Viajeros con cama

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miércoles, 10 de agosto de 2011

Orígenes 5: El origen del dinero


En tiempos de trueques y mercados físicos, se resolvió la dificultad que había en que alguien tuviera lo que tú deseabas y deseara lo que tú tuvieras con un enredo simple de los intercambios. Uno cambiaba tal especia por tal metal, y volvía a cambiar tal metal por tal cadáver animal, y así el número necesario de veces hasta obtener aquello que uno quería mediante un perfecto entresijo comercial.
Ocurría que, cuando un elemento se hacía más presente que el resto, se volvía referencia o, lo que es lo mismo, se convertía en dinero.
Tenemos pruebas de que en las sociedades primitivas esto se volvió común. Y también sabemos que, dependiendo de la sociedad, había una u otra medida, y, dependiendo del dinero, existía una u otra relación entre comerciantes y entre hombres.
Así, un grupo de hombres habituados a los huracanes e inmersos en la cultura de la reparación acabaron utilizando los clavos como medida de intercambio.
Pero generalmente se valoraba más aquello que pillaba lejos. Se sabe que en las tierras lejanas al mar las conchas huecas se volvían moneda, y en las tierras costeras se volvían moneda las rocas montañesas. Las tierras desérticas valoraban los elementos aliviadores: los crustáceos, las piedras de playa, las espinas de pescado; todo lo que recordara, de algún modo, que el paraíso existía aunque fuera lejos.
Los hombres religiosos monetizaron los emblemas. Los hombres vanidosos comercializaron con espejos.
Los individuos enseñados a la destrucción hicieron de su medida las rocas afiladoras de puñales, y una vieja estirpe de vividores ideó un material monetario que se disolvía con el tiempo y la lluvia y que, gracias a aquel simpático mecanismo, dejaba al hombre libre tras una breve condena.

martes, 21 de diciembre de 2010

Orígenes 4: El origen de la imaginación

Los primeros hombres se habían acostumbrado ya a aquel prodigio que era la memoria, que permitía revivir aromas sin necesidad de flor, recuperar sonidos sin garganta mediante y separar un rostro ajeno de otro (así como invocar los placeres vividos tantas veces como soportara la paciencia y sin importunar a los dioses de la repetición). Pero sin embargo de la recreación a la creatividad existía un paso nunca antes penetrado, y ninguno de los hombres conocía las posibilidades de la imaginación, aún inutilizada.
Una mujer se topó con ella de sopetón en una antiquísima mañana de rocío, de aire invadido de semillas prehistóricas. Estaba sola y añorando. En un ejercicio venido de las entrañas se hizo a sí misma ver una imagen: era la de uno de sus compañeros, concisa; carne, pose y gran melena derrotada; lo vio existir, y lo vio mirarla, y todo esto ocurrió sólo en su mente tal y como había ocurrido alguna vez en la realidad. En un momento dado que para siempre señalaría la frontera de la tragedia, marcada a sangre en el asfalto subconsciente, la imagen del hombre erguido se movió, se llevó dos zarpas a la cara, y actuando a coro con los propios impulsos de la imaginadora –hondos, inconscientes, vibrantes-, el hombre se arrancó un ojo, lo sacó de la cuenca, lo zarandeó brillante como un escarabajo, y la salpicó con sangre (aunque hasta ella no llegó nada tan material como la sangre, pero sí tan intangible como el espanto).
La mujer, aterrorizada, incapaz de comprender, huyó estúpidamente de las figuras reales, y huyó de las sombras y de las voces, y de todo ser vivo dotado tan siquiera de globos oculares. Pero el hombre que ella había visto amputarse estaba al otro lado, sano y vivo. Tardarían mucho en comprenderlo. En los días venideros, la mujer intentó por todos los medios comunicar su increíble hallazgo, pero le fue imposible explicar nada tan abstracto: el idioma aún no había sido inventado y, por lo tanto, la mente era insondable.

viernes, 22 de octubre de 2010

Orígenes 3: El origen del amor

  Es importante señalar, previamente, que el amor surgió antes de que fuera impresa la primera revista pornográfica.
  Para hablar del origen de la pornografía, habría que remontarse al momento en que el hombre dibujó por primera vez en la arena de una playa una curva, y en un ejercicio de abstracción vio en ella una cadera; dibujó luego otra curva, y vio un labio inferior; las miró ambas un rato, e imaginó entre curva y curva derretirse un continente y levantarse una constelación color azul turquesa.
  Años después, los académicos llegaron a diferenciar entre esta nueva ciencia y lo que calificaron como amor (una cosa ya inventada que desde tiempos no conocidos venía pululando sin nombre ni definición por las cabezas de los lunáticos y por las resacas de los escritorzuelos).

