Viajeros con cama

Mostrando entradas con la etiqueta denuncia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta denuncia. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de febrero de 2013

Grecia es el espejo de España

  Mi madre me contaba que, en su pueblo, un tío suyo iba a trabajar al campo descalzo. Cuando ella le decía que por qué iba descalzo, que se iba a herir los pies, su tío le contestaba que los pies se curan pero los zapatos no.


  Sobre la sanidad griega, que antes era universal, oigo que, en el presente, después de los recortes y la "austeridad", hay gente que llega a autoinfectarse de SIDA para poder cobrar una pensión. 


  Nadie es miserable: ¡le hacen serlo!

 
Imagen de los disturbios en Atenas.

domingo, 23 de diciembre de 2012

¿Y si todos desobedeciéramos a la vez?

En un mundo perfecto... 

  Cuando doblaron los precios de la educación superior, las aulas se vaciaron y la calle se llenó de escuelas.

  Cuando las empresas echaron a su plantilla profesional e intentaron suplirla contratando becarios no remunerados, no se presentó un solo candidato.

  Cuando trucaron las leyes electorales para que sólo dos partidos tuvieran el monopolio de la situación y no existieran voces alternativas, las urnas se quedaron vacías.

  Cuando intentaron forzar a los jóvenes para emigrar, los jóvenes no lo hicieron. 


  (Sigue aquí). 

sábado, 20 de octubre de 2012

Gracias por protestar

    Rajoy se confiesa: le gustan los sumisos. Lo ha dicho al hilo de las grandes concentraciones de la semana pasada contra su política de austeridad (el 25-S y sus réplicas), cuando, al enterarse de los conflictos y la represión policial, dio las gracias en un comunicado a todos aquellos ciudadanos “que no salieron a protestar”. Se une a un Borbón que nos pedía que dejáramos las utopías para los anuncios de adelgazantes. Nuestro Presidente quiere a sus súbditos obedientes, silenciosos y trabajadores, como hormigas. Debe considerar que en España hay demasiada cigarra; al menos, desde que Franco falta y los nuevos grises no pueden dar una hostia sin que Twitter se llene de chirridos.

Sigue aquí

miércoles, 10 de octubre de 2012

Armas contra la ignorancia


A vísperas de irme a visitar Turquía, cuelgo esta viñeta de mi columna en Tercera Información.
Confío en volver con los bolsillos llenos de fotos, caras nuevas y un poco más de sabiduría. Contra la ceguera no hay nada como un libro y un viaje.

domingo, 17 de junio de 2012

El reino que daba dinero a los que ya eran ricos


   En la manifestación de ayer en Madrid, que vino a ser una protesta contra el indignante rescate a la Banca española por parte de Europa, oí, cuando la comitiva llegaba a la sede de Bankia (una de las mismas torres Kio que Alex de la Iglesia imagina como el símbolo del mal en su peli), a una niña preguntar a su padre que quién era el malo. El padre señaló a la torre y dijo, "el malo es el que vive en esa cueva". La nena pareció darse por entendida.

   (Aquí está el fotorreportaje que hice ayer para la agencia Demotix.) 

