Viajeros con cama

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domingo, 18 de noviembre de 2012

Manos



Mi mejor amiga se me fue, hace poco. Hace, exactamente, un par de semanas; hace tanto tiempo como tiempo llevo yo extrañando mucho su andar cansino, sus refranes conocidos, su preciada compañía de abuela.
Sin embargo, por alguna razón peculiar, de entre todas esas cosas echo más de menos sus manos. Tenía unas manos viejas y perfectas, torpes para los puzzles y hábiles para la calceta, que yo no podía parar de fotografiar y acariciar. Ella nunca me creía, qué boba, cuando le decía lo mucho que me gustaban. Todo lo podía expresar cuando la cogía las manos.
Ahora, toda esa expresividad se ha ido con ella y no hay nadie ya con quien pueda reactivarla. No es una idea que me atormente, pero ahí está. Puedo probar a vencer ese pudor que sólo con ella vencía, hacer una carantoña a otra persona, decir un te quiero… puedo intentarlo. Podría por ejemplo intentar suplir esas manos con las de algún hombre que me regale un rato de sexo, y al que pueda, sin tener que dar explicaciones trascendentales, tomarle de las manos y acariciárselas un rato a modo de preliminares. Podría también tratar de encontrar las palabras que suplan lo que viene a decir todo ese tacto, hacer que la expresión salga de otra forma, de mí, de una forma nueva y materializada que no necesite nunca jamás la gesticulación animal... Podría hacer todo eso, sí, pero supongo que fracasaría.
Ella era una salida a toda la expresividad que guardo dentro y ahora sólo me quedan las palabras, si puedo. 

jueves, 1 de septiembre de 2011

Segunda piel - cantando a Mia Zapata

El otro día en una casa con unos colegas alguien me preguntó qué música escuchaba cuando era más joven. Era el pico de la borrachera y acabamos escuchando “Second Skin” de The Gits, que por supuesto ninguno conocía, y les hablé del grunge, de la tragedia de Mia Zapata y de mi extraña fascinación adolescente por las mujeres con voces agrietadas y varoniles.
Por cosas de los alcoholes han pasado varios días hasta que he recordado, con sorpresa, esa conversación, y he recuperado el disco que más trabajo pieza-a-pieza me costó extraerle al emule en mi jodida vida. Hacía unos cinco años que no oía a aquel grupo salido de Seattle junto a Nirvana y todos los primeros del grunge. Ni ese punk-rock-hardkore con bases infernales; esas letras llenas de wisky, supervivencia y escenería gore; esa voz femenina que parece de las que arrastran un huracán por la punta.
Aquí os dejo algo, con la letra.

martes, 15 de marzo de 2011

Carta abierta a Elliott Smith

A mi tercer gran amor en los tiempos de las mareas tragitópicas de la adolescencia:
Verás. Cuando vuelvo a casa a diario, ya oscuro, hay una parte de autopista con vistas cojonudas. No hay farolas, y se ve en la noche el espectro entero de mi pueblo y del de al lado, iluminados, delicioso puntillismo, desde una altura interesante. Todos los días paso y lo veo, y aunque dura apenas un minuto intento una cosa: que la canción que suena en la radio se ponga a tono. Que cambie la electricidad por pianos, los eslóganes por recuerdos, los te follo por te amo, y esas cosas. Vamos, que se ponga tierna. Que derrita la noche, si puede, y funda fotogenia y tristeza existencial en un momento; algo tan de película. 
No es fácil esa casualidad, carajo, con lo fácil que lo tienen en el cine: que coincida el momento de las imágenes con el momento de los sonidos. Que se enternezca todo de acuerdo con la danza progresiva del firmamento, que los acordes encajen en el despliegue de colores brillantes. Que haya incluso un inciso de emotividad justo cuando la barrera cristalina del borde de la carretera aparece, y transparenta y hace temblar, por segundos, todas las lejanías del mundo. Pocas veces los tocaguitarras me siguen en el juego, hay que decirlo. Es difícil poner románticos de golpe a Deep Purple o a The Hole, por ejemplo.
Pero debo decirte algo, sr. Smith. No sé cómo lo has hecho esta noche, pero te has encajado a la perfección. Creo que la misma lejanía –bellísima, con sus luces, y sus noches- se deslizaba, de hecho, al ritmo de tu canción (¿era una canción?, ¿o era una brujería?). Perfecto, perfecto. Lo has clavado. Yo era hasta entonces sólo una conductora, y tú me has convertido en una ficción. Y qué bonita ficción, qué eterna. ¡No necesitaba apenas una cabeza apoyada en el hombro! Tú sí que entiendes mi juego, sr. Smith. I thank you, mr. sad eyes.

