Viajeros con cama

Mostrando entradas con la etiqueta paisajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paisajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de enero de 2011

In-definiciones 5

Aeropuerto.
A simple vista, puede parecer sólo un laberinto que lucha contra su propia y terrible naturaleza mediante infinitas indicaciones y pasillos deslizantes.
Si nos fijamos un poco más, vemos que se trata de un excepcional recinto de espacio en el que conviven sirvientes, servidos, opresores y señaladores de direcciones, y todos tienen un solo punto en común: el deseo de estar en otro sitio distinto a aquel recinto de espacio.
Añadámosle, simplemente, un par de maletas con ruedas y varios aparatos aerodinámicos fuertemente evolucionados desde Da Vinci.

martes, 4 de enero de 2011

prohibido juntar palabras (bajo pena de ternura inoportuna)


intento a la desesperada escribirte un poema. o una prosa lunática, o una misiva, o como carajo quieras llamarlo; el caso es el mismo, la operación es idéntica: recordarte a ti, poquito a poco, a mordiscos largos y tiernos. recordarte igual que se reviven a puntadas las notas de un vals que apenas se conocía y cuyo recuerdo fue una herencia bruja: así de suave, de animal, de sin quererlo, así de enamorado, te traigo conmigo.
y cómo llueves. hermano de madera, de inviernos, de saxos calientes. cómo inundas. cómo te marchas con los cigarros ya gastados, con los fragmentos de canción que se olvidan en favor del estribillo, con las escenas de tal western donde el héroe traiciona y el villano enternece y hacen al mundo más incoherente y mucho, mucho más hermoso. cómo desapareces y nunca desapareces, igual que lo hace la nieve, la estrella, el goce irrepetible, la vida ficticia que embellece por unos instantes a la marioneta.
quería escribirte, no, quería acariciarte. quería que existieras en esta ciudad, no no no, quería que fueras toda ella. para hundirme por siempre en tus calles perpetuas, de luciérnagas, de riachuelillos en los adoquines. y para ahogarme en tus fuentes, y morder tus emblemas de comercios añejos, y capturar las notas que se escapan de tus antros infrahumanos armada con atrapasueños y cazamariposas. para leerte a tactos como un ciego famélico y hambriento de literatura: con esa furia, con esa dicha; ladrillo a ladrillo y golpe a golpe y roce a roce y adoquín a adoquín.
así te extraño. o algo más, o algo menos: así te recuerda la ciudad y así me llama, a gritos subterráneos.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Mundo genital

la casa es luminosa y honda. en el centro, un pasillo verde que nunca acaba; tiene en sus paredes pantallas alineadas, y cada una emite imágenes distintas. en una, dos hombres hacen lucha libre; se arrancan la ropa interior; follan. en otra, una rubia es penetrada por un negro por delante, por un cobrizo por atrás y por un albino por arriba mientras recita a baudelaire. en la tercera, dos musas encueradas en posturas imposibles azotan y felan a un indigente. en la cuarta hay una orgía hindú, con música hardkore. en la quinta, un rifirafe entre un jefe y su secretaria acaba en derrame profuso, en alarido, en desgarro. así, hasta doscientas pantallas. un pasillo inmenso, sin final, como agujeros transitados; la casa es enorme.
fuera, los grandes tiburones financieros no se inventan empleos que contar a sus padres. la alta sociedad se fotografía en el marco de un torneo benéfico de pádel. fuera los ídolos se vuelven hipócritas, y los castos lideran redes de prostitución infantil, y los líderes incitan al sueño implantando otro canal íntegro de telebasura. yo me quedo dentro, pienso. aquí, al menos, no llega el frío.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Los ritos estéticos


