Viajeros con cama

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martes, 13 de diciembre de 2011

Falsa impresión de cambio

En un siglo distinto se encontraba en el poder el clásico líder absolutista. Con sus clásicas quemas de libros, sus palacetes para torturas y sus cinco periódicos que contaban todos lo mismo. La gente se hartó de no poder abrir la boca y hubo una revolución. El más avispado de los revolucionarios se adjudicó la corona recién arrancada.   
El nuevo líder revolucionario fue borrando las huellas del mandatario caído. Hubo quemas de libros partidarios del absolutismo. Se torturó a todo aquel que criticara a la revolución. Los cinco periódicos siguieron contando lo mismo, pero ahora tenían la palabra revolución en la cabecera. Y todos decían con grandes vocablos de la época que aquél era un gobierno mucho más democrático que el anterior, mucho más libre, mucho más moderno, y que dónde iba a parar.
A la gente le costó darse cuenta del chanchullo. Ante el esfuerzo descomunal del mandamás revolucionario por limpiar el rastro del líder caído, todos pensaban que lo que intentaba era barrer la pasada existencia de otro signo político opuesto al suyo. Era una falsa sensación de cambio de ideología: la verdad es que, si uno se fijaba, ambos líderes quemaban libros, utilizaban la tortura y controlaban la información exactamente de la misma manera.
Los propagandistas revolucionarios desmentían aquello: ¡había cruciales diferencias entre ambos regímenes! Por ejemplo, mientras que durante el absolutismo se empalaba a los editores de periódicos críticos, en el nuevo gobierno sólo se les ahorcaba. El líder caído organizaba las quemas de periódicos cada semana; el actual, de forma mensual. Mucho más democrático el segundo, ¡dónde iba a parar! Y así, con la repetición machacona de estas anecdotitas superficiales, los desdichados ciudadanos, confusos, acababan aceptando un gobierno apoyado en la falsa impresión de cambio y ni percibían ni protestaban por el engaño.
(Del mismo modo, o parecido, ocurre hoy. Hay panfleteros que se empeñan en buscar las pequeñas diferencias entre grandes partidos. El matrimonio homosexual; la ley de igualdad. Etc. Minucias, nada más, que sólo llevan a perpetuarse entre gobiernos similares este espejismo de diferencia, que complica y hace más difícil ver bien claras las cosas.)

sábado, 5 de noviembre de 2011

Campañas-milagro

En cierto canal dedicado a la teletienda repiten un anuncio de un producto milagroso que aumenta la audición. Buscándole utilidades a la desesperada, los publicitarios tienen la buena idea de recrear en el spot una situación, digamos, “creíble”: un par de mujeres en una playa ven pasar a otra. Una, al verla, dice algo así como, qué cuerpazo, sería estupendo estar como ella. La jamona, que está ya lejos pero lleva el invento de la audición, lo oye y sonríe por el halago.
La situación, ficticia en todos los sentidos, infantiloide hasta la vergüenza ajena, hace a uno plantearse por dónde cae el mango del plumero que se les suele ver tanto a los publicistas. Pensamos que todo esto ha debido salir de una mente entrañablemente ingenua, con una inocente fe en la humanidad, convencida realmente de que la tendencia de dos mujeres en una playa es la de alabar los muslámenes de una tercera desconocida en lugar de, como haría el común de los mortales, despellejarla por su bikini, sus tobillos, su bronceado insuficiente o la marca que la esterilla le ha dejado en el culo. ¿Qué, no habéis estado en Torrevieja nunca, cerebritos creativos?
Lo curioso es que no es así: me apuesto algo. Los publicistas que han hecho este spot conocen de sobra la condición humana y ni ellos mismos podrían tragarse la historia que con tan buena fe nos han contado. La publicidad tiene un mecanismo peculiar: no necesita ser creíble; es un pacto, simplemente, entre ellos y nosotros, los que no hemos accedido al pacto; ellos intentan noquearnos con argumentos sabiendo que, total, tenemos que comprarles a ellos, o comprar a cualquier otro, pero tenemos que comprar a alguien para no acabar en una comunidad fabricando nuestra propia pasta de dientes.
Bueno. Pues así funcionan, con más o menos disimulo, las campañas electorales.
La política, que es otro pacto desigual, está llena al parecer de las mismas mentes bienintencionadas y marrulleras. Dicen lo que sería maravilloso oír. Aseguran que un hombre en el poder no abusaría de poder; que tal candidato hará lo posible por las clases bajas, etc., etc. Vamos, que dos envidiosas en la playa soltarán un halago en lugar de un lardo. Eso dicen. Costaba más verles el plumero que a los exagerados publicistas, hay que reconocerlo, pero, claro, “a alguien hay que votar”, hermanos. Y ahora, ¿qué se puede hacer para que dejen de vendernos estos productos bonitos y siempre, forzosamente, defectuosos? ¿Dejar de comprarles? ¿Comprar a terceros? Lo que sea, pero todos juntos, todos a una: es lo único que puede llevarnos a un cambio. De otro modo, personalmente, en las próximas elecciones ya sé dónde me veo: fabricando mi propia pasta de dientes. Me temo.

