Viajeros con cama

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sábado, 4 de febrero de 2012

Sobre la esclavitud. Cosas que sucedieron.

El amo, al adquirir al esclavo, le marcaba con fuego un símbolo en la cara que señalara de por vida al propietario.
A veces, la propiedad era más breve que la vida. Cuando el amo decidía desprenderse del esclavo, el nuevo comprador volvía a grabar a fuego otra marca permanente.
Un esclavo con muchas marcas en la cara estaba mal visto. Se convertía en un producto repetidamente rechazado. Los compradores le mirarían para siempre recelosos ante una posible falta de disciplina.
El día que los esclavos fueron libres, curiosamente, aquellas marcas faciales se voltearon: ahora, aquéllos que tuvieran muchas señales en la cara serían los que más se hubieron rebelado contra la tiranía, y eran héroes. 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Hallazgos arqueológicos

El explorador en las catacumbas de Paracas encuentra, soterrado entre pedruscos, un envoltorio más grande que él mismo.
Es un paquete ahumado, sedoso. Lleno de geometría y bisutería inca, con  alfileres de oro de las pampas, la tela lindísima la debieron hacer a mano –deduce- mujeres de dedos monocromáticos, de gran maquinaria a base de palo y arácnido.
Ve el fardo tan ornamentado, tan lleno de bigotes felinos y pluma (y otras bellezas), que supone que allá dentro del gran envoltorio deben estar los tesoros mejor guardados de los hombres de las pirámides. Araña la corteza y abre la reliquia. A medida que va desarmando la seda, nuevas envolturas, y, a medida que las desmaraña, surgen otras pintadas maravillosas: trazos que recuerdan el trigo cuando es mucho, el vino cuando es bueno, el amor cuando es joven, y tantos y tantos indicadores encuentra -el emocionado explorador- de ese fuerte apego a la vida que sabe ya antes de llegar a la lámina última que lo que hay dentro de la reliquia va a hacer mucho, o quizá muchísimo, más dorada la suya.
Pero cuando la tela con tinta acaba de desandar sus espirales ceñidas, el explorador encuentra dentro sólo unos huesos y, adherida a ellos, algo de carne momificada. Entonces descubre que para que el hombre celebre la vida no hacen falta los tesoros y las felicidades, sino una cosa mucho más simple: recordar que la vida se tiene, mirando en la muerte de los otros. 

martes, 25 de octubre de 2011

Historias del periodismo: La lucha parlamentaria

Los sabios debían debatir las cuestiones importantes con cuidado de que no les escuchara la masa apolítica. Como tres paredes no ocultaban lo suficiente, añadieron otra más y lo llamaron Parlamento.
Aquel refugio de asientos y retratos célebres funcionó durante un tiempo: un puñado de hombres eruditos arrastraba sus pelucas por largas mesas y decidía, resguardados de testigos, cómo organizar el país; mientras, los individuos en la calle tenían simplemente que confiar.
Cuando llegaron los periodistas, que suponían la degeneración fisgona del ser humano, los sabios les prohibieron la entrada al Parlamento. Cuando protestaron los periodistas, les dejaron entrar, pero, ah, nada de apuntes: a la entrada les arrancaron de las manos cuadernillos de notas y plumillas.
Para desastre de toda cautela, se unieron en cataclismo los elementos. Uno de los periodistas había sido antes actor, y poseía una memoria inigualable. Al día siguiente, en el principal periódico de aquella ciudad llena de ratas y manuscritos, los hombres de la calle pudieron leer palabra a palabra todo lo que habían hablado los sabios dentro de esas cuatro paredes llamadas Parlamento. 
William Woodfall