lunes, 27 de febrero de 2012

Terribles confesiones de un telemirón cualquiera


Hoy ando en un auténtico dilema. Más que existencial, tiene naturaleza televisiva: echan a la misma hora una buena peli –de cierto nene italiano que, a ritmo de Morricone, colecciona los trozos del celuloide censurado- y un reality en el que un maromo recibe los favores de unas cuantas pretendientas sumisas a las que debe beneficiarse en orgías de jacuzzis y pezones asomados al mismo tiempo que obtienen el visto bueno de una madre puritana.
Podéis decir: pues menudo dilema más idiota. Os la puede también soplar mi vida, por supuesto; sólo faltaría.
Confesado esto, puedo añadir que nunca me han tirado mucho los realities y los debates rosas y demás telemierda, pero bueno, uno tropieza con algo y se engancha, sin más drama. También me engancho de vez en cuando a documentales sobre el último emperador chino o la violencia de género en Pakistán, por ejemplo. Que la telebasura ocupa demasiado no es discutible, pero, ¿por qué aniquilarla del todo, como quieren o dicen querer todos? Total, es otro espejo para vernos. Criticable, ya sé. Con unos valores rastreros, para qué negarlo. Aún me acuerdo asqueada de algo que vi hace tiempo: la supuestamente verídica y escrupulosamente filmada experiencia de un hombre que, deformado por una pasada obesidad, fue sometido en directo a una operación financiada por la productora del programa para recuperar la figura y la vida normales. Entre víscera y cosido y llantos maternos, todo religiosamente mostrado a cámara, no vi nunca ni una insinuación, por poca que fuera, a los buenos hábitos en la alimentación infantil como solución al problema: ¿para qué, si existe la cirugía, la solución milagrosa? Además, la dieta sana no da audiencia.
Pero, en fin; yo vivo, como todos, en un mundo extraño donde la apariencia manda y donde los idiotas se forran en concursos de inteligencia; así que digo, ¿y por qué no mirar? Tengo el criterio justo, justico, para no dejarme conmover a golpe de operaciones plásticas milagrosas, romances calentorros y salvajes peloteras familiares (supuestamente reales, todas), y por más artículos sobre sexualidad rosada y combinaciones estilosas de complementos y cómo-le-queda-a-la-Kidman-su-nueva-nariz que lea en la prensa marujil nunca me convencerán de que ese periodismo es el que hace algo bueno por el mundo. Me mostrará el viejo mundo, de una forma tontaina, sin ganas de mejorarlo; me hará reírme y asquearme, y conocer otro poco de las miserias de los hombres, y valorarles las virtudes, y ya está. ¿Quién dice que la radiotelebasura no tiene función y debe extinguirse? Yo, por lo pronto, y por la puñeta de no ser ubicua, le digo hoy ciao a Cinema Paradiso.

martes, 27 de diciembre de 2011

Cosas que hace el hombre –por dinero-

En algunos países del Tercer Mundo no es extraño el castigo del ácido en el rostro de aquellas mujeres que se rebelan.
En el primer mundo, la según todas las encuestas futura ganadora de un concurso de belleza es atacada con ácido, en una calle vacía, por el sicario es la más cercana de sus rivales.

***

Wall Street: se protege a los especuladores; se desprotege a los mercados.
Amazonas: se protege a los empresarios taladores; se desprotege a los indígenas habitantes de la selva.

***

En Kyoto se toman medidas imaginativas para evitar pagar las multas por infracción:
1.    En vez de reducir las emisiones de gases tóxicos resulta más rentable adaptarse al aumento de temperatura.
2.    En lugar de aplicar medidas en las regiones más contaminadas, se decide invertir en tratamientos para cerrar los respiraderos de sus habitantes.
3.    Allá donde las aguas se vuelvan intragables, los gobiernos repartirán masiva y generosamente líquidos embotellados.
4.    Cada una de las especies vegetales o animales aniquiladas debido al cambio climático será suprimida de los libros de ciencias naturales, con la finalidad de que ningún estudiante pueda jamás extrañarla.

martes, 13 de diciembre de 2011

Falsa impresión de cambio

En un siglo distinto se encontraba en el poder el clásico líder absolutista. Con sus clásicas quemas de libros, sus palacetes para torturas y sus cinco periódicos que contaban todos lo mismo. La gente se hartó de no poder abrir la boca y hubo una revolución. El más avispado de los revolucionarios se adjudicó la corona recién arrancada.   
El nuevo líder revolucionario fue borrando las huellas del mandatario caído. Hubo quemas de libros partidarios del absolutismo. Se torturó a todo aquel que criticara a la revolución. Los cinco periódicos siguieron contando lo mismo, pero ahora tenían la palabra revolución en la cabecera. Y todos decían con grandes vocablos de la época que aquél era un gobierno mucho más democrático que el anterior, mucho más libre, mucho más moderno, y que dónde iba a parar.
A la gente le costó darse cuenta del chanchullo. Ante el esfuerzo descomunal del mandamás revolucionario por limpiar el rastro del líder caído, todos pensaban que lo que intentaba era barrer la pasada existencia de otro signo político opuesto al suyo. Era una falsa sensación de cambio de ideología: la verdad es que, si uno se fijaba, ambos líderes quemaban libros, utilizaban la tortura y controlaban la información exactamente de la misma manera.
Los propagandistas revolucionarios desmentían aquello: ¡había cruciales diferencias entre ambos regímenes! Por ejemplo, mientras que durante el absolutismo se empalaba a los editores de periódicos críticos, en el nuevo gobierno sólo se les ahorcaba. El líder caído organizaba las quemas de periódicos cada semana; el actual, de forma mensual. Mucho más democrático el segundo, ¡dónde iba a parar! Y así, con la repetición machacona de estas anecdotitas superficiales, los desdichados ciudadanos, confusos, acababan aceptando un gobierno apoyado en la falsa impresión de cambio y ni percibían ni protestaban por el engaño.
(Del mismo modo, o parecido, ocurre hoy. Hay panfleteros que se empeñan en buscar las pequeñas diferencias entre grandes partidos. El matrimonio homosexual; la ley de igualdad. Etc. Minucias, nada más, que sólo llevan a perpetuarse entre gobiernos similares este espejismo de diferencia, que complica y hace más difícil ver bien claras las cosas.)