jueves, 26 de mayo de 2011

La indignación como derecho.

Bueno, los trajeron al mundo, los peinaron y los alimentaron.
Dijeron: haremos de ellos la generación más formada de la Historia. Les dieron carreras, másters, postgrados; les hicieron políglotas; les llevaron a los lugares del mundo que nunca conocieron sus abuelos; les quitaron la necesidad de todo trabajo que generara sudor. Les dieron un billetito de paga para sus ocios de fin de semana.
Los metieron en un mundo confuso. De felicidades sin precio. De signos políticos difusos. De partidos que pronuncian un trabalenguas ideológico mientras asesores y sloganeros a sueldo se desviven por manosear la percepción del ciudadano hasta que la credibilidad sea absoluta.
Les dieron Internet y botellones. Les cambiaron los telediarios por canales telerrealidad 24 horas.
Y, así, les hicieron pasar por la crisis como por una película de Spielberg. Les mostraron televisadas a las víctimas pero nunca a los culpables. No les incitaron a cuestionarse el sistema que mantenía a millones de hombres como ellos mismos en la pobreza desde tiempos inmemoriales, de modo que ellos sólo protestaban cuando la aguja era en su propia carne. No les enseñaron a divisar el lejano inicio de una larga lista de estafas que culminó en la crisis.
Les dijeron: no tenéis trabajo, ni tenéis dinero, ni tenéis pareja, ni tenéis casa, ni tenéis futuro. Les llamaron “generación perdida”, para darle al asunto un toque de drama apocalíptico.
No les enseñaron a luchar.
Pero les pusieron en la calle, y, sin aviso, la tomaron. Y en la calle se comenzaron a dar cuenta de su repentino y grandilocuente papel protagonista. Inundaron Sol, y otras plazas de otras muchas ciudades. Lanzaban sus dardos de forma obtusa; a los banqueros, a los políticos, al bipartidismo; a los líderes empresariales o eclesiásticos, o allá donde la cosa apestase a poder.
No tenían soluciones claras; no tenían esperanzas nítidas. Porque nunca les habían enseñado a buscar soluciones. Sólo tenían el derecho a expresar la indignación. No sabían tanto como los analistas políticos y los expertos económicos; simplemente, querían un cambio rápido. O, lo que es lo mismo, una revolución.
Y por fin, en aquel mundo de falsas satisfacciones, la indignación trajo la única lucha verídica. 

(Artículo publicado en rebelion.org)

viernes, 8 de abril de 2011

Errores judiciales


Los cuatro de Guildford
Dentro de cuatro paredes que no dejan pasar las voces agradables pero que filtran perfectamente y con eco las voces terribles, amaneció un ahorcado con un cartel que decía, en un lenguaje tan minoritario que hoy sólo lo deben hablar los fantasmas, la palabra “inocente”.
A partir de pesadillas como aquella, los hombres comenzaron a recapitular sus pasos desde que empezaron a alejarse de las torturas medievales. Recordaron los códigos civiles, las destrucciones de las fábricas que perfeccionaban tormentos antiguos, y recordaron el fin de aquel derecho lleno de privilegios y enterramientos en vida. Pero habían llegado al tiempo más moderno vivido por ser humano alguno y aún no era suficiente. El hombre erraba. El error le perseguía como una fiera que no desea morder sino sólo, y más terrible, acompañar y acompañar. Y era imposible avanzar más.
Habían supuesto que la justicia era una.
Luego, se habían dado cuenta de que existían muchas otras justicias.
Ahora no podían dejar de caminar hacia su justicia primera, pero la dirección era un zig-zag acuoso. El juez era un status imperialista; el jurado, emocional; Agatha Christie, un personaje, y el culpable insistía en no revelar sus culpabilidades motu proprio. La lógica comenzaba a enseñar cada vez más claro que ellos mismos, los repartidores de castigos, habían tatuado la mayoría de las veces la palabra culpa en la piel del culpable, de modo que la culpa ya tenía que repartirse entre el culpable y su tatuador, y en definitiva todo era un caos, y cuanto más y más y más pulían el término justicia más se encabritaban las volutas y, a veces, saltaban incendiadas a los ojos de los jueces que, en vez de ser considerados mejores por su ceguera, eran inmediatamente reemplazados por invalidez. Y la sinrazón seguía.  

