Viajeros con cama

Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de octubre de 2012

Gracias por protestar

    Rajoy se confiesa: le gustan los sumisos. Lo ha dicho al hilo de las grandes concentraciones de la semana pasada contra su política de austeridad (el 25-S y sus réplicas), cuando, al enterarse de los conflictos y la represión policial, dio las gracias en un comunicado a todos aquellos ciudadanos “que no salieron a protestar”. Se une a un Borbón que nos pedía que dejáramos las utopías para los anuncios de adelgazantes. Nuestro Presidente quiere a sus súbditos obedientes, silenciosos y trabajadores, como hormigas. Debe considerar que en España hay demasiada cigarra; al menos, desde que Franco falta y los nuevos grises no pueden dar una hostia sin que Twitter se llene de chirridos.

Sigue aquí

lunes, 27 de febrero de 2012

Terribles confesiones de un telemirón cualquiera


Hoy ando en un auténtico dilema. Más que existencial, tiene naturaleza televisiva: echan a la misma hora una buena peli –de cierto nene italiano que, a ritmo de Morricone, colecciona los trozos del celuloide censurado- y un reality en el que un maromo recibe los favores de unas cuantas pretendientas sumisas a las que debe beneficiarse en orgías de jacuzzis y pezones asomados al mismo tiempo que obtienen el visto bueno de una madre puritana.
Podéis decir: pues menudo dilema más idiota. Os la puede también soplar mi vida, por supuesto; sólo faltaría.
Confesado esto, puedo añadir que nunca me han tirado mucho los realities y los debates rosas y demás telemierda, pero bueno, uno tropieza con algo y se engancha, sin más drama. También me engancho de vez en cuando a documentales sobre el último emperador chino o la violencia de género en Pakistán, por ejemplo. Que la telebasura ocupa demasiado no es discutible, pero, ¿por qué aniquilarla del todo, como quieren o dicen querer todos? Total, es otro espejo para vernos. Criticable, ya sé. Con unos valores rastreros, para qué negarlo. Aún me acuerdo asqueada de algo que vi hace tiempo: la supuestamente verídica y escrupulosamente filmada experiencia de un hombre que, deformado por una pasada obesidad, fue sometido en directo a una operación financiada por la productora del programa para recuperar la figura y la vida normales. Entre víscera y cosido y llantos maternos, todo religiosamente mostrado a cámara, no vi nunca ni una insinuación, por poca que fuera, a los buenos hábitos en la alimentación infantil como solución al problema: ¿para qué, si existe la cirugía, la solución milagrosa? Además, la dieta sana no da audiencia.
Pero, en fin; yo vivo, como todos, en un mundo extraño donde la apariencia manda y donde los idiotas se forran en concursos de inteligencia; así que digo, ¿y por qué no mirar? Tengo el criterio justo, justico, para no dejarme conmover a golpe de operaciones plásticas milagrosas, romances calentorros y salvajes peloteras familiares (supuestamente reales, todas), y por más artículos sobre sexualidad rosada y combinaciones estilosas de complementos y cómo-le-queda-a-la-Kidman-su-nueva-nariz que lea en la prensa marujil nunca me convencerán de que ese periodismo es el que hace algo bueno por el mundo. Me mostrará el viejo mundo, de una forma tontaina, sin ganas de mejorarlo; me hará reírme y asquearme, y conocer otro poco de las miserias de los hombres, y valorarles las virtudes, y ya está. ¿Quién dice que la radiotelebasura no tiene función y debe extinguirse? Yo, por lo pronto, y por la puñeta de no ser ubicua, le digo hoy ciao a Cinema Paradiso.

martes, 13 de diciembre de 2011

Falsa impresión de cambio

En un siglo distinto se encontraba en el poder el clásico líder absolutista. Con sus clásicas quemas de libros, sus palacetes para torturas y sus cinco periódicos que contaban todos lo mismo. La gente se hartó de no poder abrir la boca y hubo una revolución. El más avispado de los revolucionarios se adjudicó la corona recién arrancada.   
El nuevo líder revolucionario fue borrando las huellas del mandatario caído. Hubo quemas de libros partidarios del absolutismo. Se torturó a todo aquel que criticara a la revolución. Los cinco periódicos siguieron contando lo mismo, pero ahora tenían la palabra revolución en la cabecera. Y todos decían con grandes vocablos de la época que aquél era un gobierno mucho más democrático que el anterior, mucho más libre, mucho más moderno, y que dónde iba a parar.
A la gente le costó darse cuenta del chanchullo. Ante el esfuerzo descomunal del mandamás revolucionario por limpiar el rastro del líder caído, todos pensaban que lo que intentaba era barrer la pasada existencia de otro signo político opuesto al suyo. Era una falsa sensación de cambio de ideología: la verdad es que, si uno se fijaba, ambos líderes quemaban libros, utilizaban la tortura y controlaban la información exactamente de la misma manera.
Los propagandistas revolucionarios desmentían aquello: ¡había cruciales diferencias entre ambos regímenes! Por ejemplo, mientras que durante el absolutismo se empalaba a los editores de periódicos críticos, en el nuevo gobierno sólo se les ahorcaba. El líder caído organizaba las quemas de periódicos cada semana; el actual, de forma mensual. Mucho más democrático el segundo, ¡dónde iba a parar! Y así, con la repetición machacona de estas anecdotitas superficiales, los desdichados ciudadanos, confusos, acababan aceptando un gobierno apoyado en la falsa impresión de cambio y ni percibían ni protestaban por el engaño.
(Del mismo modo, o parecido, ocurre hoy. Hay panfleteros que se empeñan en buscar las pequeñas diferencias entre grandes partidos. El matrimonio homosexual; la ley de igualdad. Etc. Minucias, nada más, que sólo llevan a perpetuarse entre gobiernos similares este espejismo de diferencia, que complica y hace más difícil ver bien claras las cosas.)