martes, 12 de octubre de 2010

Orígenes 2: El origen de la risa



La risa se inventó el día en que una situación se retorció, se puso patas arriba, se vio cara con culo; ahí nació la primera carcajada (que fue corta y violenta y se confundió en un principio con la histeria).
Por desgracia, esa primera aparición tuvo lugar en una zona fuertemente dominada por la religión, de modo que la risa no se estableció de inmediato. Los grandes hombres religiosos temieron aquel nuevo elemento, como temían todo elemento nuevo. Ante la idea de que podía arrancarles la fidelidad de los ilusos, decidieron eliminar la risa; y, como nadie sabía por entonces cuál era la causa, mataron al portador (una mujer ruda y miedosa que despachaba sardinas).
Gracias a la velocidad con que atajaron el problema estuvieron los místicos a punto de conseguir la total erradicación. Pero, en su torpeza, un discurso demasiado inmediato sobre el poder exclusivo de Dios para dar o quitar la vida hizo que surgiera de nuevo la risa en tres o cuatro personas del público. Hubo nuevamente que eliminarlas. A pesar de su rápida reacción, sucedió el desastre: la risa ya se extendió entre decenas de víctimas, y los místicos temblaron y decidieron que era necesaria una masacre contra la nueva plaga (y que Dios benevolente lo aceptaría, gritaron, y contagiaron a al menos cinco personas más).
Así los devotos persiguieron a la risa espada en diestra y antorcha en siniestra. Desafortunadamente, y a pesar de sus intenciones grandiosas, eran muy dados a ruborizarse ante la excitación, así como a los breves e intensos discursos antes de hincar el machete, y ambas cosas propiciaban inevitablemente las carcajadas. Uno de ellos, mientras prendía fuego a un orfanato de infestados, se quemó el dedo gordo del pie, y acto seguido la peste se extendió con violencia y con alaridos de júbilo. Cuando los contagiados huían, los devotos iban tras ellos a la carrera, y a aquellos que vestían toga larga se les levantaba ésta en vuelo y la visión desnuda de las pantorrillas repartía nuevas risas entre los moribundos.
Así fue como, a pesar de las prevenciones, la risa infestó aquel mundo de cadáveres durante varios siglos. Posteriormente fue prohibida durante la Edad Media, pero muy bien acogida entre los sabios de la Grecia Antigua, que acabaron de aceptarla y considerarla saludable. Hoy en día es utilizada para atormentar a víctimas de humillaciones y como apoyo para espectáculos poco dados a la gracia.

lunes, 4 de octubre de 2010

Orígenes 1: El origen de la protesta



En los tiempos en que las motivaciones se debían aún a la pura supervivencia y no a la dignidad, los hombres tardaron menos en descubrir la técnica de recogida de la miel y del salado de la trucha que la revolución.
La ignorancia era entonces un vacuo sedante. Antes de que alguien pronunciara la palabra injusticia por primera vez, se aceptaba el sudor como mecanismo corporal y el chasquido del látigo como melodía folclórica. Un grillete era parte del vestuario. Los hombres no se cuestionaban la esclavitud y soportaban el hambre inventando grandiosas leyendas de empachados.
El día en que comenzaron a inventarse las palabras, los patronos temblaron (y no es algo extraño, puesto que sabían que el que posee los términos, posee las realidades). Tenían los antecedentes: antes de que se inventara la palabra frío, nadie había sabido arroparse. Antes de que se pronunciara la palabra tristeza, nadie había consolado nunca.
El miedo imprimía en los sucesos la irracionalidad. Su medida inmediata fue contra la mente, contra la palabra: decidieron aplastas la creatividad. Aumentaron gradualmente el tiempo de trabajo, borrando toda pausa que pudiera dejar hueco a reflexiones, rozando jornadas absolutas. Además, castigaron con la humillación los alardes filosóficos, premiaron a los idiotas, redujeron la dieta a comestibles embrutecedores de cerebros. Es notable que, a pesar de la represión, siempre existía alguno de entre los hombres que aún encontrara un fragmento de tiempo donde verse a solas con la rabia, donde sopesarla como a una amante. Si alguien llegaba entre resuellos a formular media palabra (“inju”), estallaban las alarmas, las medidas se volvían más atroces, más imaginativos los castigos, se redoblaban alienación y tristeza, se anulaba en fin todo diálogo íntimo con los versos tácitos de la muerte.
El miedo imprimía en los sucesos la locura. Los patronos se volvieron más tiranos, más todopoderosos, más divinizados. Pero, ah, no sabían que cuanto más aprisionaban a los hombres, que antes eran individuos sueltos, más les volvían una masa compacta.
Por fin, de entre los vapuleados, de entre los espectros, apareció la palabra injusticia, guisada a la lumbre de una voz moribunda. Y los patronos –cuentan- encanecieron aquel mismo día.
La palabra se fue extendiendo. Sonaba primero en los pechos, y luego en los labios, de los más desesperados. Sonó después en todas las bocas, extendida con la violencia y el silencio de un fenómeno eléctrico. Y pronto sonó también en los ruidos de las pisadas, en los golpes de martillo, en los crujidos de cadenas, y en los llantos y las respiraciones. Pronto se hizo, simplemente, omnipresente.
Y los patronos –cuentan- perdieron toda facultad divina aquel mismo día, y no la recuperaron jamás.