jueves, 17 de marzo de 2011

Meter mano o no meter mano. Un cuento sobre las revueltas.



En un país, el pueblo decidió alzarse sobre el poder, y hubo una revuelta.
Desde fuera nosotros olimos el humo, nos asomamos, miramos lo ocurrido. Fuimos juntando la información que nos llegaba de periódicos y de testigos. Enmarcamos el suceso dentro de la historia conocida de aquel pueblo, la trayectoria de su tirano que llevaba ya cumplida tan larga tiranía. Al principio he de decir que contemplamos la revuelta llenos de emoción, pero luego la cosa empezó a ponerse más violenta, y a sumarse demasiados muertos, y ya comprendimos que el asunto iba en serio.
Ya no supimos qué debíamos hacer. Hablar mal de ese tirano en concreto nos aportaba credibilidad, pero no bastaba. Éramos testigos de una carnicería. Unos decían que deberíamos entrar en el país y frenar las batallas con encendidas lecturas de la Carta de Derechos. Otros hablaban de detener la pelea de forma violenta. Con militares. Con bombas. Con hostias de padre. Pero muchos se oponían: aquél era un país libre, y nosotros no teníamos derecho a intervenir. ¿Quiénes éramos nosotros para hacer eso?
Complicaba el asunto que la información que llegaba era tan quebradiza, y también lo eran nuestras propias opiniones. Los que en su día defendieron la puesta en el poder del líder que ahora bombardeaba civiles, los que fueron sus colegas de negocios, evitaron hábilmente sacar el tema. Aquellos que querían el petróleo de aquellas tierras sobre las que tenía lugar la batalla se posicionaban en contra de la paciencia. Hubo quien especuló con un futuro incierto en caso de derrocar al líder, y quien intentó quitar paja mencionando a otros muchos dictadores idénticos sobre los que, sin embargo, no caían las cámaras ni las reprimendas internacionales.
Y en medio de la confusión los pedazos de información que llegaban del campo de batalla nos daban para formar realidades a medias, sobre los valientes rebeldes, o el líder demonizado, o los mercenarios contratados por él, o los en realidad cuatro o cinco sediciosos no especialmente partidarios de la democracia pero ennoblecidos por el maniqueísmo periodístico que luchaban por ver caer al titán.
Y mientras, la guerra continuaba.
Para cuando el opresor comenzó a ganar terreno, nosotros nos reunimos con prisas, nos vino la angustia de la indecisión. Se nos imponía un dilema más grande que nosotros mismos. Unos hablaban de hacer lo posible para conservar los derechos humanos, por encima de cualquier teoría ética; los rigurosos se aferraban a las bondades de la no intervención. Casi todos, por otro lado, le dábamos alguna que otra vuelta, aprovechando el revuelo, a la forma de sacar tajada. Todo ello, eso sí, lo debatimos muy fotogénicamente mediante discursos huecos y pomposos y diseñados por guionistas de Hollywood, en los que nunca –se hizo el recuento- apareció la palabra petróleo.
Poco antes de que todo estallara, con el aire ya tenso, vibrante todo de resolución, la gente de la calle nos miraba morir de incertidumbre. Todo era confusión informativa, nadie tenía la información exacta, nadie poseía la solución perfecta. Ninguno, ni mucho menos nosotros, tenía el deber de la resolución del conflicto, autoconcedido como por mano divina: si acaso, aquéllos que habían decidido luchar contra algo injusto, y nadie más.
Y, mientras, la guerra continuaba, y los muertos continuaban, y todo se acercaba ya al estallido.