sábado, 5 de noviembre de 2011

Campañas-milagro

En cierto canal dedicado a la teletienda repiten un anuncio de un producto milagroso que aumenta la audición. Buscándole utilidades a la desesperada, los publicitarios tienen la buena idea de recrear en el spot una situación, digamos, “creíble”: un par de mujeres en una playa ven pasar a otra. Una, al verla, dice algo así como, qué cuerpazo, sería estupendo estar como ella. La jamona, que está ya lejos pero lleva el invento de la audición, lo oye y sonríe por el halago.
La situación, ficticia en todos los sentidos, infantiloide hasta la vergüenza ajena, hace a uno plantearse por dónde cae el mango del plumero que se les suele ver tanto a los publicistas. Pensamos que todo esto ha debido salir de una mente entrañablemente ingenua, con una inocente fe en la humanidad, convencida realmente de que la tendencia de dos mujeres en una playa es la de alabar los muslámenes de una tercera desconocida en lugar de, como haría el común de los mortales, despellejarla por su bikini, sus tobillos, su bronceado insuficiente o la marca que la esterilla le ha dejado en el culo. ¿Qué, no habéis estado en Torrevieja nunca, cerebritos creativos?
Lo curioso es que no es así: me apuesto algo. Los publicistas que han hecho este spot conocen de sobra la condición humana y ni ellos mismos podrían tragarse la historia que con tan buena fe nos han contado. La publicidad tiene un mecanismo peculiar: no necesita ser creíble; es un pacto, simplemente, entre ellos y nosotros, los que no hemos accedido al pacto; ellos intentan noquearnos con argumentos sabiendo que, total, tenemos que comprarles a ellos, o comprar a cualquier otro, pero tenemos que comprar a alguien para no acabar en una comunidad fabricando nuestra propia pasta de dientes.
Bueno. Pues así funcionan, con más o menos disimulo, las campañas electorales.
La política, que es otro pacto desigual, está llena al parecer de las mismas mentes bienintencionadas y marrulleras. Dicen lo que sería maravilloso oír. Aseguran que un hombre en el poder no abusaría de poder; que tal candidato hará lo posible por las clases bajas, etc., etc. Vamos, que dos envidiosas en la playa soltarán un halago en lugar de un lardo. Eso dicen. Costaba más verles el plumero que a los exagerados publicistas, hay que reconocerlo, pero, claro, “a alguien hay que votar”, hermanos. Y ahora, ¿qué se puede hacer para que dejen de vendernos estos productos bonitos y siempre, forzosamente, defectuosos? ¿Dejar de comprarles? ¿Comprar a terceros? Lo que sea, pero todos juntos, todos a una: es lo único que puede llevarnos a un cambio. De otro modo, personalmente, en las próximas elecciones ya sé dónde me veo: fabricando mi propia pasta de dientes. Me temo.

domingo, 9 de octubre de 2011

El (reducido) mundo que cabe en un tweet

Twitter, ese gran instrumento. Me costó engancharme, lo reconozco: no le veía uso claro a una plataforma tecnológicopuntera cuyo elevado objetivo era contener un puto titular. Abrí la mente y la cuenta, al final; vale que de los titulares siempre hay que desconfiar, pero un periodista y un militante del mundo debe usar todas las herramientas para que del mundo que pisa quede constancia.
Y Twitter tiene el plus de la inmediatez. Para los entrañables aferrados al quiosco, la tinta y el chupado de índice pasapágina, explicaré: gracias a la red del microbloggin puedes enterarte en el acto tanto de si tu manifestación se está yendo para Cibeles o para el Congreso como de la muerte de la abuela de Belén Esteban. Al momento.
Ya por puro curioseo y puro desoriente me dediqué a catalogar las cuentas de twitter en unos cuantos tipos:
·   Las serias. De reporteros, artistas o aspirantes. Con links a páginas de interés, información propia e intención periodística verdadera.
·   Las de los famosotes que se autobombean anunciando sus espectáculos o retuiteando todo aquello que les mencione.
·   Aquéllas cuentas víctimas de un inexplicable fenómeno: la invasión de charlas taberneras y respuestas sin pregunta, imposibles de seguir para alguien ajeno a dichas conversaciones (a cuya imposibilidad se le une el total desinterés, además).
·   Las que cuentan su vida. El 90 por ciento. Y parte del 10 por ciento que queda.
Si todo esto te ha apasionado, que no te extrañe: Twitter mola. Tú puedes molar también. Puedes llegar y hacerte una cuenta. Poner tu foto. Tuitear cualquier chorrada (imprescindibles: estados de ánimo que quieres que alguien te levante, anécdotas que quieres que alguien te ría, frases célebres encontradas al mínimo golpe de google. Todo condensado y contado sin gracia, a poder ser). A partir de ese momento, en una espiral meticulosa, comienza a seguir gente; parte de tus seguidores, agradecidos, te seguirán. ¡Tan fácil! Da igual las gilipolleces que estés contando o su nulo interés para alguien que no mire tu ombligo, que será cualquiera. Continúa tuiteando y siguiendo al azar y un porcentaje de tus seguidos te seguirá. Sigue siguiendo y devolviendo caballeroso las seguiduras. Ese proceso se amplía con rumbo y sin objetivo hasta tener una preciosa cuenta con tus pensamientos más insustanciales, desinhibición feisbukera, cientos de seguidores (que nunca leerán tus tweets) y el triple de seguidos (cuyos tweets te da perecilla leer).  
Cojonudo, chavalote. Después de mucho tiempo empleado, tienes un hueco. Un hueco grande, además. En Internet eso es sinónimo del éxito, lo consigas como lo consigas. Decían que las redes eran la última esperanza para la revolución, pero la revolución nos la sopla. Ahora seguramente mirarás tu labor con una pizca de desconcierto y ya no sabrás muy bien para qué sirve todo esto. Pero no te lo preguntes tanto. En la sociedad de la información, cuanto más barullo más cómodos están los culos. Nadie dijo que Flickr fuera para fotógrafos y Blogger para escritores: todo puede volverse otro tuenti, otra bitácora para ejercitar egocentrismos y dar cuatro pinceladas monas y falsas de tu vida. ¿Y la verdad? Pues por ahí anda, creo: debajo de toda la basura.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ética y tradiciones