miércoles, 10 de agosto de 2011

Orígenes 5: El origen del dinero


En tiempos de trueques y mercados físicos, se resolvió la dificultad que había en que alguien tuviera lo que tú deseabas y deseara lo que tú tuvieras con un enredo simple de los intercambios. Uno cambiaba tal especia por tal metal, y volvía a cambiar tal metal por tal cadáver animal, y así el número necesario de veces hasta obtener aquello que uno quería mediante un perfecto entresijo comercial.
Ocurría que, cuando un elemento se hacía más presente que el resto, se volvía referencia o, lo que es lo mismo, se convertía en dinero.
Tenemos pruebas de que en las sociedades primitivas esto se volvió común. Y también sabemos que, dependiendo de la sociedad, había una u otra medida, y, dependiendo del dinero, existía una u otra relación entre comerciantes y entre hombres.
Así, un grupo de hombres habituados a los huracanes e inmersos en la cultura de la reparación acabaron utilizando los clavos como medida de intercambio.
Pero generalmente se valoraba más aquello que pillaba lejos. Se sabe que en las tierras lejanas al mar las conchas huecas se volvían moneda, y en las tierras costeras se volvían moneda las rocas montañesas. Las tierras desérticas valoraban los elementos aliviadores: los crustáceos, las piedras de playa, las espinas de pescado; todo lo que recordara, de algún modo, que el paraíso existía aunque fuera lejos.
Los hombres religiosos monetizaron los emblemas. Los hombres vanidosos comercializaron con espejos.
Los individuos enseñados a la destrucción hicieron de su medida las rocas afiladoras de puñales, y una vieja estirpe de vividores ideó un material monetario que se disolvía con el tiempo y la lluvia y que, gracias a aquel simpático mecanismo, dejaba al hombre libre tras una breve condena.

lunes, 18 de abril de 2011

Los etiquetados

Dentro del campo nos diferenciaban mediante marcas, en forma de triángulos tatuados en la ropa. Visibles siempre. Cada color mantenía el orden en aquel vertedero donde fueron a almacenarnos a los seres más bajos existentes.  
A los presos comunes, un triángulo marrón.
A los presos políticos, un triángulo negro.
A los gitanos y los recorrevías, un triángulo azul.
A los vencidos del amor o de la guerra, un triángulo amarillo.
A los homosexuales, un triángulo verde.
A los mendigos y los vagos y los ensuciadores de paisajes, un triángulo azul oscuro.
A los presos por religión, un triángulo violeta.
A los lectores de cerebros y captadores de fantasmas, un triángulo blanco.
A los asociales, a los malos músicos, a las mujeres que no amamantan, a los políticos que producen sueño, a los anarquistas y a aquellos con extranjerismos en la indumentaria, un triángulo gris, más o menos oscuro dependiendo del nivel de antipatía al sistema.
Con ellos en la ropa sucedía algo curioso. Nunca pudimos tener secretos. Nuestro lado horrible estaba expuesto por siempre.
Con ellos no éramos hombres. Éramos el fondo de la bolsa, la pieza que no encaja. Marcado, y por siempre visible.
Un día acabó la guerra y fuimos liberados. Los vertederos se llenaron de armas e indumentaria militar. Los líderes de la buena fe nos arrancaron de la ropa los triángulos clasificadores y los tiraron lejos y proclamaron que era un día para la convivencia. Pero nosotros nos sentimos desnudos y fuimos a buscar esa tela demonizada. Os extrañará. Pero lo hicimos. Recorrimos los basureros y los barrizales, las alcantarillas y las piras de ropa desechada, en vano siempre. Siempre nos sentimos desnudos.
La tela desapareció, pero, bueno, conservamos las marcas de otro modo. En las memorias de los viejos cuentistas, por ejemplo. Algunos aseguran haber visto paisajes de triángulos de mil colores que recorren sin rumbo las cloacas. Los hombres que siempre fueron libres confunden esos relatos, habitualmente, con sueños etílicos.  