(Escrito horas antes de la resolución de la ONU sobre Libia.)

jueves, 24 de febrero de 2011

Revueltas vistas desde la pantalla

Seamos sinceros, los acomodados. En el fondo esto nos gusta. Nos emociona ver cómo el mundo tiembla. Nos gusta estar ante un momento que los tutores harán aprender a nuestros bisnietos. Vemos, o nos cuentan, cómo las revueltas populares, masivas, callejeras, legítimas, se expanden por los países africanos, Túnez, Egipto, Libia… (y eso nos despierta la satisfacción que da la coherencia: el débil se levanta contra el dictador. El mundo tiene algo de lógica, por un rato). Nos cuentan también la vergüenza de las inmensas potencias que, dependiendo de si tal nación es amiga o tal nación es enemiga, reacciona o no frente a las masacres de civiles (y eso nos despierta, en cambio, la rabia que da la incoherencia, que siempre es necesaria también).
Pero, aunque todo es un gran espectáculo, ¿basta con mirar? Los acomodados, ¿qué derecho tenemos? ¿Qué derecho tengo yo, por ejemplo, a decirles a los libios que resistan, seguid libios seguid, soportad la represión, dejad que os atormenten con mercenarios fusileros y armas pesadas, seguid resistiendo… aunque os maten otro poquito más, aunque os machaquen otro poco, todo será por algo, todo tendrá un valor…? Conseguiréis lo que comenzasteis pidiendo de forma pacífica, seguro, y será gracias a vuestra fortaleza (o vuestra desesperación).
¿Tengo derecho a decir eso, a apenas pedirlo? ¿A desear que otros pueblos que yo no puedo comprender nunca del todo realicen la lucha, mientras sospecho el sufrimiento y la violencia que les traerá esa misma lucha?
Igual sí, lo tengo. Porque, a pesar de que aún es imposible saberlo con certeza, yo también saldría a las calles. Aunque me machacaran, y aplastaran a mis hijos, etc. ¿Qué cómo carajo lo sé? Porque yo soy tan humana como todos esos que salieron a las calles, y tan sólo me falta la presión; por tanto, si la tuviera, si me presionaran, saldría a la protesta también. Como todos. Puede decirse, entonces, que la presión le da más valor al hombre.
Gadafi se equivocó de tiempo para la violencia. Los ha habido mejores para ese honrado fin. En definitiva, nosotros los acomodados queremos que no haya un solo muerto más (se habla de entre 600 y 10.000 mientras escribo esto, sólo en Libia), ni más heridos, y que todo se calme y haga su papel la democracia, etc., etc.; pero, reconozcámoslo, también queremos, y más en el fondo, que esto se extienda (por todo el globo, rastreando las últimas dictaduras... a Irak, a Sudán, a Guinea, a Asia...). Queremos, en realidad, que la protesta no cese nunca.
Aunque no tengamos derecho, seguimos teniendo la capacidad de apoyo, y seguimos teniendo el anhelo.
Protestas contra Gadafi. Agencia AP

jueves, 3 de febrero de 2011

Causas para el anarquismo

cuando pusimos como gobernante a un pirata, los fondos se fueron en remodelar la flota nacional.
cuando pusimos a un mujeriego, se nos llenó la constitución de poligamias.
cuando pusimos a un ajedrecista, tuvimos el imperialismo por pasatiempo.
con el nostálgico en el poder, los hospitales se reciclaron en museos.
con el fan del western, las leyes armamentísticas fueron más permisivas.
cuando pusimos a un apasionado de la química, las guerras se volvieron nucleares, gaseosas, tóxicas y lacrimógenas.
reinando el literato, las calles fueron limpiadas de analfabetos.
reinando el mentiroso, los periódicos se volvieron oficiales.
cuando pusimos a un idiota en el poder, el pueblo dejó de ser escuchado.
cuando pusimos al más sabio entre los sabios, el pueblo dejó de ser escuchado (igualmente).