Las tradiciones (esas cosas que se empiezan a hacer por una razón y que se vuelven a hacer por la misma razón que se siguen haciendo después de que ya nadie se acuerda de esa razón) me despiertan ternura. Son pequeñas zambullidas en las generaciones de los abuelos, los tatarabuelos, la gente que existía en los tiempos en que se nombraban las calles o incluso antes. Me suelo imaginar el origen de todos esos juegos, que suele ser por contraste un origen serio: del miedo a los demonios surge, como por embrujo, la alegre fiesta de apalear al monigote cornudo. De la hambruna que asoló las tierras ovejeras tal año apareció la carrera de persecución del queso rodante. De la prohibición de la opinión, los pubs. De la muerte, la celebración de los años. Del espanto de la niña que pasa a la mujer, el color blanco. Etcétera.
Todas con su magia, su esperanza supersticiosa. Que dejen de tener sentido nos la trae floja. Un escéptico sigue vistiendo a su recién parido de azul aunque sepa que no le va a proteger de los espíritus malos. Lo malo de las tradiciones es que, a veces, el hombre deja que se prolonguen demasiado tiempo, que no “filtra” cuáles deben llegar al presente y cuáles deben morir junto a una época. Hay hábitos que ya no significan nada más que las ganas de hábitos del hombre. Recordemos que un año que hubo excedente de un alimento se jugó a desperdiciarlo, a tirárselo unos a otros, y fue muy cachondo: era la gente que no conocía la hambruna ajena. Ahora ya conocemos la hambruna ajena bastante bien. De modo que la tomatada, las fiestas del vino, etc., son muy entrañables y muy festivas pero dejan ya de ser éticas y simplemente hay que abolirlas y colgarlas en museos de añoranzas y curiosidades pretéritas. Sin más drama.
Las tradiciones dicen quién es el hombre, quién quiere ser. Así los instintos sexuales mueven al arrancado de cejas o al vendado de pies, y las civilizaciones guerreras llegaron a tener símbolos sangrientos, como la lucha de gladiadores. Pero ya no somos una civilización guerrera, así que la sangre sobra. Al hombre lo conocemos por sus rituales, y su antiquísimo deseo de superar al animal fue en algún momento entrañable, coherente, durante un tiempo: el que hubo antes de que superara realmente al animal por mano de sabias trampas tecnológicas. El en origen, cuerpo a cuerpo, los ritos eran verdaderos. Llegó un momento en que se volvieron cínicos. Celebrar una corrida de toros hoy en día no es más que una arrogante muestra de superioridad, del todo innecesaria y apoyada en el lado más sádico que todos poseemos. Lo dicho, lo repito: la sangre sobra.
Hoy es noticia un ritual sangriento en España, y yo, que tengo la capacidad de no dejarme nunca de sorprender, digo esto. Que las tradiciones hay que admirarlas, hay que escarbarlas, hay que leer al hombre en ellas como si fueran grandes libros de miedos y deseos humanos. Y, en fin, que aquellas que contradicen al hombre actual, que lo desdicen como hombre, hay que dejar de practicarlas. Sin más. Sin demasiado debate. Aunque les fastidie a los tradicionales: a todos nos cuesta un esfuercito cambiar de hábitos.  

domingo, 21 de agosto de 2011

La gran cabalgata

En tiempos anteriores al medievo y a la propaganda, cuando la fe decaía, los líderes temían ver decaer también la sumisión de la gente. Después de mucho pensar, llevaron a cabo la solución más tonta de entre todas las soluciones posibles. Sacaron a un líder espiritual, le achacaron supuestas proezas, lo vistieron con oro y lo pasearon de esa guisa por las calles entre coreografías, violines y promesas de vida eterna. Sorprendentemente, la solución más tonta fue la que mejor funcionó. La gente, deslumbrada por la costosísima procesión, las carrozas de plata, la sincronía de los militares, los besos a tullidos y las monedas arrojadas, recuperó la fe. Creo que allí se inventó la publicidad. La Historia, a veces, es así de simple.
Ahora, pues lo mismo. En algunas cosas tampoco hemos evolucionado mucho, y nos siguen deslumbrando y persuadiendo estas muestras de poderío. A mí me pasa que cuando una noticia es sobreexplotada por los medios e hiperopinada pierde el interés. Es un síndrome que aún no ha sido bautizado con apellido de científico o nombre de héroe griego. Reconozco que a mí el asunto Papa me la traía un poco floja hasta que ayer me paseé por Madrid y me costó lo mío cruzar Goya. Pero, quitando el cabreo de tener que deambular entre parroquianos a velocidad del que tiene como perspectiva la vida eterna, el asunto me genera un poco de indiferencia. A ver si me explico. La suculenta primicia de que “un líder espiritual llega a una capital y se pasea” me parece poca cosa como para ocupar todo un día de informativos. Pero claro, quién lo va a ver raro: la propaganda embelesa.
Por supuesto, lo más interesante de todo esto es la gente. Este tipo de sucesos permite ver por dónde cojea cada cual. Eso sí que es divertido. Los eternos grupúsculos surgen de sus invisibilidades y cacarean a coro siguiendo religiosamente al primero que haya cacareado. Así, en la ensaladilla de libertad de expresión y corrección política, todos tienen oportunidad de opinar, y por cuestiones de la no infinitud espacial de la capital española es obvio que acaban dándose de morros la marcha santurrona, la marcha laica, la marcha anti-marcha-laica, los que quieren ser mártires de la homofobia y la jesusitofobia, los partidos políticos y los que mueven y cuelgan de los hilos, y ahí suelen darse como viene siendo normal las hostias de rigor (sin las que tendemos a creer que una ideología no vale un carajo).
En fin, me parece todo un interesante teatrillo donde se pone a prueba la tolerancia de aquéllos que, en el bando que sea, predican tolerancia sin tolerar. Voy a decir que todo este tinglado no es más que un estudio psicológico a grandísima escala, pagado por nosotros. Un estudio bien caro, eso sí. Y voy a cambiar ya la noticia, para ser sinceros, que tanta misa aburre.

domingo, 31 de julio de 2011

Mirar y juzgar (de lejos)

Comprender a la gente dicen que es un don, pero todo es malo en exceso. Y yo, por ejemplo, creo que me excedo un poco en este arte minoritario; es decir, que en mi afán de buscar las motivaciones y no quedarme en el odio simplón consigo comprender conductas monstruosas, lo cual quizá me vuelve a mí monstruo. Entiendo a los cazadores de judíos y a los cazadores de brujas, con sus motivos distintos pero calcados. Entiendo a los pederastas. Entiendo al chalado noruego que se puso a jugar a disparar a una masa de chicos que se iniciaban en una política opuesta a la suya (por repugnante que me resulte). Y creo que mi exceso es mejor que la ceguera mental (pero, bueno, eso podría llevarse a debate).
Esa peli de Hitchcock que se llama “La ventana de atrás” y que unos traductores empalagosos llamaron “La ventana indiscreta” (inexplicable; a veces mi comprensión también se tambalea un poco) es una de mis películas preferidas, pero la última vez que la vi me dejó un regustillo raro. Digamos que me gusta como peli policíaca, como idea sencilla, como puesta en práctica del talento del señor Alfred para hacer que una historia evolucione hacia lo intrigante y lo cojonudo. Pero en el plano ético ya es otro cantar.
¿Por qué? En la peli nosotros vemos a un “malo”, que nos dicen que es el malo, y lo vemos desde la ventana de enfrente, sin más ni más. Le vemos a duras penas actuar, llevar a cabo un supuesto acto terrible. Nunca indagamos en los motivos que tiene ese malo para cometer el acto terrible. No parecen interesar; sólo lo vemos de lejos, sin oírle la voz casi, y simplemente deseamos que al final lo trinquen. Conducta poco recomendable para llevar a la práctica en la vida real.
La peli actúa a modo de telediario. En la tele nos ponen al narco en plena detención, al terrorista, al político corrupto, etc, con el cartel de “malo” abajo bien grande; nos empujan a alegrarnos de que les hayan trincado; los motivos para sus reprobables actuaciones son secundarios. Yo digo que los motivos son primordiales, al fin y al cabo. Que las cosas no se pueden analizar desde lejos y con telescopio. Pero bueno. También entiendo a los redactores de noticieros, y sus ganas de simplificar para acabar antes. Y al narco, y al terrorista. Y entiendo a Hitchcock, claro. Eso desde luego.