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cómo se maquillan las guerras: I

Entramos en sus campos, les arrancamos todo el trigo, les dejamos la tierra limpia.
Seguidamente les explicamos las ventajas de aquel suelo llano, removido y extenso, libre de las microscópicas alimañas del cultivo, tan vacío y apto para edificaciones de cualquier índole.
Acabada la charla, cicatrizados los vacíos, les vendimos nuestro pan.



 (y ten un buen paseo por los buenos aires, ché)

domingo, 9 de octubre de 2011

El (reducido) mundo que cabe en un tweet

Twitter, ese gran instrumento. Me costó engancharme, lo reconozco: no le veía uso claro a una plataforma tecnológicopuntera cuyo elevado objetivo era contener un puto titular. Abrí la mente y la cuenta, al final; vale que de los titulares siempre hay que desconfiar, pero un periodista y un militante del mundo debe usar todas las herramientas para que del mundo que pisa quede constancia.
Y Twitter tiene el plus de la inmediatez. Para los entrañables aferrados al quiosco, la tinta y el chupado de índice pasapágina, explicaré: gracias a la red del microbloggin puedes enterarte en el acto tanto de si tu manifestación se está yendo para Cibeles o para el Congreso como de la muerte de la abuela de Belén Esteban. Al momento.
Ya por puro curioseo y puro desoriente me dediqué a catalogar las cuentas de twitter en unos cuantos tipos:
·   Las serias. De reporteros, artistas o aspirantes. Con links a páginas de interés, información propia e intención periodística verdadera.
·   Las de los famosotes que se autobombean anunciando sus espectáculos o retuiteando todo aquello que les mencione.
·   Aquéllas cuentas víctimas de un inexplicable fenómeno: la invasión de charlas taberneras y respuestas sin pregunta, imposibles de seguir para alguien ajeno a dichas conversaciones (a cuya imposibilidad se le une el total desinterés, además).
·   Las que cuentan su vida. El 90 por ciento. Y parte del 10 por ciento que queda.
Si todo esto te ha apasionado, que no te extrañe: Twitter mola. Tú puedes molar también. Puedes llegar y hacerte una cuenta. Poner tu foto. Tuitear cualquier chorrada (imprescindibles: estados de ánimo que quieres que alguien te levante, anécdotas que quieres que alguien te ría, frases célebres encontradas al mínimo golpe de google. Todo condensado y contado sin gracia, a poder ser). A partir de ese momento, en una espiral meticulosa, comienza a seguir gente; parte de tus seguidores, agradecidos, te seguirán. ¡Tan fácil! Da igual las gilipolleces que estés contando o su nulo interés para alguien que no mire tu ombligo, que será cualquiera. Continúa tuiteando y siguiendo al azar y un porcentaje de tus seguidos te seguirá. Sigue siguiendo y devolviendo caballeroso las seguiduras. Ese proceso se amplía con rumbo y sin objetivo hasta tener una preciosa cuenta con tus pensamientos más insustanciales, desinhibición feisbukera, cientos de seguidores (que nunca leerán tus tweets) y el triple de seguidos (cuyos tweets te da perecilla leer).  
Cojonudo, chavalote. Después de mucho tiempo empleado, tienes un hueco. Un hueco grande, además. En Internet eso es sinónimo del éxito, lo consigas como lo consigas. Decían que las redes eran la última esperanza para la revolución, pero la revolución nos la sopla. Ahora seguramente mirarás tu labor con una pizca de desconcierto y ya no sabrás muy bien para qué sirve todo esto. Pero no te lo preguntes tanto. En la sociedad de la información, cuanto más barullo más cómodos están los culos. Nadie dijo que Flickr fuera para fotógrafos y Blogger para escritores: todo puede volverse otro tuenti, otra bitácora para ejercitar egocentrismos y dar cuatro pinceladas monas y falsas de tu vida. ¿Y la verdad? Pues por ahí anda, creo: debajo de toda la basura.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ética y tradiciones