viernes, 8 de abril de 2011

Errores judiciales


Los cuatro de Guildford
Dentro de cuatro paredes que no dejan pasar las voces agradables pero que filtran perfectamente y con eco las voces terribles, amaneció un ahorcado con un cartel que decía, en un lenguaje tan minoritario que hoy sólo lo deben hablar los fantasmas, la palabra “inocente”.
A partir de pesadillas como aquella, los hombres comenzaron a recapitular sus pasos desde que empezaron a alejarse de las torturas medievales. Recordaron los códigos civiles, las destrucciones de las fábricas que perfeccionaban tormentos antiguos, y recordaron el fin de aquel derecho lleno de privilegios y enterramientos en vida. Pero habían llegado al tiempo más moderno vivido por ser humano alguno y aún no era suficiente. El hombre erraba. El error le perseguía como una fiera que no desea morder sino sólo, y más terrible, acompañar y acompañar. Y era imposible avanzar más.
Habían supuesto que la justicia era una.
Luego, se habían dado cuenta de que existían muchas otras justicias.
Ahora no podían dejar de caminar hacia su justicia primera, pero la dirección era un zig-zag acuoso. El juez era un status imperialista; el jurado, emocional; Agatha Christie, un personaje, y el culpable insistía en no revelar sus culpabilidades motu proprio. La lógica comenzaba a enseñar cada vez más claro que ellos mismos, los repartidores de castigos, habían tatuado la mayoría de las veces la palabra culpa en la piel del culpable, de modo que la culpa ya tenía que repartirse entre el culpable y su tatuador, y en definitiva todo era un caos, y cuanto más y más y más pulían el término justicia más se encabritaban las volutas y, a veces, saltaban incendiadas a los ojos de los jueces que, en vez de ser considerados mejores por su ceguera, eran inmediatamente reemplazados por invalidez. Y la sinrazón seguía.  

sábado, 5 de febrero de 2011

Cuento de reyes y cegueras

El rey, como era feo y el bisturí no estaba muy evolucionado, recurrió a una solución radical: sometió a todo su reino a una operación de reducción de visión, financiada por él. De forma que toda la gente podía distinguir sólo sombras o manchas borrosas, y no fealdades ni bellezas ni otras nitideces.
Sin embargo, no contó con algo evidente: que todo cambio genera una nueva escala de valores. Que de un bosque talado también surgen enanos y gigantes, si os van las metáforas. Así que los súbditos del rey, sumisos y cegatos, comenzaron no obstante a habituarse a las sombras y las manchas, a hacer lógico el borrón; y dentro del mundo sin nitideces aprendieron de nuevo, a fuerza de observaciones tullidas, a distinguir líneas, y claridades, y después fealdades y bellezas. De modo que el rey y su fea cara no tuvieron escapatoria. La cirugía se empezó a desarrollar entonces, como recurso de emergencia.

martes, 16 de noviembre de 2010

La fotografía y el amor

Edward era uno de esos apasionados perseguidores de imágenes. Desde chico volcó en aquel pasatiempo su creciente atracción por las texturas y las formas, que era un modo simplificado de su atracción por la vida.
Realizó siempre fotografías geométricas, constructivas. Le interesaba la cuadratura y la geometría, aislar el objeto del entorno, encerrarlo en cosmos de abstracción. Los trazos que rescataba del mundo perecedero y arrastraba a sus desvaríos en blanco y negro formaban paisajes abstractos, escaleras, universos fabriles. Sus musas eran las formas extraordinarias de una seta, una duna o una rama, así como las fascinantes malformaciones del pimiento.

Pero entonces conoció a Tina.
Ella llegó primero, y se le adentró después. Cambió inicialmente su mirada y más tarde su obra entera. Pronto, misteriosamente, el protagonismo de las composiciones fotográficas de Edward mutó como por hechizo, y cuando antes los champiñones y los escenarios industriales se llevaban toda su atención, ahora lo hacía lo femíneo, lo humano.
La naturaleza la revivió de ella. La reflejó en ella. Sus paisajes no cambiaron un ápice: lo que antes eran dunas desérticas en forma de curvas ahora eran simplemente curvas de una pantorrilla, de una cadera. Los giros de la caracola podían, al parecer, ser superados en erotismo por los de la carne contorneada. Y si antes él se entregaba a la técnica afanosa de componer abstracciones valiéndose del epicentro de un cactus de ramas triangulares, ahora ese mismo triángulo provenía del rincón íntimo, velludo, insuperable, que existía allá donde se encontraban sus dos piernas de mujer.
No existía una diferencia crucial. La vida había cambiado, sí. El amor, en cambio, era el mismo de siempre. 

Tina Modotti, por Edward Weston