martes, 12 de julio de 2011

Contra el maniqueísmo – ejemplo práctico

Los hombres se dividen en dos grupos, a mi modo de ver. Que puedo equivocarme, pero en fin. Un primer grupo se incomodaría ante el descubrimiento de que Hitler fue un bohemio pintor callejero antes de volverse un tirano. Un segundo grupo encontraría atractivo ese dato biográfico.
Los integrantes de ese primer grupo de horrorizados seguramente serán más firmes, más cejiprietos; odiarán los laberintos y los ideales que se derrumban y dejan una ruina molesta. Se sentirán indignados cuando un héroe tenga un rapto de avaricia o un policía totalitario muestre un gesto humano. Les agradarán los estereotipos, los periódicos partidistas, los filmes de Hollywood.
Los del segundo grupo, sin embargo, disfrutarán seguramente de esas cosas contradictorias que a otros incomodan. Les gustarán que los buenos traicionen, que los malos conmuevan, que los feos resulten atractivos por alguna extraña hechicería. Se empecinarán seguramente en introducir en sus conversaciones la magia de las flaquezas humanas en todo su apestoso esplendor.
Creo que son estos últimos los que quieren más al ser humano. Que puedo equivocarme. Quién sabe.

jueves, 26 de mayo de 2011

La indignación como derecho.

Bueno, los trajeron al mundo, los peinaron y los alimentaron.
Dijeron: haremos de ellos la generación más formada de la Historia. Les dieron carreras, másters, postgrados; les hicieron políglotas; les llevaron a los lugares del mundo que nunca conocieron sus abuelos; les quitaron la necesidad de todo trabajo que generara sudor. Les dieron un billetito de paga para sus ocios de fin de semana.
Los metieron en un mundo confuso. De felicidades sin precio. De signos políticos difusos. De partidos que pronuncian un trabalenguas ideológico mientras asesores y sloganeros a sueldo se desviven por manosear la percepción del ciudadano hasta que la credibilidad sea absoluta.
Les dieron Internet y botellones. Les cambiaron los telediarios por canales telerrealidad 24 horas.
Y, así, les hicieron pasar por la crisis como por una película de Spielberg. Les mostraron televisadas a las víctimas pero nunca a los culpables. No les incitaron a cuestionarse el sistema que mantenía a millones de hombres como ellos mismos en la pobreza desde tiempos inmemoriales, de modo que ellos sólo protestaban cuando la aguja era en su propia carne. No les enseñaron a divisar el lejano inicio de una larga lista de estafas que culminó en la crisis.
Les dijeron: no tenéis trabajo, ni tenéis dinero, ni tenéis pareja, ni tenéis casa, ni tenéis futuro. Les llamaron “generación perdida”, para darle al asunto un toque de drama apocalíptico.
No les enseñaron a luchar.
Pero les pusieron en la calle, y, sin aviso, la tomaron. Y en la calle se comenzaron a dar cuenta de su repentino y grandilocuente papel protagonista. Inundaron Sol, y otras plazas de otras muchas ciudades. Lanzaban sus dardos de forma obtusa; a los banqueros, a los políticos, al bipartidismo; a los líderes empresariales o eclesiásticos, o allá donde la cosa apestase a poder.
No tenían soluciones claras; no tenían esperanzas nítidas. Porque nunca les habían enseñado a buscar soluciones. Sólo tenían el derecho a expresar la indignación. No sabían tanto como los analistas políticos y los expertos económicos; simplemente, querían un cambio rápido. O, lo que es lo mismo, una revolución.
Y por fin, en aquel mundo de falsas satisfacciones, la indignación trajo la única lucha verídica. 

(Artículo publicado en rebelion.org)

jueves, 28 de abril de 2011

Etiquetas

Lo de cambiarle las etiquetas a las cosas era un juego infantil con el que lo pasábamos bastante bien. Contenía imaginación y crueldad a partes iguales. En las horas del tedio pegábamos la etiqueta del aceite en el vinagre, y la del vinagre en el aceite. Le poníamos la de la manzana al jabón de manos, soñando con que éste amaneciera con un buen bocado y la casa con rastros espumosos. Le poníamos la etiqueta de “lavar en seco” de las camisas a las aburridas carpetas de facturas. Y la del yogurt a los botes de acelgas, para confundir caducidades. Y, siguiendo con la bobada, la etiqueta de la leche vacuna se la colocábamos al orujo, para futura desgracia de los lactantes de la casa. No solía colar, como es obvio, y nadie mordía el jabón ni emborrachaba a los churumbeles (en todo caso, alguna cocinera avinagró demasiado un plato, para nuestro deleite), pero en el tiempo de los simbolismos las etiquetas contaban más que otra cosa y la promesa del caos era francamente divertida.
De esa tonta costumbre ya queda bien poco, precisamente porque crecer es aprender a mirar más allá de las etiquetas y, con esa nueva perspectiva, el juego pierde casi toda su gracia. Sin embargo, alguna que otra vez me acuerdo; concretamente, cuando algo se pone incoherente. Chirriante, si se quiere.
Por ejemplo, cuando el cine intenta venderme un producto puritano y blandengue como lo más de la provocación por incluir imágenes de sexo, irreflexión y violencia, luego anuladas con un sermoncito de moraleja. O cuando algún grupito poprock que emule a los viejos punkis me cuenta, a gritos cabreados y llenos de aparente rabia antisistema, asuntos que contienen fresa, caramelo y matrimonio. Entonces imagino que hay alguien, algún niño aburrido, jugando a eso de cambiar etiquetas con la pérfida ilusión de crear confusiones y hacernos morder jabón y emborrachar churumbeles con orujo.
Esos mocosos –o no tan mocosos- que se divierten cambiando etiquetas son bien conscientes de una cosa: que nosotros, por la razón que sea, nos las creemos a ciegas. Es lo más fácil, lo que se ve antes, y permiten rapidez para juzgar los elementos. Uno no necesita conocer a la persona si su etiqueta es la de cristiano o gay. Lo mismo ocurre si la etiqueta es la de un partido político, la de una ideología, la de un determinado gusto musical, o tribu urbana, o edad, o pasado. Cuantos más indicativos mucho mejor; mucho más rápido.
Por esa confianza nuestra, creo yo que se nos podría colar cualquier cosa y convencer de cualquier mentira si la etiqueta es bonita y convincente. Que llamaríamos batracio a una vaca si el cartel encima de la vaca dice batracio y no vaca. Que nos tragaríamos términos como guerra preventiva e intervención humanitaria aunque la realidad incluya bombas. Que si los telediarios dicen que la guerra sigue “pese a los esfuerzos de la ONU”, no veríamos invasión alguna, sino un verdadero y benevolente esfuerzo. Que cuando Obama ignora las protestas por liberar a Bradley Manning, el soldado que filtró las informaciones de Wikileaks y al que puede caerle una vida de cárcel, es Obama el bueno y el chivato el malo, porque hay etiquetas con mucho glamour, y entre ellas están las de “Salvador de América”, “Esperanza del pueblo negro” y, sobretodo, la de “Nobel de la Paz” (etiqueta especialmente deslumbrante y engañosa).
Y, en fin, creo que con unos bonitos indicativos desordenaríamos sin problemas todos los términos. Que llamaríamos punk a Lady Gaga, actriz a Sandra Bullock, peliculón a lo de Antena 3. Y que morderíamos jabones, lavaríamos facturas y emborracharíamos con orujo a los churumbeles, si se diera el caso.

