composición,
calcular el momento decisivo, fijarse en la textura y ubicación de los objetos o caras, calibrar la
luz… Es agotador. A mí me pasó hace un tiempo en el que la fotografía fue mi obsesión e hice fotos que ahora no haría. Luego, simplemente, arrinconé los libros sobre Brassai y Bresson y se me pasó.
Ahora, como un catarro, he pillado la “mirada del dibujante”. Eso me pasa por empezar a experimentar con las
acuarelas. Si paseo voy fijándome especialmente en los espacios, las
composiciones y los colores, e imaginando cómo dibujaría tal árbol o cómo
imitaría tal efecto de hierro o ladrillo... agotador. Me recuerda a mi vieja enfermedad. Antes me obsesionaban las caras;
ahora, las calles. Antes tenía la ansiedad, tan angustiosa que venía a mis sueños, de no poder captar con mi cámara
todas las escenas fotografiables; ahora, porque la pintura es más calmada, tengo sólo calma. ¡No toda la creación es sufrimiento!
Todas las capacidades del hombre degeneran, hasta la última de ellas: una tragedia común en la que, a veces, se cuelan excepciones estupendas. Mi abuela, a sus noventaypicos, es torpe ya en todos los movimientos. Por eso me llama mucho la atención verla hacer ganchillo. Hace un movimiento muy ligero (a fuerza de un número ya incalculable de repeticiones) de meñique enrolla-lana y clavado de aguja curva y enganche y giro y arrastrar cabo aquí y luego allá y como en truco mágico un gurruño de hilo es una pieza, todo en un parpadeo, y repetimos, y así hasta el infinito (o hasta la conclusión de la manta, de inspiración inca, idónea para siestas). Las manos de mi abuela, ahí, son más ágiles y espabiladas que las mías, que tardarían siglos en aprender a realizar todo ese ritual de anudados exquisitos (de hecho, voy sin rendirme por la segunda o tercera intentona de aprender). Y pienso, mientras miro: a la vejez la burlan otras fuerzas maravillosas, por ejemplo ésta: la de la sabiduría de la costumbre.
A veces, sin que se moleste o se entere, intento cámara en mano dejar fijo algo de esta magia entrañable, mientras hace ganchillo. Las fotos nunca me gustan por una razón: quietas, con esa quietud de fotografía, sus manos son sólo manos de vieja y no las otras manos en las que se convierten –de repente- al darle a la aguja y al hilo: en las de la muchachita que mi abuela debía ser cuando aprendió a hacer ganchillo, hace tanto tiempo, mirando atenta cómo lo hacía alguna otra persona.
Me dicen, mi abuela, que qué ganas tiene de acabar ya la manta. Le digo que mejor disfrute mientras la hace. Y me da la razón. Probadlo, si podéis: no hay nada mejor que enseñarle algo a un abuelo.
La chica que nació ciega recupera totalmente la visión. Es la época de las técnicas científicas, la cirugía ocular y los experimentos con células madre y todo esto le permite acceder, después de muchos años sin conocerlo, a un mundo donde de repente existen el día y la noche.
De primeras, la luz le parece una picazón de demasiado volumen; la oscuridad, un obstáculo brumoso que estimula las melancolías.
Al principio, a la chica le cuesta aprender a distinguir las cosas como las distingue un vidente. A veces ve una pelota y no recuerda muy bien qué forma era ésa, y tiene que mirarla mucho, y acaba acercándose y tocándola y dice, ah sí, joder, esto era un círculo. Así ocurre con los vasos y los libros y, con muchísimos más matices, con los rostros humanos. Logra por fin poner en el mapa de lo existente a seres inexplicables como las hormigas y su primo, el mudo.
Sin embargo, a pesar de las mejorías y la gran dimensión de placeres que alcanza el cine cuando le pones la imagen, a ratos la chica que nació ciega llega a obtusas conclusiones como la de que el hombre siente a pedazos. Desde su perspectiva de recién llegada hay cosas que no comprende. No entiende esa manía tan rara, que entorpece tanto, de diferenciar los botes de especias del cajón de las especias mediante esa rústica etiqueta donde unas letras –"albahaca", "comino", "canela"- suplen a los matices diferenciadores del aroma y, a veces (se sorprende ella, torpe de explicaderas), acaba siendo la palabra que explica el olor mucho más distintiva que el propio olor.