Las tradiciones (esas cosas que se empiezan a hacer por una razón y que se vuelven a hacer por la misma razón que se siguen haciendo después de que ya nadie se acuerda de esa razón) me despiertan ternura. Son pequeñas zambullidas en las generaciones de los abuelos, los tatarabuelos, la gente que existía en los tiempos en que se nombraban las calles o incluso antes. Me suelo imaginar el origen de todos esos juegos, que suele ser por contraste un origen serio: del miedo a los demonios surge, como por embrujo, la alegre fiesta de apalear al monigote cornudo. De la hambruna que asoló las tierras ovejeras tal año apareció la carrera de persecución del queso rodante. De la prohibición de la opinión, los pubs. De la muerte, la celebración de los años. Del espanto de la niña que pasa a la mujer, el color blanco. Etcétera.
Todas con su magia, su esperanza supersticiosa. Que dejen de tener sentido nos la trae floja. Un escéptico sigue vistiendo a su recién parido de azul aunque sepa que no le va a proteger de los espíritus malos. Lo malo de las tradiciones es que, a veces, el hombre deja que se prolonguen demasiado tiempo, que no “filtra” cuáles deben llegar al presente y cuáles deben morir junto a una época. Hay hábitos que ya no significan nada más que las ganas de hábitos del hombre. Recordemos que un año que hubo excedente de un alimento se jugó a desperdiciarlo, a tirárselo unos a otros, y fue muy cachondo: era la gente que no conocía la hambruna ajena. Ahora ya conocemos la hambruna ajena bastante bien. De modo que la tomatada, las fiestas del vino, etc., son muy entrañables y muy festivas pero dejan ya de ser éticas y simplemente hay que abolirlas y colgarlas en museos de añoranzas y curiosidades pretéritas. Sin más drama.
Las tradiciones dicen quién es el hombre, quién quiere ser. Así los instintos sexuales mueven al arrancado de cejas o al vendado de pies, y las civilizaciones guerreras llegaron a tener símbolos sangrientos, como la lucha de gladiadores. Pero ya no somos una civilización guerrera, así que la sangre sobra. Al hombre lo conocemos por sus rituales, y su antiquísimo deseo de superar al animal fue en algún momento entrañable, coherente, durante un tiempo: el que hubo antes de que superara realmente al animal por mano de sabias trampas tecnológicas. El en origen, cuerpo a cuerpo, los ritos eran verdaderos. Llegó un momento en que se volvieron cínicos. Celebrar una corrida de toros hoy en día no es más que una arrogante muestra de superioridad, del todo innecesaria y apoyada en el lado más sádico que todos poseemos. Lo dicho, lo repito: la sangre sobra.
Hoy es noticia un ritual sangriento en España, y yo, que tengo la capacidad de no dejarme nunca de sorprender, digo esto. Que las tradiciones hay que admirarlas, hay que escarbarlas, hay que leer al hombre en ellas como si fueran grandes libros de miedos y deseos humanos. Y, en fin, que aquellas que contradicen al hombre actual, que lo desdicen como hombre, hay que dejar de practicarlas. Sin más. Sin demasiado debate. Aunque les fastidie a los tradicionales: a todos nos cuesta un esfuercito cambiar de hábitos.  

sábado, 28 de mayo de 2011

Pequeño y trágico autodescubrimiento

Soy una propiedad de facebook.
Soy una cobaya para los sloganeros electorales.
Para los poetas publicistas. 
Una pequeña pieza del mecanismo que enriquece a los fabricantes de mecanismos.
Eso soy.
Mi sí tiene un precio demasiado alto.
Mi no no vale gran cosa. 
(Hasta que lo digo a coro).