sábado, 26 de marzo de 2011

Tele y realidad


El mundo real puede tocarse aún con una pantalla entre medias, dicen. Bueno, lo he probado. He presenciado cómo una niña salvaje amenazaba a su madre mientras abofeteaba a su abuelo. He visto a cuatro hijos de marqueses despilfarradores de fortunas mensuales y emuladores de Paris Hilton ser abducidos y sometidos a pruebas inhumanas, como hacer camas o fregar platos. Me he paseado por comedores sociales, por mercadillos de falacias, por suburbios del crack, y allí he degustado sus tragedias de cerca. He visto una operación quirúrgica extrema de un hombre deforme con una madre propicia a la lágrima, paso a paso, sangre a sangre. Todo seguido.
Se me ha debido quedar cara de Ginsberg cuando echó un ojo a las mentes de su generación. Podría incluso lanzar otro aullido, creo (y más largo, que ya es decir).
Después de esta sobredosis de telerrealidad, ¿qué queda de real? ¿He charlado con los personajes, he pisado los comedores, he compartido las lágrimas? Soy otra persona, o no, o soy la misma un poco más reblandecida, o más embrutecida, porque lo que se traga sin masticar embrutece (que no endurece).
Pero, carajo, ¿hay que criticarlo todo? A fin de cuentas ellos me han traído sin cobrarme más que mi tiempo una historia real, lo más cerca posible. Si eso no me vale, por teoría, de qué me vale Ken Loach. He estado allí. He charlado con los personajes, he pisado los comedores, he compartido las lágrimas y los bancos de espera de los hospitales. Se puede decir que son nuevas experiencias vitales, sí, aunque estén comprimidas y recetadas en cápsulas, inyectadas de forma que el culo no necesite introducir un palmo entre sí y el asiento, y que las intensidades se suavicen. Todo muy fast-food y muy Telecinco y muy occidental, qué quieres.
Pero, por extraño que resulte, cuanto más veo esta supuesta realidad más lejos me siento del mundo. Más artificial me resulta todo, y más me contagio, y más cambio los libros por e-books, los conocidos por caras pixeladas, los paseos en bici por partidas de billar virtual y las charlas por conversaciones de facebook-chat. Más lejano y atractivo me resulta, en cambio, la locura de liar un petate e irme a conocer en persona a los mismos gitanos, a los pijos, a los rebuscadores de basuras, a los terminales y a los locos que salen en mi pantalla. Pero al final suelo acabar tirando por el mando, que es la realidad cómoda. Como casitodos.

http://medioambientesimbolico.blogspot.com/2010/11/la-tele-en-la-pared.html (interesante recopilación de graffitis anti-televisivos).

jueves, 17 de marzo de 2011

Meter mano o no meter mano. Un cuento sobre las revueltas.



En un país, el pueblo decidió alzarse sobre el poder, y hubo una revuelta.
Desde fuera nosotros olimos el humo, nos asomamos, miramos lo ocurrido. Fuimos juntando la información que nos llegaba de periódicos y de testigos. Enmarcamos el suceso dentro de la historia conocida de aquel pueblo, la trayectoria de su tirano que llevaba ya cumplida tan larga tiranía. Al principio he de decir que contemplamos la revuelta llenos de emoción, pero luego la cosa empezó a ponerse más violenta, y a sumarse demasiados muertos, y ya comprendimos que el asunto iba en serio.
Ya no supimos qué debíamos hacer. Hablar mal de ese tirano en concreto nos aportaba credibilidad, pero no bastaba. Éramos testigos de una carnicería. Unos decían que deberíamos entrar en el país y frenar las batallas con encendidas lecturas de la Carta de Derechos. Otros hablaban de detener la pelea de forma violenta. Con militares. Con bombas. Con hostias de padre. Pero muchos se oponían: aquél era un país libre, y nosotros no teníamos derecho a intervenir. ¿Quiénes éramos nosotros para hacer eso?
Complicaba el asunto que la información que llegaba era tan quebradiza, y también lo eran nuestras propias opiniones. Los que en su día defendieron la puesta en el poder del líder que ahora bombardeaba civiles, los que fueron sus colegas de negocios, evitaron hábilmente sacar el tema. Aquellos que querían el petróleo de aquellas tierras sobre las que tenía lugar la batalla se posicionaban en contra de la paciencia. Hubo quien especuló con un futuro incierto en caso de derrocar al líder, y quien intentó quitar paja mencionando a otros muchos dictadores idénticos sobre los que, sin embargo, no caían las cámaras ni las reprimendas internacionales.
Y en medio de la confusión los pedazos de información que llegaban del campo de batalla nos daban para formar realidades a medias, sobre los valientes rebeldes, o el líder demonizado, o los mercenarios contratados por él, o los en realidad cuatro o cinco sediciosos no especialmente partidarios de la democracia pero ennoblecidos por el maniqueísmo periodístico que luchaban por ver caer al titán.
Y mientras, la guerra continuaba.
Para cuando el opresor comenzó a ganar terreno, nosotros nos reunimos con prisas, nos vino la angustia de la indecisión. Se nos imponía un dilema más grande que nosotros mismos. Unos hablaban de hacer lo posible para conservar los derechos humanos, por encima de cualquier teoría ética; los rigurosos se aferraban a las bondades de la no intervención. Casi todos, por otro lado, le dábamos alguna que otra vuelta, aprovechando el revuelo, a la forma de sacar tajada. Todo ello, eso sí, lo debatimos muy fotogénicamente mediante discursos huecos y pomposos y diseñados por guionistas de Hollywood, en los que nunca –se hizo el recuento- apareció la palabra petróleo.
Poco antes de que todo estallara, con el aire ya tenso, vibrante todo de resolución, la gente de la calle nos miraba morir de incertidumbre. Todo era confusión informativa, nadie tenía la información exacta, nadie poseía la solución perfecta. Ninguno, ni mucho menos nosotros, tenía el deber de la resolución del conflicto, autoconcedido como por mano divina: si acaso, aquéllos que habían decidido luchar contra algo injusto, y nadie más.
Y, mientras, la guerra continuaba, y los muertos continuaban, y todo se acercaba ya al estallido.

