Viajeros con cama

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domingo, 29 de diciembre de 2013

La Navidad de los inmigrantes laborales


    Pasar las navidades como un inmigrante, como uno de esos 300.000 jóvenes que han salido de España en los últimos años, puede ser toda una experiencia. En mi caso, una experiencia nueva. Soy la primera en mi familia que sale del país, desde algún tíoabuelo huido a Alemania en los 60; estoy en el sur de Inglaterra, el lugar al que seguimos viniendo los que aún no nos hemos aventurado a decantarnos por las cada vez más solicitadas Suramérica o Asia. En la tienda en la que trabajo desde hace más de medio año, llevada por paquistaníes, han decidido no dar a nadie vacaciones en Navidad; cierran el único día –el veinticinco- que la ley les obliga.

(Sigue aquí). 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Campaña por una moda sin tóxicos

Cosas que pasan cuando vas caminando tranquilamente por Madrid: llego a Argüelles y encuentro, donde la calle Princesa se junta con Alberto Aguilera, un puñado de gente, bomberos y policía mirando como pasmados un simple cartel de Zara colgado de un edificio. 



Al final caigo en la cuenta de que esos dos hombres colgantes no eran limpiacristales accidentados. Ese enorme edificio de la empresa de Inditex en Princesa es el que eligió Greenpeace para su acción de la campaña Detox, en la que exigen “una moda sin tóxicos”. Según explica Greenpeace en su página:  
“Ahora mismo, en todo el mundo, el agua está siendo contaminada por los vertidos de sustancias químicas peligrosas que provienen de la industria textil. Cuando se liberan en el medio ambiente estas sustancias se pueden descomponer para formar sustancias más dañinas, algunas de las cuales producen trastornos hormonales o incluso tienen propiedades cancerígenas”.

  Otras marcas, como H&M, ya se han comprometido a dejar de utilizar esos peligrosos compuestos químicos en su ropa. Zara, diana principal de la campaña por su gran dimensión de venta en el mundo, ha negado inicialmente el uso de esos compuestos pero, según Greenpeace, ha acabado asegurando que tomará las medidas oportunas para alcanzar el “vertido cero”. 
Los tres activistas detenidos fueron puestos en libertad por la tarde, y los medios han difundido el suceso, y, con él, la acción de la asociación ecologista. Es hora de que los consumidores tomemos conciencia de nuestro poder de decisión.




sábado, 20 de octubre de 2012

Gracias por protestar

    Rajoy se confiesa: le gustan los sumisos. Lo ha dicho al hilo de las grandes concentraciones de la semana pasada contra su política de austeridad (el 25-S y sus réplicas), cuando, al enterarse de los conflictos y la represión policial, dio las gracias en un comunicado a todos aquellos ciudadanos “que no salieron a protestar”. Se une a un Borbón que nos pedía que dejáramos las utopías para los anuncios de adelgazantes. Nuestro Presidente quiere a sus súbditos obedientes, silenciosos y trabajadores, como hormigas. Debe considerar que en España hay demasiada cigarra; al menos, desde que Franco falta y los nuevos grises no pueden dar una hostia sin que Twitter se llene de chirridos.

Sigue aquí

domingo, 23 de septiembre de 2012

Dibujar, el verano y Malasaña


El martes, con la Tabacalera chapada, el grupo de dibujo eligió la plaza del Dosde como lugar para las sesiones.
Antes de liarme a garabatos, en un ratejo agradable lleno de latas de los chinos y balonazos de niños, me vi Malasaña de día, que hacía tiempo. Encontré a Malasaña como quien encuentra especialmente guapa a una novia. Con los pubs cerrados y los comercios abiertos, husmeé tal tienda de discos y descubrí tal floristería, y vi una mesa de ping-ping con la que habían hecho peatonal tal calle. Dije, éste es mi barrio. Y luego, con el dibujo al aire libre, dimos el último adiós al verano. 
Me encantas, Madrid. 