viernes, 14 de enero de 2011

Carta abierta a Vic Chesnutt

A mi recién descubierto señor Chesnutt: cuéntame la vida de los monstruos.
No me interesa la tuya, si es que la tuviste. ¿La tuviste? Pues no me la cuentes, tu desgraciadísima historia; por mí, que sea una leyenda del márketing. Me daría igual.
Ponte humorístico, ponte trágico, ponte grunge. Enséñame las baterías y los bajos rotundos, los juegos funambulescos con cuatro cuerdas para picar la melancolía. Haz que el fuego de la piel se vuelva motivo paisajístico; que la sabana se inunde de cebras en busca eterna de la muerte; haz que una autopista se transforme en un horizonte lleno de incendios tan lejanos, tan lejanos, tan distantes como dramas ajenos. Haz todo eso con seis cuerdas y una banda.
Y tráeme a los Beatles. Tráeme a Nick Drake. Tráeme las baladas del sur, el folk, los paisajes hechos del desgaste de una guitarra rock. La voz que se rasga a la desesperada es mejor que la voz que toca con exactitud todas las notas, aunque sólo sea por razones humanas. ¿No es curioso, que la música no tenga idioma alguno? No lo tiene. Tú puedes pronunciar dolor; yo puedo interpretar felicidad. En eso consiste la música (y la tuya, señor Chesnutt, entre toda ella).

viernes, 17 de diciembre de 2010

Cine negro sobre fondo blanco

Hay un momento de absoluto equilibrio. El secuestro resulta un éxito, se me hielan los pies de ver a la McDormand caminar entre la nieve y me comienzo a cagar en todo aquel que dice que por qué escuchar música triste para ponerse aún más triste, o por qué ver películas de violencia cuando la vida está demasiado llena de sufrimiento.
Nada como una peli de gángsters. Ese apetito rompe-rutinas que nadie puede saciar haciendo una escapadita a la sierra o iniciando una colección por fascículos lo calma el arte de manera segura, indolora; el cine te introduce en el gaznate la adrenalina del mafioso sin mancharte a cambio los mocasines. Así es. Los Coen me evitan por una semana más que tenga que salir a asesinar a alguien, o a maquinar un secuestro despiadado.
Las pistolas se desgañitan de poesía. Muera la inmunidad.
Steve Buscemi, el hombre de la voz de helio, en Fargo

domingo, 28 de noviembre de 2010

Pedazos

Alex Kanevsky
Soy venusina y bella, como un desnudo de Modigliani.
Me muevo por surcos parpadeantes siguiendo los senderos dorados de Klimt. Igual que sus musas, hechas de arcilla, de savia.
Estoy hecha de angulosos trozos de violencias, como salida de la bilis de Schiele. O bien, difusa, perpleja, nubosa como sueños visionarios de Turner.
Hago el amor como Sorolla. Vuelo como Van Gogh. Bailo igual que baila una línea curvada por mano de Lautrec. Igual que un torso de Renoir, muero en medio de un centenar de diminutas gotas de luz, y mi muerte es esa misma eternidad.
Soy grande como un Botero. Llena de dramas huesudos, como las manos de Guayasamín.
Soy bella, soy el pecado que viola al ojo. Me retuerzo sin final dentro de los concurridos edenes-infiernos del Bosco.

martes, 16 de noviembre de 2010

La fotografía y el amor

Edward era uno de esos apasionados perseguidores de imágenes. Desde chico volcó en aquel pasatiempo su creciente atracción por las texturas y las formas, que era un modo simplificado de su atracción por la vida.
Realizó siempre fotografías geométricas, constructivas. Le interesaba la cuadratura y la geometría, aislar el objeto del entorno, encerrarlo en cosmos de abstracción. Los trazos que rescataba del mundo perecedero y arrastraba a sus desvaríos en blanco y negro formaban paisajes abstractos, escaleras, universos fabriles. Sus musas eran las formas extraordinarias de una seta, una duna o una rama, así como las fascinantes malformaciones del pimiento.