domingo, 2 de enero de 2011

Apuntes extragalácticos 4: la política

Paso 1: Los hombres se unen en grupos a raíz de que descubren que la supervivencia es difícil.
Paso 2: Deciden nombrar un líder para cada grupo porque comprueban que el acuerdo es igualmente difícil.
Consecuencia del paso 2: Los líderes elegidos, a los que se les da potestad para organizar, acaban teniendo más poder que el resto. Pueden actuar con más libertad que el resto. Pueden aplastar a sus propios electores.
Paso 3: Los hombres establecen leyes que atañen también a los líderes. Instauran tribunales para que los líderes puedan también ser juzgados. A fin de evitar los totalitarismos.
Paso 4: A los líderes ya no les mueve el poder total, sino la voluntad política. Se vuelven motivados y activos. Diseñan proyectos y pretenden llevarlos a cabo.
Derivado del paso 4: Los hombres les confían parte de su riqueza para que se vean capaces de realizar sus proyectos. Una pequeña parte queda en sus bolsillos. Por el esfuerzo.
Consecuencia del derivado del paso 4: Los líderes se enriquecen.
Paso 5: Los líderes nombran ayudantes, ministros, portavoces. Eso requiere más dinero.
Paso 6: Los líderes necesitan mentes claras para vislumbrar nuevos proyectos. Necesitan vidas plenas. Eso requiere más dinero.
Consecuencia de los pasos 5 y 6: Los líderes se enriquecen más aún.
Paso 7: Los líderes, enormemente ricos, llevan vidas mejores que aquellos que les eligieron.
Consecuencia del paso 7: Algunos hombres que no están interesados en política y que no tienen espíritu alguno de mejorar el mundo se unen a los líderes, solamente por el dinero y la vida plena.
Consecuencia: La clase política está mal movilizada, mal motivada, alejada del resto de los hombres.
Conclusión: nosotros, observadores del ser humano, extraemos esta solución provisional para corregir la situación: Es necesario que el político no cobre. Que la política sea una función de voluntariado. Que el único premio sea el placer de encaminar.
Probable consecuencia de la solución propuesta: la vuelta a los orígenes de la política. 




jueves, 16 de diciembre de 2010

Tema 12 de historia del periodismo: De cómo el poder se encontró con un agujero

Había un muro que separaba las oscuras reuniones de los mandatarios del resto del mundo. Un muro grande, verdoso. Un día, alguien hizo un agujero que dio al otro lado, miró lo que pasaba dentro, escuchó las cosas de las que hablaban, y se las contó a la gente.
Aquello fue un galimatías. Muchos calificaron la novedad como una estupenda noticia para el periodismo y la freedom of speech y todas esas cosas. Otros la tomaron como no-periodismo, y un tercer grupo consideró las informaciones puro cotilleo. Mientras tenían lugar estos debates y se difundían más y más las charlas privadas de los mandatarios, los mandatarios se incomodaron.
De modo que encarcelaron a aquél que había hecho el agujero en el muro y difundido la información. Pero no sabían cómo ejecutarlo apoyándose el la ley que ellos mismos habían escrito. En efecto, sus propias democracias les zancadilleaban: para ser traidor le faltaba la promesa, y para ser terrorista, le faltaba la violencia.
Finalmente lo acusaron de vandalismo por realización temeraria de agujeros en muros de edificios gubernamentales; la obertura podía haber hecho dañado el pilar, y hecho caer el edificio, y haberles aplastado debajo. Intento de magnicidio. No tenía nada que ver con la indiscreción, aseguraron, y difundieron la palabra terrorismo junto a su nombre.
 Y sin embargo, desde entonces, algo cambió para siempre. En el muro que separaba las oscuras reuniones de los mandatarios del resto del mundo ya nunca dejaron de aparecer nuevos agujeros. Y, por más que eliminaban uno a uno a los terroristas, aparecían más agujeros al día siguiente. La gente dejó para siempre de no conocer. La historiaconmayúscula tomó, de repente, un rumbo nuevo.
Manifestación por Assange. Agencia AP

viernes, 26 de noviembre de 2010

Las cóleras de Haití


Fotografía: Emilio Morenatti, Agencia AP

Somos los muertos de otras civilizaciones, de otros tiempos. Existimos en las tierras medievales, en las barracas de los antiguos recogedores de algodón.

Un día fuimos esclavos liberados, republicanos, insumisos; conseguimos ser tan ricos como merece ser cualquier hombre. Pero llegaron ellos, los de arriba (que querían ser más ricos de lo que un hombre merece).