Cogida de la página de Dibujo Madrid


sábado, 1 de septiembre de 2012

El arte de cierta prensa de defender lo indefendible


Hoy, uno de septiembre, día en que la sanidad universal deja de serlo, en que se nos quita sin explicaciones una serie de derechos básicos y se condena a muerte a un puñado de personas que no pueden costearse mantenerse sanos, en la página digital del diario derechista La Razón busco la palabra “sanidad”. Y sólo encuentro esto:

Sanidad, sancionada por “olvidar” una pieza dentro de un niño en una operación

Cuando no se puede defender algo, pues mira, mejor ni mencionarlo, deben de haber pensado Marhuenda y compañía.

domingo, 17 de junio de 2012

El reino que daba dinero a los que ya eran ricos


   En la manifestación de ayer en Madrid, que vino a ser una protesta contra el indignante rescate a la Banca española por parte de Europa, oí, cuando la comitiva llegaba a la sede de Bankia (una de las mismas torres Kio que Alex de la Iglesia imagina como el símbolo del mal en su peli), a una niña preguntar a su padre que quién era el malo. El padre señaló a la torre y dijo, "el malo es el que vive en esa cueva". La nena pareció darse por entendida.

   (Aquí está el fotorreportaje que hice ayer para la agencia Demotix.) 

jueves, 29 de marzo de 2012

Cosas que oigo sobre la huelga

Oigo que la reforma no es la primera, pero sí la peor.
Oigo que debemos dejar todas las decisiones en manos de los buenos y sabios empresarios, y confiar en su sabiduría y bondad.
Oigo que a los sindicatos no les importan los currantes (pero no oigo decir: hay que unirse contra el enemigo).  
Oigo: son tiempos duros, no existe otra solución. Apechugad. El ruido de las urnas es mayor que el ruido de la calle, oigo.
Oigo que la ministra de trabajo nunca ha trabajado.
Oigo que nos tienen acojonados. Que han conseguido que no defendamos nuestros trabajos por miedo a perder nuestros trabajos.
Oigo decir que sí hay soluciones: que unos ciudadanos han conseguido hacer dimitir a un gobierno corrupto en un punto acuoso del planeta. Que “hay para todos, pero mal repartido”.
He oído a unos decir que “España quiere trabajar y los sindicatos no la dejan”. He oído a esos portavoces a los que aleccionan en el arte de aprenderse discursos y soltarlos sin respirar alabar la reforma, y no por lo buena, sino por lo rematadamente malo que era lo que había antes.
Oigo voces en la calle. Oigo helicópteros, eslóganes. Dicen: “basta de pactar”, “rabia y lucha”, “el pueblo sumiso es el perfecto esclavo”, etc.
Oigo decir que el Gobierno no oye, o no quiere oír.
Oigo que la huelga es como tirarle piedras a un elefante.
Pero oigo, también, que cuando el hombre consigue darse cuenta de lo que tiene ganado, ya no puede dejar de defenderlo. Y así será, espero.

martes, 13 de diciembre de 2011

Falsa impresión de cambio

En un siglo distinto se encontraba en el poder el clásico líder absolutista. Con sus clásicas quemas de libros, sus palacetes para torturas y sus cinco periódicos que contaban todos lo mismo. La gente se hartó de no poder abrir la boca y hubo una revolución. El más avispado de los revolucionarios se adjudicó la corona recién arrancada.   
El nuevo líder revolucionario fue borrando las huellas del mandatario caído. Hubo quemas de libros partidarios del absolutismo. Se torturó a todo aquel que criticara a la revolución. Los cinco periódicos siguieron contando lo mismo, pero ahora tenían la palabra revolución en la cabecera. Y todos decían con grandes vocablos de la época que aquél era un gobierno mucho más democrático que el anterior, mucho más libre, mucho más moderno, y que dónde iba a parar.
A la gente le costó darse cuenta del chanchullo. Ante el esfuerzo descomunal del mandamás revolucionario por limpiar el rastro del líder caído, todos pensaban que lo que intentaba era barrer la pasada existencia de otro signo político opuesto al suyo. Era una falsa sensación de cambio de ideología: la verdad es que, si uno se fijaba, ambos líderes quemaban libros, utilizaban la tortura y controlaban la información exactamente de la misma manera.
Los propagandistas revolucionarios desmentían aquello: ¡había cruciales diferencias entre ambos regímenes! Por ejemplo, mientras que durante el absolutismo se empalaba a los editores de periódicos críticos, en el nuevo gobierno sólo se les ahorcaba. El líder caído organizaba las quemas de periódicos cada semana; el actual, de forma mensual. Mucho más democrático el segundo, ¡dónde iba a parar! Y así, con la repetición machacona de estas anecdotitas superficiales, los desdichados ciudadanos, confusos, acababan aceptando un gobierno apoyado en la falsa impresión de cambio y ni percibían ni protestaban por el engaño.
(Del mismo modo, o parecido, ocurre hoy. Hay panfleteros que se empeñan en buscar las pequeñas diferencias entre grandes partidos. El matrimonio homosexual; la ley de igualdad. Etc. Minucias, nada más, que sólo llevan a perpetuarse entre gobiernos similares este espejismo de diferencia, que complica y hace más difícil ver bien claras las cosas.)