Pero, en fin, a todo se va uno acostumbrando. Y, hasta que lo consigue, la chica que nació ciega hace, cada vez con menos frecuencia, algunas cosas que los parientes futuros contarán como anécdota llamativa cuando salga en charla su historia.
Por ejemplo, cuando está sola en su casa y no consigue orientarse dentro de esa terrible masa de formas y colores, a veces la chica que nació ciega busca a tientas un pañuelo y se lo ata en la nuca. Así, a ojo vendado, camina un rato por los pasillos hasta que ya consigue orientarse del todo y puede ya tranquilizarse y desatar el nudo y regresar al mundo perfecto e ineludible de la luz.
De tanto mirar esa franja-collage con graffittis fotografiados por Brassaï en el París blanquinegro de los años 30, la misma franja que tenía como cabecera del blog hasta ayer, me ha entrado un síndrome peculiar.
Ahora camino por la ciudad fijándome en las paredes. Los carteles ya no son puramente informativos, ni los manchones puramente antiestéticos. Debo aclarar que este síndrome no es molesto, salvo por su tendencia a hacerme cargar con el armatoste del único ojo a cuestas, allá por donde vaya, “cual prolongación de mis miembros”.
Ningún acompañante entiende muy bien qué voy fotografiando. Cuando me señalan una obra de arte, yo me decanto por un desconchón, un intento de algo, los restos de un poblado en el muro. Es un síndrome divertido. Es la ciudad, que me va dejando miguitas.
Durante un tiempo tuve la manía por la fotografía. Tener el ojo fotero siempre en modo ON cansa mucho, frustra mucho (qué terribles todas esas fotos que nunca pude hacer), y lo que era peor: me apareció como un quiste uno de esos sueños que se repiten en el que, después de no sé qué secuencia, deseaba ardientemente hacer una fotografía a no sé qué cosa y era siempre incapaz (generalmente porque el botón no quería apretarse, o era atacada por una manada de gatos, o la cámara no quería captar a tiempo la imagen hasta que ésta había mutado o desaparecido). Angustioso, como cuando el subconsciente abusa de su omnisapiencia en cuanto a obsesiones se refiere e ingenia una putadilla nocturna (el cabrón).
Ahora, que ya he perdido la manía fotográfica, que ya no miro libros de fotoperiodismo ni sueño con capturas frustradas, he hecho una -modesta- exposición de fotos en La Vaca Austera (ese garito en la calle Palma, cerca del metro de Tribunal, con un billar y buena música de rock). Parece como un homenaje tristón a una pasión que tengo en pausa, a algo ya pasado: como sacar un cd recopilatorio. Pero también es una experiencia buena, y merecida, qué leches. ¡Que he guardado demasiado sin enseñar! Espero que la manía fotera me vuelva: era, a fin de cuentas, un sufrimiento maravilloso. Muchos otros locos me entenderán.
Exposición de fotos de Diana Moreno en la Vaca Austera (calle La Palma, 20, metro Tribunal).
Llevo justo un año de aventura bloggera. (Joder, qué lejos ya el día que hice de tripas corazón y decidí publicar alguna bobada mía, prometiéndome que si no me gustaba borraba el invento y punto –un “crimen perfecto” virtual, ja-, pero no me disgustó, y no la borré, y así siguió y siguió la cosa hasta hoy con vistos a durar mucho más rato). Gracias a los que me seguís, y más a los que me leéis, y todo eso. Siempre he mantenido la promesa de colgar sólo contenidos propios (salvo alguna foto y un par de vídeos), pero hoy, por la cosa del aniversario, dejo algo ajeno. Un cuento de Galeano, recién descubierto (el cuento, claro, el cuento). De uno de los muchos ejemplos de lo que aspiro a ser si un día me consigo decir periodista. Celebremos poder decir todas las cosas desde este medio, desde el que sea, de la forma que sea.
Eduardo Galeano
La Burocracia / 3
Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía porqué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé que general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre pintura fresca.