(Escrito horas antes de la resolución de la ONU sobre Libia.)

jueves, 24 de febrero de 2011

Revueltas vistas desde la pantalla

Seamos sinceros, los acomodados. En el fondo esto nos gusta. Nos emociona ver cómo el mundo tiembla. Nos gusta estar ante un momento que los tutores harán aprender a nuestros bisnietos. Vemos, o nos cuentan, cómo las revueltas populares, masivas, callejeras, legítimas, se expanden por los países africanos, Túnez, Egipto, Libia… (y eso nos despierta la satisfacción que da la coherencia: el débil se levanta contra el dictador. El mundo tiene algo de lógica, por un rato). Nos cuentan también la vergüenza de las inmensas potencias que, dependiendo de si tal nación es amiga o tal nación es enemiga, reacciona o no frente a las masacres de civiles (y eso nos despierta, en cambio, la rabia que da la incoherencia, que siempre es necesaria también).
Pero, aunque todo es un gran espectáculo, ¿basta con mirar? Los acomodados, ¿qué derecho tenemos? ¿Qué derecho tengo yo, por ejemplo, a decirles a los libios que resistan, seguid libios seguid, soportad la represión, dejad que os atormenten con mercenarios fusileros y armas pesadas, seguid resistiendo… aunque os maten otro poquito más, aunque os machaquen otro poco, todo será por algo, todo tendrá un valor…? Conseguiréis lo que comenzasteis pidiendo de forma pacífica, seguro, y será gracias a vuestra fortaleza (o vuestra desesperación).
¿Tengo derecho a decir eso, a apenas pedirlo? ¿A desear que otros pueblos que yo no puedo comprender nunca del todo realicen la lucha, mientras sospecho el sufrimiento y la violencia que les traerá esa misma lucha?
Igual sí, lo tengo. Porque, a pesar de que aún es imposible saberlo con certeza, yo también saldría a las calles. Aunque me machacaran, y aplastaran a mis hijos, etc. ¿Qué cómo carajo lo sé? Porque yo soy tan humana como todos esos que salieron a las calles, y tan sólo me falta la presión; por tanto, si la tuviera, si me presionaran, saldría a la protesta también. Como todos. Puede decirse, entonces, que la presión le da más valor al hombre.
Gadafi se equivocó de tiempo para la violencia. Los ha habido mejores para ese honrado fin. En definitiva, nosotros los acomodados queremos que no haya un solo muerto más (se habla de entre 600 y 10.000 mientras escribo esto, sólo en Libia), ni más heridos, y que todo se calme y haga su papel la democracia, etc., etc.; pero, reconozcámoslo, también queremos, y más en el fondo, que esto se extienda (por todo el globo, rastreando las últimas dictaduras... a Irak, a Sudán, a Guinea, a Asia...). Queremos, en realidad, que la protesta no cese nunca.
Aunque no tengamos derecho, seguimos teniendo la capacidad de apoyo, y seguimos teniendo el anhelo.
Protestas contra Gadafi. Agencia AP

lunes, 24 de enero de 2011

Las palabras que sobrevivieron al plástico

Todo empieza a ser siniestramente artificial, alrededor. De una forma grácil. Como intentando que no se note demasiado. Como si alguien (e imaginar quién es lo verdaderamente acojonante) se molestara en hacer de este mundo un reducto de mierda muy perfumada, tremendamente perfumada, para que todos caminemos eternamente sin que nadie se de cuenta nunca de que camina sobre mierda.
Es lo de que la guerra es la paz. No hace falta gran hermano. Pueden hacernos creer de todo. ¿La rebeldía?: Lady Gaga; alguien que no es rebelde ni hace música nueva, pero que “se viste raro”. Los rebeldes: los que se visten raro. ¿Para qué vamos a andarnos con complicaciones? Los premios, para los guapos. Los valores: la autenticidad, el cocido madrileño, el do it yourself, los vaqueros rotos… pero todo comprado, cocinado, roto de fábrica. Zurcido industrial; descosido decorativo. Los opuestos, que se tocan.
Pero nos cambian el lenguaje, y no lo notamos. O, mejor dicho, basta ya del “enemigo-abstracto” de Orwell: nosotros mismos lo hacemos.
Nosotros nos cambiamos el lenguaje. Nosotros nos engañamos. Nosotros llamamos tradicional al cocido de lata. Nosotros consideramos punki al vaquero roto de Berska. Nosotros nos creemos que los Oscars se los dan al mejor actor. Nosotros nos autoconvencemos de que Lady Gaga es el icono absoluto de rebeldía. Y, en fin, así nos va.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Las cóleras de Haití


Fotografía: Emilio Morenatti, Agencia AP

Somos los muertos de otras civilizaciones, de otros tiempos. Existimos en las tierras medievales, en las barracas de los antiguos recogedores de algodón.

Un día fuimos esclavos liberados, republicanos, insumisos; conseguimos ser tan ricos como merece ser cualquier hombre. Pero llegaron ellos, los de arriba (que querían ser más ricos de lo que un hombre merece).

Nos dieron dictaduras. Nos dieron el hambre. Cambiaron aquéllas de nuestras legislaciones que perjudicaban su economía de explotación. Nos aplastaron los votos, y cuando pudimos acceder a las urnas nos cambiaron al candidato que elegimos por otro -entonces el mundo estaba a dos bandos, y querían implantar el suyo en nuestra casa, en todas las casas-. Los de arriba. Los que poseían los huertos de algodón, hace siglos.