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ética y tradiciones


Las tradiciones (esas cosas que se empiezan a hacer por una razón y que se vuelven a hacer por la misma razón que se siguen haciendo después de que ya nadie se acuerda de esa razón) me despiertan ternura. Son pequeñas zambullidas en las generaciones de los abuelos, los tatarabuelos, la gente que existía en los tiempos en que se nombraban las calles o incluso antes. Me suelo imaginar el origen de todos esos juegos, que suele ser por contraste un origen serio: del miedo a los demonios surge, como por embrujo, la alegre fiesta de apalear al monigote cornudo. De la hambruna que asoló las tierras ovejeras tal año apareció la carrera de persecución del queso rodante. De la prohibición de la opinión, los pubs. De la muerte, la celebración de los años. Del espanto de la niña que pasa a la mujer, el color blanco. Etcétera.
Todas con su magia, su esperanza supersticiosa. Que dejen de tener sentido nos la trae floja. Un escéptico sigue vistiendo a su recién parido de azul aunque sepa que no le va a proteger de los espíritus malos. Lo malo de las tradiciones es que, a veces, el hombre deja que se prolonguen demasiado tiempo, que no “filtra” cuáles deben llegar al presente y cuáles deben morir junto a una época. Hay hábitos que ya no significan nada más que las ganas de hábitos del hombre. Recordemos que un año que hubo excedente de un alimento se jugó a desperdiciarlo, a tirárselo unos a otros, y fue muy cachondo: era la gente que no conocía la hambruna ajena. Ahora ya conocemos la hambruna ajena bastante bien. De modo que la tomatada, las fiestas del vino, etc., son muy entrañables y muy festivas pero dejan ya de ser éticas y simplemente hay que abolirlas y colgarlas en museos de añoranzas y curiosidades pretéritas. Sin más drama.
Las tradiciones dicen quién es el hombre, quién quiere ser. Así los instintos sexuales mueven al arrancado de cejas o al vendado de pies, y las civilizaciones guerreras llegaron a tener símbolos sangrientos, como la lucha de gladiadores. Pero ya no somos una civilización guerrera, así que la sangre sobra. Al hombre lo conocemos por sus rituales, y su antiquísimo deseo de superar al animal fue en algún momento entrañable, coherente, durante un tiempo: el que hubo antes de que superara realmente al animal por mano de sabias trampas tecnológicas. El en origen, cuerpo a cuerpo, los ritos eran verdaderos. Llegó un momento en que se volvieron cínicos. Celebrar una corrida de toros hoy en día no es más que una arrogante muestra de superioridad, del todo innecesaria y apoyada en el lado más sádico que todos poseemos. Lo dicho, lo repito: la sangre sobra.
Hoy es noticia un ritual sangriento en España, y yo, que tengo la capacidad de no dejarme nunca de sorprender, digo esto. Que las tradiciones hay que admirarlas, hay que escarbarlas, hay que leer al hombre en ellas como si fueran grandes libros de miedos y deseos humanos. Y, en fin, que aquellas que contradicen al hombre actual, que lo desdicen como hombre, hay que dejar de practicarlas. Sin más. Sin demasiado debate. Aunque les fastidie a los tradicionales: a todos nos cuesta un esfuercito cambiar de hábitos.  