Nos dieron dictaduras. Nos dieron el hambre. Cambiaron aquéllas de nuestras legislaciones que perjudicaban su economía de explotación. Nos aplastaron los votos, y cuando pudimos acceder a las urnas nos cambiaron al candidato que elegimos por otro -entonces el mundo estaba a dos bandos, y querían implantar el suyo en nuestra casa, en todas las casas-. Los de arriba. Los que poseían los huertos de algodón, hace siglos.

Preguntamos el por qué del cambio de dirigente. El por qué de sus marines en nuestra tierra. El a cuenta de qué su control sobre nuestros recursos, su intervención en nuestras políticas. Pero los de arriba nunca necesitan dar explicaciones; si acaso, algún chiste racista para justificar otra invasión más.

Y asumimos los costes. Cuando cambiamos las casas de madera por las de cartón, comenzamos a temer a los terremotos. Cuando tuvimos que vivir en las calles, comenzamos a temer a las epidemias. Antes nunca habíamos tenido miedo.

Y cuando ya estábamos destrozados llegaron ellos, ¡los mismos!, con otra cara, con otro rol. Nos miraron con pena y nos dieron limosnas y deseos de democracia, y el mundo les dio a ellos algún que otro aplauso. Sus televisiones nos enfocaban entonces más que nunca, a nuestros enfermos y nuestros muertos y nuestras tierras arrasadas; decían que todo era culpa de la perversa naturaleza, de nuestra miseria, de nosotros mismos. Y la gente suele creer a las televisiones, ya sabemos.

Ahora nosotros estamos lejos del lugar del que partimos. Ya no podemos tener caridad: sólo podemos recibirla. En eso se basa el aplastamiento extremo del hombre.

(Pero nada puede aplastarse eternamente, sin que salte. Eso es lo que temen ellos; ése es nuestro último consuelo).

Artículo publicado en rebelion.org.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los planos y contraplanos del Sahara Occidental