sábado, 26 de marzo de 2011

Tele y realidad


El mundo real puede tocarse aún con una pantalla entre medias, dicen. Bueno, lo he probado. He presenciado cómo una niña salvaje amenazaba a su madre mientras abofeteaba a su abuelo. He visto a cuatro hijos de marqueses despilfarradores de fortunas mensuales y emuladores de Paris Hilton ser abducidos y sometidos a pruebas inhumanas, como hacer camas o fregar platos. Me he paseado por comedores sociales, por mercadillos de falacias, por suburbios del crack, y allí he degustado sus tragedias de cerca. He visto una operación quirúrgica extrema de un hombre deforme con una madre propicia a la lágrima, paso a paso, sangre a sangre. Todo seguido.
Se me ha debido quedar cara de Ginsberg cuando echó un ojo a las mentes de su generación. Podría incluso lanzar otro aullido, creo (y más largo, que ya es decir).
Después de esta sobredosis de telerrealidad, ¿qué queda de real? ¿He charlado con los personajes, he pisado los comedores, he compartido las lágrimas? Soy otra persona, o no, o soy la misma un poco más reblandecida, o más embrutecida, porque lo que se traga sin masticar embrutece (que no endurece).
Pero, carajo, ¿hay que criticarlo todo? A fin de cuentas ellos me han traído sin cobrarme más que mi tiempo una historia real, lo más cerca posible. Si eso no me vale, por teoría, de qué me vale Ken Loach. He estado allí. He charlado con los personajes, he pisado los comedores, he compartido las lágrimas y los bancos de espera de los hospitales. Se puede decir que son nuevas experiencias vitales, sí, aunque estén comprimidas y recetadas en cápsulas, inyectadas de forma que el culo no necesite introducir un palmo entre sí y el asiento, y que las intensidades se suavicen. Todo muy fast-food y muy Telecinco y muy occidental, qué quieres.
Pero, por extraño que resulte, cuanto más veo esta supuesta realidad más lejos me siento del mundo. Más artificial me resulta todo, y más me contagio, y más cambio los libros por e-books, los conocidos por caras pixeladas, los paseos en bici por partidas de billar virtual y las charlas por conversaciones de facebook-chat. Más lejano y atractivo me resulta, en cambio, la locura de liar un petate e irme a conocer en persona a los mismos gitanos, a los pijos, a los rebuscadores de basuras, a los terminales y a los locos que salen en mi pantalla. Pero al final suelo acabar tirando por el mando, que es la realidad cómoda. Como casitodos.

http://medioambientesimbolico.blogspot.com/2010/11/la-tele-en-la-pared.html (interesante recopilación de graffitis anti-televisivos).

jueves, 17 de marzo de 2011

Meter mano o no meter mano. Un cuento sobre las revueltas.