Peluquería de barrio.
El espacio de los experimentos socioculturales está aquí: este local íntimo-abarrotado recargado de olor a tintura y carteles de musas acechantes. Te hacen esperar. Te aguantas con amabilidad. Se te cuela alguien, mientras ojeas los fascinantes datos de la hiperpoblación mundial.
Las estanterías, los suelos velludos, las revistas de marujeos. Captas estímulos de toda publicación al alcance que pueda excitar tu creatividad en lo que respecta a modificar un peinado. Las señoras charlan. Los niños ya han sido mutados, y esperan. La temática de las conversaciones apenas roza la epidermis y se expande como un jolgorio entre chasquidos de magazines y de filos castañeantes.
Tu turno. La silla. El interrogatorio. La técnica de tortura por goteo. Los espejos te acercan –pero es una cercanía siempre solitaria, por siempre esquiva- a los demás clientes, con sus caras de clientes, con sus ilusiones, con sus ridículos mantelitos. Te cuelgan un mantelito ridículo. Las miradas son cercanas e incómodas, como violaciones. El espejo es gigante; te miras, antifotogenia absoluta, nariz roja y pelo mojado y mantelito ridículo hasta las rodillas.
Se desprenden mechones de tu cuerpo; te han educado para no horrorizarte.
No puedes hablar maniatado. No podías gritar ni aunque las herramientas punzantes cambiaran espontáneamente de cometido. Completa cobaya humana en las garras del torturador de la tijera; cierras los ojos, entregándote a la sumisión más denigrante que un humano puede mantener ante otro: eres objeto, eres maniquí, y te parece maravilloso. (Las feministas protestarán o no en función de tu entrepierna).
Te miras el cogote gracias a ingeniosos trucos egipcios de espejos; lloras o sufres un ataque de risa, dependiendo; pagas; te largas. Te has desprendido de una parte vieja de ti tan superficial que apenas vale la pena escribir una poesía al respecto. En la calle sufres delirios en los que todos te miran, pero realmente no te mira nadie –y descubres que el delirio puede ser más dulce que la realidad, con sorpresa-.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Fragmentos 2: La poesía de las paredes

Que el arte tenga que ser siempre intrínseco es una pura mentira. Nada más lejos. ¿Cómo que no puede hacerse poesía de las cosas más superficiales de la tierra? Coño, pues claro que se puede.
Se puede, se puede. Las paredes de Madrid. Vibrantes maestras, murallas llenas de huellas. Expectantes de futuros arqueólogos que las arranquen de sus prisiones espaciales y expriman de ellas lema, momento y vida.
Pero igual, simplemente, eso no es arte, o es un pseudoarte, o igual esa palabra mágica se ha desgastado ya demasiado de tanta violación continua y ahora todo sea arte. ¿Arte, o no arte? Ná, igual es verdad que un tabique sin más, sucio, pintorrejeado, es una bazofia acultural. Los muros con lemas revolucionarios de los locutorios, o los graffittis obscenos: bazofia. O la reivindicación insospechada de la eternidad en medio de una tranquila caminata, a modo de slogan sesentayochesco. O los carteles babeantes de fiestas gays, lubricantes, recién adheridos al lienzo inacabable de fuencarrales y tapias desnudas. Igual todo eso, aunque me conmueva, no es arte ni es nada, no es más que mierda, de la fea.
E igual lo es la palabra; el salpicar de pinceles; el derrotero variante de las cucarachas. Los bosques de publicidades alternativas, en los bordes de las rejas comerciales. Las pintadas que nos trasladan sin petición previa, y que nunca osan aventurarse en las impecables fachadas naranjas decimonónicas. O el embrujo del neón.
O la recta de los asfaltos verticales aleatoriamente interrumpida por constelaciones de cristales y maniquíes con firmas en las vestiduras, que hacen, porque eso hace un cristal, todos lo sabemos, que los ojos se vayan allí y no al muro. O la política, existente con rabia, existente sin tregua; plantada en el único sitio posible donde la política puede ser franca, sincera, verídica: en una pared.

O el sexo, el sexo terrorífico, el sexo sucio, la no censura expandida a los rincones en que el hombre es animal y no hombre y toca de ese modo la felicidad más sucia, y más terrorífica. La oferta perfecta, las ganas de ciudad, la cinemateca y el prohibido-fumar y el rastro de los tesoros castizos, condensado todo en un folleto de discoteca.