Pero entonces conoció a Tina.
Ella llegó primero, y se le adentró después. Cambió inicialmente su mirada y más tarde su obra entera. Pronto, misteriosamente, el protagonismo de las composiciones fotográficas de Edward mutó como por hechizo, y cuando antes los champiñones y los escenarios industriales se llevaban toda su atención, ahora lo hacía lo femíneo, lo humano.
La naturaleza la revivió de ella. La reflejó en ella. Sus paisajes no cambiaron un ápice: lo que antes eran dunas desérticas en forma de curvas ahora eran simplemente curvas de una pantorrilla, de una cadera. Los giros de la caracola podían, al parecer, ser superados en erotismo por los de la carne contorneada. Y si antes él se entregaba a la técnica afanosa de componer abstracciones valiéndose del epicentro de un cactus de ramas triangulares, ahora ese mismo triángulo provenía del rincón íntimo, velludo, insuperable, que existía allá donde se encontraban sus dos piernas de mujer.
No existía una diferencia crucial. La vida había cambiado, sí. El amor, en cambio, era el mismo de siempre. 

Tina Modotti, por Edward Weston

lunes, 1 de noviembre de 2010

Celuloide

Caminaba yo reflexionando, que es una modalidad de paseo que intercala la abstracción filosófica con el paso izquierdo y la nueva abstracción filosófica con el paso derecho hasta llegar a fusionar todo el proceso. En estas, deambulando por la gran ciudad, pretendía llegar a un estado de revelación: intentaba imaginar cómo reflejar en el arte el amor, el puro y el duro, sin que resulte cursi o predecible (que es la palabra prohibida para el artista). Por ejemplo, el amor por el cine. Quería inventar en ese mismo momento, adoquín arriba adoquín abajo, el formato de la mayor declaración de amor universal. ¡No se diga que no tengo grandes aspiraciones! Por desgracia, todo lo que se me ocurría era infructuoso, o poco apasionado, o demasiado ñoño, o todo a la vez. Además, a un solo de clarinete de un mendigo virtuoso recordé de sopetón que no hacía falta que moviera un dedo: ya existía La rosa púrpura del Cairo. Carajo.
En mi despiste o mi obsesión me metí en un cine, y noté algo curioso. Del otro lado de la pantalla, los personajes tenían una mirada más fija de lo normal. Además, violaban la frontera del celuloide alguna que otra vez, carraspeaban demasiado, e incluso al final de la película salieron a saludar con grandes genuflexiones japonesas (mientras el público, misterios, los ovacionaba a gritos, como esperando que les oyeran). En fin. De vuelta a la calle, y a sólo un mínimo esfuerzo de distancia, como un juego, tuve como cada vez la sensación más hermosa del mundo: que yo era un personaje en medio de una gran ciudad, y que aquella gran ciudad era nada menos que un escenario: el existente sólo al otro lado del celuloide.

jueves, 28 de octubre de 2010

Homenajes

A ratos se me olvida que amo el cine, pero entonces llega Fellini y me lo recuerda.

A veces se me olvida que amo el dibujo, pero entonces llega Carlos Giménez y me lo recuerda.

Por momentos se me olvida que amo la literatura, pero entonces llega Gabo y me lo recuerda.

En ocasiones se me olvida que amo la actuación, pero entonces llega John Turturro y me lo recuerda.

A ratos se me olvida que amo la música, pero entonces llega Ani Difranco y me lo recuerda. Con creces.

ani difranco. por diana moreno