En un país, el pueblo decidió alzarse sobre el poder, y hubo una revuelta.
Desde fuera nosotros olimos el humo, nos asomamos, miramos lo ocurrido. Fuimos juntando la información que nos llegaba de periódicos y de testigos. Enmarcamos el suceso dentro de la historia conocida de aquel pueblo, la trayectoria de su tirano que llevaba ya cumplida tan larga tiranía. Al principio he de decir que contemplamos la revuelta llenos de emoción, pero luego la cosa empezó a ponerse más violenta, y a sumarse demasiados muertos, y ya comprendimos que el asunto iba en serio.
Ya no supimos qué debíamos hacer. Hablar mal de ese tirano en concreto nos aportaba credibilidad, pero no bastaba. Éramos testigos de una carnicería. Unos decían que deberíamos entrar en el país y frenar las batallas con encendidas lecturas de la Carta de Derechos. Otros hablaban de detener la pelea de forma violenta. Con militares. Con bombas. Con hostias de padre. Pero muchos se oponían: aquél era un país libre, y nosotros no teníamos derecho a intervenir. ¿Quiénes éramos nosotros para hacer eso?
Complicaba el asunto que la información que llegaba era tan quebradiza, y también lo eran nuestras propias opiniones. Los que en su día defendieron la puesta en el poder del líder que ahora bombardeaba civiles, los que fueron sus colegas de negocios, evitaron hábilmente sacar el tema. Aquellos que querían el petróleo de aquellas tierras sobre las que tenía lugar la batalla se posicionaban en contra de la paciencia. Hubo quien especuló con un futuro incierto en caso de derrocar al líder, y quien intentó quitar paja mencionando a otros muchos dictadores idénticos sobre los que, sin embargo, no caían las cámaras ni las reprimendas internacionales.
Y en medio de la confusión los pedazos de información que llegaban del campo de batalla nos daban para formar realidades a medias, sobre los valientes rebeldes, o el líder demonizado, o los mercenarios contratados por él, o los en realidad cuatro o cinco sediciosos no especialmente partidarios de la democracia pero ennoblecidos por el maniqueísmo periodístico que luchaban por ver caer al titán.
Y mientras, la guerra continuaba.
Para cuando el opresor comenzó a ganar terreno, nosotros nos reunimos con prisas, nos vino la angustia de la indecisión. Se nos imponía un dilema más grande que nosotros mismos. Unos hablaban de hacer lo posible para conservar los derechos humanos, por encima de cualquier teoría ética; los rigurosos se aferraban a las bondades de la no intervención. Casi todos, por otro lado, le dábamos alguna que otra vuelta, aprovechando el revuelo, a la forma de sacar tajada. Todo ello, eso sí, lo debatimos muy fotogénicamente mediante discursos huecos y pomposos y diseñados por guionistas de Hollywood, en los que nunca –se hizo el recuento- apareció la palabra petróleo.
Poco antes de que todo estallara, con el aire ya tenso, vibrante todo de resolución, la gente de la calle nos miraba morir de incertidumbre. Todo era confusión informativa, nadie tenía la información exacta, nadie poseía la solución perfecta. Ninguno, ni mucho menos nosotros, tenía el deber de la resolución del conflicto, autoconcedido como por mano divina: si acaso, aquéllos que habían decidido luchar contra algo injusto, y nadie más.
Y, mientras, la guerra continuaba, y los muertos continuaban, y todo se acercaba ya al estallido.

(Escrito horas antes de la resolución de la ONU sobre Libia.)

lunes, 28 de febrero de 2011

Apuntes extragalácticos 5: la burocracia

Como estudiosos de los hábitos humanos, vemos que los hombres adoptan a veces soluciones retorcidas para los problemas.
Al principio, los bienes que tenían eran fácilmente repartidos, y no había conflicto alguno. Pero cuanto más numerosos fueron ellos mismos, más difícil se volvió el reparto. Aquello exigía una solución y, en lugar de procurar reducir la población, optaron por otra cosa: volver más y más complejos los sistemas de préstamo para que cada vez menos personas pudieran acceder al dinero.
De ese modo los hombres inventaron los avales, los permisos, los plazos, las colas, las lúgubres casas burocráticas. Pusieron sillas de espera en las entidades bancarias y exigieron cada vez más documentos para conceder un resguardo hipotecario (como, por ejemplo, certificados de salud o testimonios de prestigiosos adivinos que garantizaran la supervivencia en 2024). Así, la discriminación era perfecta: se perpetuaban los papeles de beneficiado y de víctima, pero con un tufo a legalidad que no permitía la protesta. 