Preguntamos el por qué del cambio de dirigente. El por qué de sus marines en nuestra tierra. El a cuenta de qué su control sobre nuestros recursos, su intervención en nuestras políticas. Pero los de arriba nunca necesitan dar explicaciones; si acaso, algún chiste racista para justificar otra invasión más.

Y asumimos los costes. Cuando cambiamos las casas de madera por las de cartón, comenzamos a temer a los terremotos. Cuando tuvimos que vivir en las calles, comenzamos a temer a las epidemias. Antes nunca habíamos tenido miedo.

Y cuando ya estábamos destrozados llegaron ellos, ¡los mismos!, con otra cara, con otro rol. Nos miraron con pena y nos dieron limosnas y deseos de democracia, y el mundo les dio a ellos algún que otro aplauso. Sus televisiones nos enfocaban entonces más que nunca, a nuestros enfermos y nuestros muertos y nuestras tierras arrasadas; decían que todo era culpa de la perversa naturaleza, de nuestra miseria, de nosotros mismos. Y la gente suele creer a las televisiones, ya sabemos.

Ahora nosotros estamos lejos del lugar del que partimos. Ya no podemos tener caridad: sólo podemos recibirla. En eso se basa el aplastamiento extremo del hombre.

(Pero nada puede aplastarse eternamente, sin que salte. Eso es lo que temen ellos; ése es nuestro último consuelo).

Artículo publicado en rebelion.org.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los planos y contraplanos del Sahara Occidental

Hay una teoría que dice que lo más pequeño puede llevar a lo más grande, y lo más grande puede redirigir hacia lo más pequeño.
Pues bien, yo me he propuesto hoy hacer este experimento: partimos de la cosa más pequeña imaginable. Una imagen; un plano muy cerrado de unos ojos. Nada más que eso. Los dos son grandotes, crédulos, sombríos (sombríos por lo negro, y sombríos por lo triste) bajo dos cejitas tupidas. Los dos miran simétricos desde el fondo de una fotografía desteñida y ya irrepetible.
Aquí empieza el experimento: abrimos un poco el plano hasta que se ve la cara. Se trata de un chaval, un adolescente saharaui. Abrimos el plano otro poco, hasta ver el DNI: tenía 14 años. Se llamaba Nayem. Dejó de tener edad alguna y de llamarse de ningún modo desde el pasado 24 de octubre
Si se siente curiosidad, se abre el plano otro poco, hasta toparse con el incidente. El niño iba por las calles de Rabat en un coche que intentaba acceder a un campamento saharaui de El Aaiún, levantado a modo de protesta, y que no quiso frenar cuando los soldados marroquíes le dieron el alto. Pudieron no hacerlo por temor a resultar agredidos por los propios militares, lo cual al parecer es común en los controles; eso quién lo sabe. El coche fue entonces disparado a quemarropa. La escena resultante de disparar a quemarropa un coche lleno de gente es de caos, de cristales, de heridos, y del intenso terror que debe producir preguntarse si entre todos esos heridos del interior del vehículo habrá, por azar, algún muerto.
Abrimos otro poco más el plano, hasta que surja la pregunta: ¿por qué ocurrió? ¿Por qué unos hombres con pistola disparan a otros hombres y matan a un chaval? Pues por casualidad, no. Que haya despertado aluviones de protestas, levantado jaimas simbólicas, tampoco es azar. El incidente si vale para algo es para poner rostro y escenario al conflicto saharaui-marroquí: desde sus inicios de Marcha Verde y desentendimiento de un Franco moribundo, hasta un presente de soberanía marroquí no reconocida y promesas internacionales no cumplidas. De esclavitud de un pueblo por parte de un gobierno que, con uno de los monarcas más ricos del mundo, se mete al bolsillo a costa del pescado y los fosfatos saharauis un beneficio más grande que todas sus ayudas humanitarias.
Pero, ¿eso lo explica todo? Sigamos el experimento, ni cortos ni perezosos. ¡Abrimos el plano aún más, otro poco más, hasta que parezca imposible abrirlo más! Y se llega a la pregunta, quizá la clave, tal vez la última (o no): ¿por qué no se hace nada? Que un país robe a otro es algo deleznable pero humano, tan humano que es comprensible cuando el escenario es de permisión. Habría que preguntar con especial insistencia por la razón de a) que las grandes potencias, EEUU, Europa o la ONU, miren para otro lado; b) que la ONU, el supuesto padrecito, no cumpla sus promesas; c) que las empresas (yanquis, españolas) compren a Marruecos productos saharauis o exploten sus tierras, manteniendo ocultas sus grandes tripas huecas donde deberían existir pero no existen las entrañas, la vergüenza, la ética.
Ahora, en esta fase del experimento, el plano ya está abierto del todo. Imposible ampliar. Ya podemos ver una extensa panorámica del mundo, el globo entero, ese hervidero de maravillas y aberraciones; en él, la humanidad pululante, la institución natural e ilógica, donde los ricos roban a los pobres y donde todo el tinglado lo mueve la mentalidad empresarial (que es la misma que comprende que la explotación impune sale más rentable que hacer justicia, esa misma). Si esa mentalidad de los poderosos mueve el tinglado, no hay de qué sorprenderse; el dinero en cantidades industriales debe tirar, porque es el origen primero de casi todos los males. Es el hombre, y su irresistible tendencia a aplastar al otro. Con el sencillo ejemplo del Sahara entendemos qué carajo ocurre en los tercerosmundos que no avanzan, qué picarescas a inmensa escala se traen entre vecinos fronterizos, y, por supuesto, comprendemos de quiénes son todos los muertos y todos los desnutridos, y todos los campamentos arrasados. La respuesta: del que organizó todo y del que lo permitió, del que roba y del que lo permite: es decir, de todos los hombres.
Y a partir de esa realidad, entre otras muchas cosas, explicamos la permisividad de los poderosos.
Y de ahí, como es obvio, pasamos al dominio marroquí sobre el Sahara, la excesiva presencia policial y la discriminación sobre las gentes saharauis.
Y de esa situación vamos a la violencia, a la muerte. A los muertos de los altercados del otro día en el campamento del Aaiún, por ejemplo.
Y de ahí, cómo no, a los ojos sombríos. Que son siempre el principio y el final de todo experimento como éste.