domingo, 21 de agosto de 2011

La gran cabalgata

En tiempos anteriores al medievo y a la propaganda, cuando la fe decaía, los líderes temían ver decaer también la sumisión de la gente. Después de mucho pensar, llevaron a cabo la solución más tonta de entre todas las soluciones posibles. Sacaron a un líder espiritual, le achacaron supuestas proezas, lo vistieron con oro y lo pasearon de esa guisa por las calles entre coreografías, violines y promesas de vida eterna. Sorprendentemente, la solución más tonta fue la que mejor funcionó. La gente, deslumbrada por la costosísima procesión, las carrozas de plata, la sincronía de los militares, los besos a tullidos y las monedas arrojadas, recuperó la fe. Creo que allí se inventó la publicidad. La Historia, a veces, es así de simple.
Ahora, pues lo mismo. En algunas cosas tampoco hemos evolucionado mucho, y nos siguen deslumbrando y persuadiendo estas muestras de poderío. A mí me pasa que cuando una noticia es sobreexplotada por los medios e hiperopinada pierde el interés. Es un síndrome que aún no ha sido bautizado con apellido de científico o nombre de héroe griego. Reconozco que a mí el asunto Papa me la traía un poco floja hasta que ayer me paseé por Madrid y me costó lo mío cruzar Goya. Pero, quitando el cabreo de tener que deambular entre parroquianos a velocidad del que tiene como perspectiva la vida eterna, el asunto me genera un poco de indiferencia. A ver si me explico. La suculenta primicia de que “un líder espiritual llega a una capital y se pasea” me parece poca cosa como para ocupar todo un día de informativos. Pero claro, quién lo va a ver raro: la propaganda embelesa.
Por supuesto, lo más interesante de todo esto es la gente. Este tipo de sucesos permite ver por dónde cojea cada cual. Eso sí que es divertido. Los eternos grupúsculos surgen de sus invisibilidades y cacarean a coro siguiendo religiosamente al primero que haya cacareado. Así, en la ensaladilla de libertad de expresión y corrección política, todos tienen oportunidad de opinar, y por cuestiones de la no infinitud espacial de la capital española es obvio que acaban dándose de morros la marcha santurrona, la marcha laica, la marcha anti-marcha-laica, los que quieren ser mártires de la homofobia y la jesusitofobia, los partidos políticos y los que mueven y cuelgan de los hilos, y ahí suelen darse como viene siendo normal las hostias de rigor (sin las que tendemos a creer que una ideología no vale un carajo).
En fin, me parece todo un interesante teatrillo donde se pone a prueba la tolerancia de aquéllos que, en el bando que sea, predican tolerancia sin tolerar. Voy a decir que todo este tinglado no es más que un estudio psicológico a grandísima escala, pagado por nosotros. Un estudio bien caro, eso sí. Y voy a cambiar ya la noticia, para ser sinceros, que tanta misa aburre.

jueves, 26 de mayo de 2011

La indignación como derecho.

Bueno, los trajeron al mundo, los peinaron y los alimentaron.
Dijeron: haremos de ellos la generación más formada de la Historia. Les dieron carreras, másters, postgrados; les hicieron políglotas; les llevaron a los lugares del mundo que nunca conocieron sus abuelos; les quitaron la necesidad de todo trabajo que generara sudor. Les dieron un billetito de paga para sus ocios de fin de semana.
Los metieron en un mundo confuso. De felicidades sin precio. De signos políticos difusos. De partidos que pronuncian un trabalenguas ideológico mientras asesores y sloganeros a sueldo se desviven por manosear la percepción del ciudadano hasta que la credibilidad sea absoluta.
Les dieron Internet y botellones. Les cambiaron los telediarios por canales telerrealidad 24 horas.
Y, así, les hicieron pasar por la crisis como por una película de Spielberg. Les mostraron televisadas a las víctimas pero nunca a los culpables. No les incitaron a cuestionarse el sistema que mantenía a millones de hombres como ellos mismos en la pobreza desde tiempos inmemoriales, de modo que ellos sólo protestaban cuando la aguja era en su propia carne. No les enseñaron a divisar el lejano inicio de una larga lista de estafas que culminó en la crisis.
Les dijeron: no tenéis trabajo, ni tenéis dinero, ni tenéis pareja, ni tenéis casa, ni tenéis futuro. Les llamaron “generación perdida”, para darle al asunto un toque de drama apocalíptico.
No les enseñaron a luchar.
Pero les pusieron en la calle, y, sin aviso, la tomaron. Y en la calle se comenzaron a dar cuenta de su repentino y grandilocuente papel protagonista. Inundaron Sol, y otras plazas de otras muchas ciudades. Lanzaban sus dardos de forma obtusa; a los banqueros, a los políticos, al bipartidismo; a los líderes empresariales o eclesiásticos, o allá donde la cosa apestase a poder.
No tenían soluciones claras; no tenían esperanzas nítidas. Porque nunca les habían enseñado a buscar soluciones. Sólo tenían el derecho a expresar la indignación. No sabían tanto como los analistas políticos y los expertos económicos; simplemente, querían un cambio rápido. O, lo que es lo mismo, una revolución.
Y por fin, en aquel mundo de falsas satisfacciones, la indignación trajo la única lucha verídica. 

(Artículo publicado en rebelion.org)

sábado, 21 de mayo de 2011

Fotorreportaje. Acampada en Sol.