jueves, 24 de febrero de 2011

Revueltas vistas desde la pantalla

Seamos sinceros, los acomodados. En el fondo esto nos gusta. Nos emociona ver cómo el mundo tiembla. Nos gusta estar ante un momento que los tutores harán aprender a nuestros bisnietos. Vemos, o nos cuentan, cómo las revueltas populares, masivas, callejeras, legítimas, se expanden por los países africanos, Túnez, Egipto, Libia… (y eso nos despierta la satisfacción que da la coherencia: el débil se levanta contra el dictador. El mundo tiene algo de lógica, por un rato). Nos cuentan también la vergüenza de las inmensas potencias que, dependiendo de si tal nación es amiga o tal nación es enemiga, reacciona o no frente a las masacres de civiles (y eso nos despierta, en cambio, la rabia que da la incoherencia, que siempre es necesaria también).
Pero, aunque todo es un gran espectáculo, ¿basta con mirar? Los acomodados, ¿qué derecho tenemos? ¿Qué derecho tengo yo, por ejemplo, a decirles a los libios que resistan, seguid libios seguid, soportad la represión, dejad que os atormenten con mercenarios fusileros y armas pesadas, seguid resistiendo… aunque os maten otro poquito más, aunque os machaquen otro poco, todo será por algo, todo tendrá un valor…? Conseguiréis lo que comenzasteis pidiendo de forma pacífica, seguro, y será gracias a vuestra fortaleza (o vuestra desesperación).
¿Tengo derecho a decir eso, a apenas pedirlo? ¿A desear que otros pueblos que yo no puedo comprender nunca del todo realicen la lucha, mientras sospecho el sufrimiento y la violencia que les traerá esa misma lucha?
Igual sí, lo tengo. Porque, a pesar de que aún es imposible saberlo con certeza, yo también saldría a las calles. Aunque me machacaran, y aplastaran a mis hijos, etc. ¿Qué cómo carajo lo sé? Porque yo soy tan humana como todos esos que salieron a las calles, y tan sólo me falta la presión; por tanto, si la tuviera, si me presionaran, saldría a la protesta también. Como todos. Puede decirse, entonces, que la presión le da más valor al hombre.
Gadafi se equivocó de tiempo para la violencia. Los ha habido mejores para ese honrado fin. En definitiva, nosotros los acomodados queremos que no haya un solo muerto más (se habla de entre 600 y 10.000 mientras escribo esto, sólo en Libia), ni más heridos, y que todo se calme y haga su papel la democracia, etc., etc.; pero, reconozcámoslo, también queremos, y más en el fondo, que esto se extienda (por todo el globo, rastreando las últimas dictaduras... a Irak, a Sudán, a Guinea, a Asia...). Queremos, en realidad, que la protesta no cese nunca.
Aunque no tengamos derecho, seguimos teniendo la capacidad de apoyo, y seguimos teniendo el anhelo.
Protestas contra Gadafi. Agencia AP

jueves, 3 de febrero de 2011

Causas para el anarquismo

cuando pusimos como gobernante a un pirata, los fondos se fueron en remodelar la flota nacional.
cuando pusimos a un mujeriego, se nos llenó la constitución de poligamias.
cuando pusimos a un ajedrecista, tuvimos el imperialismo por pasatiempo.
con el nostálgico en el poder, los hospitales se reciclaron en museos.
con el fan del western, las leyes armamentísticas fueron más permisivas.
cuando pusimos a un apasionado de la química, las guerras se volvieron nucleares, gaseosas, tóxicas y lacrimógenas.
reinando el literato, las calles fueron limpiadas de analfabetos.
reinando el mentiroso, los periódicos se volvieron oficiales.
cuando pusimos a un idiota en el poder, el pueblo dejó de ser escuchado.
cuando pusimos al más sabio entre los sabios, el pueblo dejó de ser escuchado (igualmente).

viernes, 28 de enero de 2011

la protección

tú naces, y te ponen delante un plato.
no te hacen pagarlo, porque no tienes nada con qué pagarlo. eres recién llegado. tampoco te hacen bendecirlo. no te hacen agradecerlo.
pasan los días y a cada rato, cuando una arruga en tu entrecejo puede ser traducida como hambre, te colocan otro plato.
si alguna vez estás demasiado cansado para extender la mano hacia el plato, te acercan el tenedor a la boca.
siguen pasando los días, y a cada rato te colocan el plato delante. cuando tienes hambre. o aburrimiento. o depresión. o azúcar bajo. o falta de libido. siempre tienes delante un plato.
nunca aprendes cómo se adquiere la comida, cómo se modela la cerámica, con qué dominio del equilibrio se camina con un plato en la mano. tampoco sabes cómo de repartidos están los platos por el mundo. no te lo enseñan. no te interesa.
ellos, simplemente, amorosos, te ponen un plato delante antes de que tengas hambre. no sabes muy bien qué es el hambre. te suena a sacrificio dietético, a documental de sequías, a relato de dickens.
y un buen día ya eres demasiado grande. y, de repente, cuando tienes hambre, se descojonan de ti. y, de pronto, cuando pides un plato, te abofetean. te humillan porque no sabes cómo se adquiere la comida, cómo se modela la cerámica, con qué dominio del equilibrio se camina con un plato en la mano. los mismos que te cebaban te compadecen profundamente, porque no tienes ni idea de qué es el hambre.
y, de esta guisa, a patada en el culo, te ponen directamente en el mundo real y te obligan a buscar la comida, por tu cuenta, por primera vez.
y, sorprendentemente, ya no vuelves a añorar el plato gratuito nunca más.