Hay una teoría que dice que lo más pequeño puede llevar a lo más grande, y lo más grande puede redirigir hacia lo más pequeño.
Pues bien, yo me he propuesto hoy hacer este experimento: partimos de la cosa más pequeña imaginable. Una imagen; un plano muy cerrado de unos ojos. Nada más que eso. Los dos son grandotes, crédulos, sombríos (sombríos por lo negro, y sombríos por lo triste) bajo dos cejitas tupidas. Los dos miran simétricos desde el fondo de una fotografía desteñida y ya irrepetible.
Aquí empieza el experimento: abrimos un poco el plano hasta que se ve la cara. Se trata de un chaval, un adolescente saharaui. Abrimos el plano otro poco, hasta ver el DNI: tenía 14 años. Se llamaba Nayem. Dejó de tener edad alguna y de llamarse de ningún modo desde el pasado 24 de octubre
Si se siente curiosidad, se abre el plano otro poco, hasta toparse con el incidente. El niño iba por las calles de Rabat en un coche que intentaba acceder a un campamento saharaui de El Aaiún, levantado a modo de protesta, y que no quiso frenar cuando los soldados marroquíes le dieron el alto. Pudieron no hacerlo por temor a resultar agredidos por los propios militares, lo cual al parecer es común en los controles; eso quién lo sabe. El coche fue entonces disparado a quemarropa. La escena resultante de disparar a quemarropa un coche lleno de gente es de caos, de cristales, de heridos, y del intenso terror que debe producir preguntarse si entre todos esos heridos del interior del vehículo habrá, por azar, algún muerto.
Abrimos otro poco más el plano, hasta que surja la pregunta: ¿por qué ocurrió? ¿Por qué unos hombres con pistola disparan a otros hombres y matan a un chaval? Pues por casualidad, no. Que haya despertado aluviones de protestas, levantado jaimas simbólicas, tampoco es azar. El incidente si vale para algo es para poner rostro y escenario al conflicto saharaui-marroquí: desde sus inicios de Marcha Verde y desentendimiento de un Franco moribundo, hasta un presente de soberanía marroquí no reconocida y promesas internacionales no cumplidas. De esclavitud de un pueblo por parte de un gobierno que, con uno de los monarcas más ricos del mundo, se mete al bolsillo a costa del pescado y los fosfatos saharauis un beneficio más grande que todas sus ayudas humanitarias.
Pero, ¿eso lo explica todo? Sigamos el experimento, ni cortos ni perezosos. ¡Abrimos el plano aún más, otro poco más, hasta que parezca imposible abrirlo más! Y se llega a la pregunta, quizá la clave, tal vez la última (o no): ¿por qué no se hace nada? Que un país robe a otro es algo deleznable pero humano, tan humano que es comprensible cuando el escenario es de permisión. Habría que preguntar con especial insistencia por la razón de a) que las grandes potencias, EEUU, Europa o la ONU, miren para otro lado; b) que la ONU, el supuesto padrecito, no cumpla sus promesas; c) que las empresas (yanquis, españolas) compren a Marruecos productos saharauis o exploten sus tierras, manteniendo ocultas sus grandes tripas huecas donde deberían existir pero no existen las entrañas, la vergüenza, la ética.
Ahora, en esta fase del experimento, el plano ya está abierto del todo. Imposible ampliar. Ya podemos ver una extensa panorámica del mundo, el globo entero, ese hervidero de maravillas y aberraciones; en él, la humanidad pululante, la institución natural e ilógica, donde los ricos roban a los pobres y donde todo el tinglado lo mueve la mentalidad empresarial (que es la misma que comprende que la explotación impune sale más rentable que hacer justicia, esa misma). Si esa mentalidad de los poderosos mueve el tinglado, no hay de qué sorprenderse; el dinero en cantidades industriales debe tirar, porque es el origen primero de casi todos los males. Es el hombre, y su irresistible tendencia a aplastar al otro. Con el sencillo ejemplo del Sahara entendemos qué carajo ocurre en los tercerosmundos que no avanzan, qué picarescas a inmensa escala se traen entre vecinos fronterizos, y, por supuesto, comprendemos de quiénes son todos los muertos y todos los desnutridos, y todos los campamentos arrasados. La respuesta: del que organizó todo y del que lo permitió, del que roba y del que lo permite: es decir, de todos los hombres.
Y a partir de esa realidad, entre otras muchas cosas, explicamos la permisividad de los poderosos.
Y de ahí, como es obvio, pasamos al dominio marroquí sobre el Sahara, la excesiva presencia policial y la discriminación sobre las gentes saharauis.
Y de esa situación vamos a la violencia, a la muerte. A los muertos de los altercados del otro día en el campamento del Aaiún, por ejemplo.
Y de ahí, cómo no, a los ojos sombríos. Que son siempre el principio y el final de todo experimento como éste.

Artículo publicado en rebelion.org.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=116562

lunes, 27 de septiembre de 2010

Oda al capitalismo

Un buen día, alguien nos regaló un pedazo de tierra para habitarla y recorrerla. Más tarde, ellos la llenaron de aduanas.
En un principio, teníamos un árbol que daba alimento para repartir. Después ellos le pusieron cercos, alambres, carteles de prohibición, marca, logo, apellidos de los dueños y una relación de precios de todos sus productos.
En el principio de los tiempos, aquellos que lo deseábamos cambiábamos de hogar con libertad, como multitudes nómadas, aprendiendo de otras gentes y otros lugares. Pero a ellos les molestó nuestro excesivo movimiento sin control. Inventaron la xenofobia.
Primero, existía un gran tablón donde cada uno escribía su opinión y sus pensamientos para que todos los conocieran. Después ellos se lo adueñaron, cobraron por palabra, injertaron publicidad, censuraron ideas inapropiadas y quemaron todo tablón autónomo.
Antes, uno nacía, y eso era todo. Ahora, cada palmo de suelo tiene uno u otro nombre, y dependiendo de su puntería el neonato obtiene una nación, un gentilicio, e información completa sobre a quién debe obedecer -y, por el mismo precio, a quién debe odiar-.
Al inicio, cada persona era el mayor exponente de una cultura distinta. Más tarde, ellos unificaron las tradiciones para evitar una excesiva memorización de peculiaridades.
Antes, si el líder se corrompía, bastaba con matarlo o expulsarlo. Ahora el líder no es humano: está repartido en las moles inamovibles de grandes multinacionales, corporaciones, empresas informativas, gobiernos... donde sólo asoman cabezas de turco. Al ser arrancada una, surgen veinte en su lugar.
Al principio, todos éramos inconformes. Pero llegaron ellos, y encendieron una televisión ante nuestras narices.