Viajeros con cama

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jueves, 1 de septiembre de 2011

Segunda piel - cantando a Mia Zapata

El otro día en una casa con unos colegas alguien me preguntó qué música escuchaba cuando era más joven. Era el pico de la borrachera y acabamos escuchando “Second Skin” de The Gits, que por supuesto ninguno conocía, y les hablé del grunge, de la tragedia de Mia Zapata y de mi extraña fascinación adolescente por las mujeres con voces agrietadas y varoniles.
Por cosas de los alcoholes han pasado varios días hasta que he recordado, con sorpresa, esa conversación, y he recuperado el disco que más trabajo pieza-a-pieza me costó extraerle al emule en mi jodida vida. Hacía unos cinco años que no oía a aquel grupo salido de Seattle junto a Nirvana y todos los primeros del grunge. Ni ese punk-rock-hardkore con bases infernales; esas letras llenas de wisky, supervivencia y escenería gore; esa voz femenina que parece de las que arrastran un huracán por la punta.
Aquí os dejo algo, con la letra.

martes, 15 de marzo de 2011

Carta abierta a Elliott Smith

A mi tercer gran amor en los tiempos de las mareas tragitópicas de la adolescencia:
Verás. Cuando vuelvo a casa a diario, ya oscuro, hay una parte de autopista con vistas cojonudas. No hay farolas, y se ve en la noche el espectro entero de mi pueblo y del de al lado, iluminados, delicioso puntillismo, desde una altura interesante. Todos los días paso y lo veo, y aunque dura apenas un minuto intento una cosa: que la canción que suena en la radio se ponga a tono. Que cambie la electricidad por pianos, los eslóganes por recuerdos, los te follo por te amo, y esas cosas. Vamos, que se ponga tierna. Que derrita la noche, si puede, y funda fotogenia y tristeza existencial en un momento; algo tan de película. 
No es fácil esa casualidad, carajo, con lo fácil que lo tienen en el cine: que coincida el momento de las imágenes con el momento de los sonidos. Que se enternezca todo de acuerdo con la danza progresiva del firmamento, que los acordes encajen en el despliegue de colores brillantes. Que haya incluso un inciso de emotividad justo cuando la barrera cristalina del borde de la carretera aparece, y transparenta y hace temblar, por segundos, todas las lejanías del mundo. Pocas veces los tocaguitarras me siguen en el juego, hay que decirlo. Es difícil poner románticos de golpe a Deep Purple o a The Hole, por ejemplo.
Pero debo decirte algo, sr. Smith. No sé cómo lo has hecho esta noche, pero te has encajado a la perfección. Creo que la misma lejanía –bellísima, con sus luces, y sus noches- se deslizaba, de hecho, al ritmo de tu canción (¿era una canción?, ¿o era una brujería?). Perfecto, perfecto. Lo has clavado. Yo era hasta entonces sólo una conductora, y tú me has convertido en una ficción. Y qué bonita ficción, qué eterna. ¡No necesitaba apenas una cabeza apoyada en el hombro! Tú sí que entiendes mi juego, sr. Smith. I thank you, mr. sad eyes.

viernes, 14 de enero de 2011

Carta abierta a Vic Chesnutt

A mi recién descubierto señor Chesnutt: cuéntame la vida de los monstruos.
No me interesa la tuya, si es que la tuviste. ¿La tuviste? Pues no me la cuentes, tu desgraciadísima historia; por mí, que sea una leyenda del márketing. Me daría igual.
Ponte humorístico, ponte trágico, ponte grunge. Enséñame las baterías y los bajos rotundos, los juegos funambulescos con cuatro cuerdas para picar la melancolía. Haz que el fuego de la piel se vuelva motivo paisajístico; que la sabana se inunde de cebras en busca eterna de la muerte; haz que una autopista se transforme en un horizonte lleno de incendios tan lejanos, tan lejanos, tan distantes como dramas ajenos. Haz todo eso con seis cuerdas y una banda.
Y tráeme a los Beatles. Tráeme a Nick Drake. Tráeme las baladas del sur, el folk, los paisajes hechos del desgaste de una guitarra rock. La voz que se rasga a la desesperada es mejor que la voz que toca con exactitud todas las notas, aunque sólo sea por razones humanas. ¿No es curioso, que la música no tenga idioma alguno? No lo tiene. Tú puedes pronunciar dolor; yo puedo interpretar felicidad. En eso consiste la música (y la tuya, señor Chesnutt, entre toda ella).

domingo, 26 de diciembre de 2010

Apuntes extragalácticos 3: la música

En nuestro riguroso estudio de los seres humanos, hay algo a lo que nos ha costado un esfuerzo extra adjudicar utilidad práctica. Dentro del arte hemos llegado a comprender el placer existente en la ingesta de imágenes (cine, fotografía, pintura) e incluso cómo la unión de un número de palabras limitado creando combinaciones de posibilidades infinitas puede llegar a producir en la mente humana evocaciones, abstracciones e ideas nuevas -por medio de complejos mecanismos recordatorios e imaginativos-, que en conclusión proporcionan un goce enrevesado. Sin embargo, no es de extrañar que lo que más nos haya costado comprender sea la más intangible de estas técnicas: la música.
Ésta, consistente en una cadencia sonora que se coordina milimétricamente pero que finge un divertido desorden, que imita los latidos de las bestias, las fierezas de las olas, la simetría del batido de alas, no presentaba un uso útil inmediato. Los otros artes pictóricos y descriptivos copiaban la realidad, y eso podía tener una función lógica –aunque para nosotros incomprensible-; la música, no. Sus ritmos artificiosos no se parecían a nada ya existente en la naturaleza, del modo que un bodegón se parece a los pimientos o una elegía, a la muerte. Era un enigma.
Procedimos a un número incontable de estudios analíticos. Aniquilamos una a una nuestras hipótesis con furia científica. Ni la música era vitamínica, ni el ritmo de la batería aumentaba la producción de hormonas del éxito, ni el chirrido del saxo rejuvenecía la piel. Tampoco los hombres entregados en masa a antiquísimas reuniones de éxtasis rítmico, en las que se desencajaban al más férreo unísono melenas y corazones, parecían obtener nada material de la extraña experiencia. Sin resultado, pero comprobando sus estados de embeleso, de excitación muscular, de éxtasis subterráneo, decidimos derrumbados apuntar una nueva realidad en nuestros cuadernos: que el hombre era el único que podía –magia asombrosa- extraer placer incluso de las cosas incomprensibles.
 

jueves, 28 de octubre de 2010

Homenajes

A ratos se me olvida que amo el cine, pero entonces llega Fellini y me lo recuerda.

A veces se me olvida que amo el dibujo, pero entonces llega Carlos Giménez y me lo recuerda.

Por momentos se me olvida que amo la literatura, pero entonces llega Gabo y me lo recuerda.

En ocasiones se me olvida que amo la actuación, pero entonces llega John Turturro y me lo recuerda.

A ratos se me olvida que amo la música, pero entonces llega Ani Difranco y me lo recuerda. Con creces.

ani difranco. por diana moreno