lunes, 24 de enero de 2011

Las palabras que sobrevivieron al plástico

Todo empieza a ser siniestramente artificial, alrededor. De una forma grácil. Como intentando que no se note demasiado. Como si alguien (e imaginar quién es lo verdaderamente acojonante) se molestara en hacer de este mundo un reducto de mierda muy perfumada, tremendamente perfumada, para que todos caminemos eternamente sin que nadie se de cuenta nunca de que camina sobre mierda.
Es lo de que la guerra es la paz. No hace falta gran hermano. Pueden hacernos creer de todo. ¿La rebeldía?: Lady Gaga; alguien que no es rebelde ni hace música nueva, pero que “se viste raro”. Los rebeldes: los que se visten raro. ¿Para qué vamos a andarnos con complicaciones? Los premios, para los guapos. Los valores: la autenticidad, el cocido madrileño, el do it yourself, los vaqueros rotos… pero todo comprado, cocinado, roto de fábrica. Zurcido industrial; descosido decorativo. Los opuestos, que se tocan.
Pero nos cambian el lenguaje, y no lo notamos. O, mejor dicho, basta ya del “enemigo-abstracto” de Orwell: nosotros mismos lo hacemos.
Nosotros nos cambiamos el lenguaje. Nosotros nos engañamos. Nosotros llamamos tradicional al cocido de lata. Nosotros consideramos punki al vaquero roto de Berska. Nosotros nos creemos que los Oscars se los dan al mejor actor. Nosotros nos autoconvencemos de que Lady Gaga es el icono absoluto de rebeldía. Y, en fin, así nos va.

domingo, 2 de enero de 2011

Apuntes extragalácticos 4: la política

Paso 1: Los hombres se unen en grupos a raíz de que descubren que la supervivencia es difícil.
Paso 2: Deciden nombrar un líder para cada grupo porque comprueban que el acuerdo es igualmente difícil.
Consecuencia del paso 2: Los líderes elegidos, a los que se les da potestad para organizar, acaban teniendo más poder que el resto. Pueden actuar con más libertad que el resto. Pueden aplastar a sus propios electores.
Paso 3: Los hombres establecen leyes que atañen también a los líderes. Instauran tribunales para que los líderes puedan también ser juzgados. A fin de evitar los totalitarismos.
Paso 4: A los líderes ya no les mueve el poder total, sino la voluntad política. Se vuelven motivados y activos. Diseñan proyectos y pretenden llevarlos a cabo.
Derivado del paso 4: Los hombres les confían parte de su riqueza para que se vean capaces de realizar sus proyectos. Una pequeña parte queda en sus bolsillos. Por el esfuerzo.
Consecuencia del derivado del paso 4: Los líderes se enriquecen.
Paso 5: Los líderes nombran ayudantes, ministros, portavoces. Eso requiere más dinero.
Paso 6: Los líderes necesitan mentes claras para vislumbrar nuevos proyectos. Necesitan vidas plenas. Eso requiere más dinero.
Consecuencia de los pasos 5 y 6: Los líderes se enriquecen más aún.
Paso 7: Los líderes, enormemente ricos, llevan vidas mejores que aquellos que les eligieron.
Consecuencia del paso 7: Algunos hombres que no están interesados en política y que no tienen espíritu alguno de mejorar el mundo se unen a los líderes, solamente por el dinero y la vida plena.
Consecuencia: La clase política está mal movilizada, mal motivada, alejada del resto de los hombres.
Conclusión: nosotros, observadores del ser humano, extraemos esta solución provisional para corregir la situación: Es necesario que el político no cobre. Que la política sea una función de voluntariado. Que el único premio sea el placer de encaminar.
Probable consecuencia de la solución propuesta: la vuelta a los orígenes de la política.