  Imágenes del llamado movimiento 15M, de protestas y acampada en la Puerta del Sol. (La última es del metro de Gran Vía a la una y media de la noche). 
  (Y aquí el cojonudo reportaje de José Pujol.)

jueves, 28 de abril de 2011

Etiquetas

Lo de cambiarle las etiquetas a las cosas era un juego infantil con el que lo pasábamos bastante bien. Contenía imaginación y crueldad a partes iguales. En las horas del tedio pegábamos la etiqueta del aceite en el vinagre, y la del vinagre en el aceite. Le poníamos la de la manzana al jabón de manos, soñando con que éste amaneciera con un buen bocado y la casa con rastros espumosos. Le poníamos la etiqueta de “lavar en seco” de las camisas a las aburridas carpetas de facturas. Y la del yogurt a los botes de acelgas, para confundir caducidades. Y, siguiendo con la bobada, la etiqueta de la leche vacuna se la colocábamos al orujo, para futura desgracia de los lactantes de la casa. No solía colar, como es obvio, y nadie mordía el jabón ni emborrachaba a los churumbeles (en todo caso, alguna cocinera avinagró demasiado un plato, para nuestro deleite), pero en el tiempo de los simbolismos las etiquetas contaban más que otra cosa y la promesa del caos era francamente divertida.
De esa tonta costumbre ya queda bien poco, precisamente porque crecer es aprender a mirar más allá de las etiquetas y, con esa nueva perspectiva, el juego pierde casi toda su gracia. Sin embargo, alguna que otra vez me acuerdo; concretamente, cuando algo se pone incoherente. Chirriante, si se quiere.
Por ejemplo, cuando el cine intenta venderme un producto puritano y blandengue como lo más de la provocación por incluir imágenes de sexo, irreflexión y violencia, luego anuladas con un sermoncito de moraleja. O cuando algún grupito poprock que emule a los viejos punkis me cuenta, a gritos cabreados y llenos de aparente rabia antisistema, asuntos que contienen fresa, caramelo y matrimonio. Entonces imagino que hay alguien, algún niño aburrido, jugando a eso de cambiar etiquetas con la pérfida ilusión de crear confusiones y hacernos morder jabón y emborrachar churumbeles con orujo.
Esos mocosos –o no tan mocosos- que se divierten cambiando etiquetas son bien conscientes de una cosa: que nosotros, por la razón que sea, nos las creemos a ciegas. Es lo más fácil, lo que se ve antes, y permiten rapidez para juzgar los elementos. Uno no necesita conocer a la persona si su etiqueta es la de cristiano o gay. Lo mismo ocurre si la etiqueta es la de un partido político, la de una ideología, la de un determinado gusto musical, o tribu urbana, o edad, o pasado. Cuantos más indicativos mucho mejor; mucho más rápido.
Por esa confianza nuestra, creo yo que se nos podría colar cualquier cosa y convencer de cualquier mentira si la etiqueta es bonita y convincente. Que llamaríamos batracio a una vaca si el cartel encima de la vaca dice batracio y no vaca. Que nos tragaríamos términos como guerra preventiva e intervención humanitaria aunque la realidad incluya bombas. Que si los telediarios dicen que la guerra sigue “pese a los esfuerzos de la ONU”, no veríamos invasión alguna, sino un verdadero y benevolente esfuerzo. Que cuando Obama ignora las protestas por liberar a Bradley Manning, el soldado que filtró las informaciones de Wikileaks y al que puede caerle una vida de cárcel, es Obama el bueno y el chivato el malo, porque hay etiquetas con mucho glamour, y entre ellas están las de “Salvador de América”, “Esperanza del pueblo negro” y, sobretodo, la de “Nobel de la Paz” (etiqueta especialmente deslumbrante y engañosa).
Y, en fin, creo que con unos bonitos indicativos desordenaríamos sin problemas todos los términos. Que llamaríamos punk a Lady Gaga, actriz a Sandra Bullock, peliculón a lo de Antena 3. Y que morderíamos jabones, lavaríamos facturas y emborracharíamos con orujo a los churumbeles, si se diera el caso.

lunes, 25 de abril de 2011

Fotorreportaje: protestas sirias en las calles de Madrid

Estas imágenes fueron tomadas ayer, 24 de abril, en la plaza de la Platería de Martínez, donde se encuentra la embajada siria en el país.
Protestas como éstas han tenido lugar en diferentes puntos de España y del mundo, coincidiendo con los ataques del gobierno sirio a civiles, que dejaron cuatro muertos ayer, en la ciudad de Damasco.
Los sirios llevan un mes sumándose a las exigencias de democracia de los países árabes y el mismo tiempo siendo reprimidos con violencia, según los medios internacionales. Su presidente, Al Assad, lleva 40 años en el poder.