O la historiaconmayúsculas en las placas, las calles con nombre y cara.
O los versos. O los picassos y rembrandts y chinaskis. El jazz, el hip-hop. O todos los trozos coleccionables que quedan de los pasados siglos, y culturas, y razas, y técnicas, embadurnando las fortalezas de la ciudad del cuento.
Igual todo eso no es arte, pero a mí me lo parece.
Efectivamente, lo parece. Los futuros arqueólogos reunirán pedazos de ellas, de las paredes de Madrid, de las maestras, de las fulanas expuestas a las contemplaciones; emperifolladas, tatuadas, recargadas de belleza y mugre a dos bandas; las arrancarán, como digo; exprimirán su poesía y sus significados que quizá ya estén todos lejos del raciocinio humano. Quizá para entonces no puedan comprender ya, los arqueólogos futuros, la utilidad de un graffiti de un pene en una pared, del dibujo de una cara que es anónima, o el interés que tienen las zapatillas colgantes o las promesas de neón. Puede que en un ejercicio de laboratorio seleccionen en una calle cualquiera un cartel de un concierto heavy, lo extraigan cuidadosamente con tenazuelas y lo analicen pausadamente, microscopicoencefalomatemáticamente, con espátulas, embudos, evolucionadísimas pipetoprobetas, con jugos cromatográficos del papel y la letra, hasta decidir que probablemente la pega de carteles sea sólo un ritual sin función comprobada y que nosotros fuimos, sin más, seres de costumbres misteriosas y perversas.
O quizá los hombres futuros, en vez de al raciocinio, tiendan al arte. Y en ese caso harán algo distinto: fragmentarán todo Madrid y lo envitrinarán en museos de maravillas paleolíticas, seguramente.

fotografías: diana moreno


domingo, 31 de octubre de 2010

miércoles, 6 de octubre de 2010

Fragmentos 1

Es verano, y es Madrid. Fusión perversa.
Son las calles de Malasaña envueltas de una rutina que yo llamo tragedia (cuando quiero sonar teatral, o bien aterrorizar a los niños... esos duendecillos comedores de paloduz).
Es el metro, es la jungla, es el diseño pictórico del carril-bici. Rincones de rejas, de duelos. Los Austrias existen más en el Prado que en la memoria. Nostalgia rural, villa de metrópolis. Piso relojes y calendarios, fotografías antiguas y placas conmemorativas; las formas de enumerar, de señalizar el precioso presente que se nos escurre, son infinitas... (no tanto esta tarde de ámbar, que muere, como un chotis). 
Es una tienda de chinos. Productos que se decoloran en pasillo de descripción eterna, como de película de terror bizarro. Dos cervezas. Dos euros. Los carteles anti pegajosos marcan estampas que matarían de placer a los fotógrafos del desnudo.
El fotógrafo muere de placer, en efecto. La ruta callejera. La interrumpen celestiales cuchitriles de vinilos y estampas. Paredes artísticas, colores, que palpo, como un ciego. Promesas de hachís y de tallarines fritos. Es el mundo de los detalles. De las bellezas, de las fealdades. Es el jodido escenario perfecto para que le estalle a uno algo en el pecho.
Es Madrid; es el tráfico inmundo; todos los males necesarios; es el adoquinado. Me han dicho que hay flechas a spray dibujadas por todo el centro. Si las encuentras y las sigues, esquivando caminantes, sorteando taxis con bandera, te lleva a los lugares escondidos. Nadie puede ni imaginar que exista un lugar escondido, aquí en Madrid (¡mundo de faunas y vermut y arquitectura palacial manierista y graffittis y lotería, mundo del esperpento!), y por eso mismo todos caminan siempre gachos.
Es el olor a fruta, a un rincón antiguo como un abuelo, a pesetas (¿tenían olor las pesetas?, pregunto. Y Sabina se pronuncia al respecto).
Es (o era) un hombre que, con luz en los pasos, caminó conmigo todas aquellas rutas postmedievales y luego se deslizó al pasado. Más bien, es sólo su recuerdo. Más bien, no es uno: son muchos hombres, es un hombre distinto para cada rincón de Madrid, todos ellos con luz en los pasos (y el tiempo los hace a todos tan hermosos como la ciudad, como el Rastro llovido, como Debod como Galatea, bajo mis suelas).
Es un eructo alcohólico, es una frase épica incrustada en una pared. Es un reducto de los topos negros de las cloacas, los que buscan la luz y la belleza y el galimatías de Bukowski. Es un neón en un charco, hot girls! parpadeante, hombres que se corren en las marismas sin final de la noche finita. Collages, “vendo oro”, golpes del sereno, golpes del madero. Otro mundo, otro verso, paralelo al mío. Es una catarata de versos, paralelos, que se deslizan por el asfalto buscando flechas a spray (buscándolas – soñándolas – pintándolas finalmente).
Es el tiempo en el que he abandonado el tiempo. El tiempo quedó en algún momento clavado aquí, en Madrid, y yo lo pisoteo, poderosa, ¡como Cronos! Es el momento y el espacio de todos los héroes, de mí misma entre ellos. (Yo, que vencí el miedo cuando perdí las alas volando por el Retiro, porque apenas me di cuenta de que las había perdido, y seguí volando).