Artículo publicado en rebelion.org.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=116562

jueves, 14 de octubre de 2010

Historia del sabio –y arduo- oficio de la provocación

Antes, y con antes quiero decir muy al principio, los hombres iban desnudos y callaban las cosas por ignorancia, y no por pudor. Entonces no había forma de ser provocativo. Era, sencillamente, imposible. Pero no les importaba: ni siquiera habían inventado una palabra para ello.
Un día, de entre esos hombres desnudos apareció el primer puritano, y nos facilitó la vida. Y tanto: en esos tiempos, mencionar el nombre del dios de turno, tan sólo eso, ya era subversivo. Ya era una ofensa. Eran buenos tiempos. Sin comerlo ni beberlo, estabas empalado por provocador. Eso eran facilidades.
Luego la cosa se fue complicando un poquito. Ya no bastaba con pronunciar un nombre, sino que había que pronunciarlo “en vano”. Era ya necesario esmerarse. Sin embargo, la gente entonces aún era fácilmente escandalizable, y, a poco que le blasfemaras, ya saltaba como un muelle de melindres. Pero, ajá, incluso los mojigatos medievales y los extremistas se hicieron más y más duros de pelar. Que si renacimientos, que si ilustración, que si constituciones; el caso es que el puro y duro goce de pinchar al personal se veía rodeado por un cerco cada vez más estrecho.
Después llegó la provocación política. Un obrero se equiparó al amo, y todos rasgaron de golpe sus abanicos. Pero estos rebeldes abusaron. Se centraron tanto en implantar la bonita y romántica igualdad humana, carajo, en hacerla indiscutible, que se olvidaron del pingüe futuro que le estaban dejando a la provocación. Así pasó. Sindicatos, garantías e igualdades, y hablar de la lucha acabó siendo hasta cursi. Mal asunto.
Entonces todo pintaba jodido, pero, aleluya, llegaron ellos. ¡Los fascismos! Fueron una vuelta a los buenos, maravillosos tiempos. Escribir patria con minúscula o llamar al dictador de turno por el nombre de pila ya era suficiente para estremecer a un ejército y hacerse hueco en el paredón. Era una gozada. Era fácil sentirse revolucionario (uno ya lo era a poco que besara a una mujer, o llevara el pelo largo, o gesticulara en exceso al hablar). Los estrictos fueron reblandeciéndose, no obstante, así que hubo que tirar de panfletos, de clandestinidad obrera, de pintadas agresivas. Pero, maldita sea, llegó la democracia. Ah, repulsivo sistema del buenrrollismo. Entonces ya sólo nos quedó el –bendito y siempre eficaz- temario sexual para sacar colores (pero incluso ése comenzó a fallar cuando un listo con carrera en la Universidad Progresista comenzó a repartir condones a los chavales).
Hoy, los que deseamos ser provocativos vivimos en un mundo que nos oprime. Que nos ignora, ¡que nos asfixia! Desde el tiempo en que hablar de la masturbación orgiástica dejó de escandalizar a las monjitas, ya no tenemos nada que hacer. Hay medidas desesperadas. Algunos se autodestruyen. Otros hacen cine ultraviolento. Otros se cuelgan desnudos de un poste de la luz y lo llaman arte, o se cagan en un sombrero cloché, y lo llaman arte. Pero, fuera de posiciones forzosas, hemos vuelto a la era sin pudores: somos de nuevo los primeros hombres.
Poco a poco, acabaremos también aniquilando la palabra. Hasta que eso ocurra, me temo que las únicas indignaciones que podremos levantar serán las de la celebridad con el derecho a la intimidad violado de turno. Supongo que la provocación ha dejado de estar en manos de los sediciosos para estar en la de los sabios. Vamos: que se ha exclusivizado. Se ha hecho escurridiza, y valiosa. En fin.

sábado, 9 de octubre de 2010

El peligroso arte de premiar

Liu Xiaobo. Clarin.com
Para un sector de la población, le han dado el Nobel de la Paz a un chino, de tantos que hay (que hay muchos). Para otro, a un desconocido (y menos fotogénico que Obama, qué duda cabe). Para otro, a un delincuente, y para los más académicos, a Liu Xiaobo, activista de gran y turbulenta carrera de disidencia con el gobierno chino. En la propia China, creo que aún no tienen ni idea de quién es el galardonado.
Un hombre que cumple once años tras un juicio sin garantías, por una supuesta “subversión al poder del estado”. Efectivamente: el último sector de la población opina que se lo han dado a un héroe. Me parece bien, el premio. De algún modo, que la opinión internacional otorgue de forma simbólica la razón absoluta a alguien que en su propio país es vapuleado es una lección poética para los vapuleadores. Las lecciones poéticas, cuando son justas, son cojonudas. (Y molestas, también: China intenta censurar la noticia dentro de sus fronteras; tan comprensible como cutre).
Pero claro, eso de los premios es tan subjetivo como las listas de mejor guitarrista que se marca la Rolling Stone. Y, a veces, cabrean igual. Todos conocemos las preferencias. Ya sabemos que nacer en los Estados Unidos aporta una sospechosa tendencia pacifista al individuo. O en Francia, o en Inglaterra. Al menos, eso deben pensar los de la academia. Lo de los presidentes siempre ha levantado cabreos; mira que darle a Kissinger el Nobel… Si Allende supiera… Está claro que, quizá por la norma que prohíbe el premio póstumo, el jurado se pasa a veces de prematuro (y luego, le sale la vena maligna al premiado de turno, y pasa lo que pasa, la credibilidad al carajo).
La Historia nos cuenta cómo calan a cada rato unos criterios cambiantes, evolucionantes, que antes premiaban a los mandatarios. En el principio de los tiempos del Nobel, unos pasos más cerca del mundo medieval de lo que estamos nosotros mismos, debía pensarse que sólo los altos cargos de los grandes países podían crear una diferencia; más tarde, aproximándose más al presente, notaron los noruegos que también la gente de a pie, los activistas, los luchadores, hacían sus cositas (a señalar, Rigoberta Menchú, San Suu Kyi, Wangari Mathaai o Shirin Ebadi… Mira, parece que también pasó de moda la primermundofilia).
Pero bueno. Para ser justos, y porque ponerse en contra de todo es muy fácil y muy odioso, hay que dale al Nobel de la Paz y a todo premio similar el mérito de la intención. De sacar en ocasiones a la luz historias de luchadores escondidas. Pero con eso no hay que olvidar que hay tantos héroes anónimos que nunca, ni en un milenio de certámenes, se puede hacer justicia. 
Es buena la polémica con el disidente chino, la que se está armando allá, el desafío al poder. Y a fin de cuentas, es inevitable. La polémica no puede separarse del galardón de la Paz. No somos tan objetivos.